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San Juditas

«San Juditas», plata sobre gelatina, 2005. Real de Catorce, San Luis Potosí, México.

Espera por los gusanos

El miércoles 20 de julio de 2016, un amigo y yo nos encargamos de despedir a un gato que yacía muerto a mitad de la avenida. Entre sus despojos abundaban los gusanos; así que, desquehacerado como ando, tomé un video de ellos y aquí les dejo lo que hice con el

Sinarcópolis

Adversus populus

Archivo UNS –RVR

I

El canon popular sugiere que lo que se ve no se pregunta. Pero no todo lo que se nos presenta como obvio o evidente debe pasar desapercibido ni, mucho menos, evita que nos formulemos ciertas consideraciones sobre los hechos que dan forma a lo cotidiano. Esto me parece particularmente válido si contemplamos que, desde hace varios años, el intercambio (si es que se le puede llamar así) entre las ciudades de Lagos de Moreno, Jalisco, y León de los Aldama, Guanajuato, está dando origen a la cristalización de un espacio o, por decirlo en términos metafísicos, a un «ente» que no había existido antes. A esa creación es a la que me refiero como «Sinarcópolis».

El origen de la palabra no es remoto, surge en el contexto de la lucha política que, en la década de los años treinta del siglo XX en México, llevó a los católicos inconformes con los arreglos entre la Iglesia católica y el Estado mexicano (para poner fin a la guerra que conocemos como la cristiada) a fundar la Unión Nacional Sinarquista (UNS). Dado que la UNS surge en la ciudad de León, Guanajuato, el 23 de mayo de 1937 (día de la Santísima Trinidad) y fue ahí donde contó con su mayor y más aguerrido número de militantes, los miembros de esa organización contrarrevolucionaria se referían a aquella ciudad como Sinarcópolis.

II

Sin entrar en detalles sólo diré que sinarquismo significa «con orden o con autoridad». Sus críticos y adversarios, entre quienes destaca Vicente Lombardo Toledano, la denunciaron como una organización fascista en México. No obstante que otro observador de la época como Nemesio García Naranjo, en 1946 se refería al sinarquismo como una ideología netamente mexicana:

«El sinarquismo no fue traído del exterior: nació en el Bajío que es la comarca más mexicana de México. Sus fundadores no eran gente conocida, ni rica, ni de gran prestigio intelectual. El grupo empezó a crecer, no obstante de que se procuró aplastarlo con el mote de “reaccionario.” A pesar de la hostilidad oficial, siguió progresando hasta causarle inquietudes al gobierno. Este lo declaró ilegal y ordenó su disolución; pero la condenación resultó inútil: el sinarquismo continuó moviéndose con vitalidad siempre mayor».

Cabe señalar que «el fin último» del sinarquismo sí era derrocar al régimen revolucionario e instaurar, en cambio, un orden social cristiano.

Como antecedente, la existencia de una ciudad conocida como Sinarcópolis sólo corresponde al ámbito de la «política-ficción». Acaso una quimera por la que los militantes sinarquistas asimilaron el declive del movimiento y la institucionalización de la Revolución mexicana que aborrecían.

No es mi propósito abonar al imaginario sinarquista, que aún existe, como tampoco sugiero un descabellado cambio en las nomenclaturas de Lagos de Moreno y León de los Aldama. La existencia real, jurídica, geográfica, comercial y administrativa de estas dos ciudades no es el objeto al que me refiero, aunque el fenómeno al que aludo puede llegar a transformar dichos ámbitos. Hablo del proceso de integración que están experimentando y que pareciera ser una obviedad para gobernados y gobernantes en ambas ciudades.

III

El empleo del término Sinarcópolis me parece adecuado debido a que, al igual que en el Bajío guanajuatense, en los Altos de Jalisco el sinarquismo también logró una amplia y favorable recepción por parte de sus habitantes. Desde luego, ya en otro tiempo hubo alguna intención por conformar una entidad política a partir de la integración de estos espacios, pero fue el sinarquismo el primero que tuvo lugar bajo el sistema político actual.

Es muy probable que no exista en alguna otra parte del país un empleo tan exacerbado de símbolos religiosos como en Los Altos de Jalisco y el Bajío guanajuatense, con el propósito de recrear un imaginario colectivo tan vehementemente conservador. Además, todo ese simbolismo abona a la preservación de uno de los factores de poder en México, como lo es la Iglesia católica y las élites que la respaldan. Con la integración de estas regiones, a partir del crecimiento urbano de León que ha ocasionado el corredor industrial, Sinarcópolis habrá de dar cabida al surgimiento de un nuevo espacio de poder político, con nuevas élites económicas y nuevas dinámicas de relaciones sociales, pero subjetivamente orientadas por una visión religiosa, algo así como el orden social sinarquista.

IV

Por otra parte, cuando cuestionamos el empleo del término «intercambio» para referirnos a la dinámica que entre Lagos y León está ocurriendo, lo hacemos desde la evidente desigualdad que subyace en esa relación. Buena parte de los recursos naturales, como lo son los bancos de arena o las aguas del río Verde que serán captadas por la presa El Zapotillo por la que se pretende inundar a Temacapulín, son sólo una muestra de que Sinarcópolis dista, por mucho, de ser una entidad distinta a las urbes que ya existen en el país. Los Altos Norte de Jalisco se han convertido en depositarios de muchos de los desechos que produce León, una de las cinco ciudades más contaminadas de México según la Organización Mundial de la Salud.

El establecimiento de fraccionamientos y zonas residenciales en los límites entre Lagos y León también dan cuenta de la desigualdad en su relación. Con la autorización de esos asentamientos, que han sido una necesidad impuesta por la metrópoli guanajuatense, Lagos de Moreno, como administración pública, adquiere compromisos para los que su infraestructura administrativa no está preparada. Dichos compromisos van desde el alumbrado público, la recolección y manejo de residuos domésticos, el agua potable y el alcantarillado, la seguridad pública, etcétera, que, de por sí, son prestaciones que varias delegaciones como Betulia o Los Azulitos en el norte del municipio reciben, si es que reciben, de manera defectuosa.

«Lo más bonito de Lagos es León», me dice sin pensarlo dos veces un comerciante en Lagos de Moreno. En su lógica tiene razón. Buena parte de los bienes de consumo que se producen en Lagos tienen como destino la ciudad de León. Pero esto también ocurre en sentido inverso, puesto que muchos de los servicios que proporciona aquella ciudad guanajuatense son consumidos por mis paisano en Lagos.

Quienes habitamos y, de cierta manera, nos beneficiamos de la dinámica entre Lagos y León, obviamos la naturaleza de esa relación. Cuando debiéramos cuestionarnos sus alcances, las implicaciones y los riesgos que conllevan. Los costos socioambientales por el surgimiento de una megalópolis, a la que aquí me he estado refiriendo como Sinarcópolis, son demasiado altos para una región en la que los recursos no abundan. Desde luego, la integración es un hecho y está ocurriendo, lo que no se ve, por ninguna parte, es la implementación de un plan o un proyecto que evite la depredación de los recursos y la corrupción que ello implica.

V

Además, al igual que el poeta Javier Sicilia, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, detener la construcción de la presa El Zapotillo, devolverle su programa a Carmen Aristegui y exhumar e identificar los cuerpos de las fosas de Tetelcingo.

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La palabra con «d»

Adversus populus

palabraconD

I

Si hubiera un pueblo de dioses –escribía hace más de dos siglos Jean Jacques Rousseau­– la palabra con «d» sería su forma de gobierno. Pero no creía conveniente que los seres humanos intentáramos regirnos bajo un sistema tan perfecto. Sin embargo, la palabra con «d» constituye la base del pensamiento político moderno y; a partir de entonces, no ha habido ideología política que no la incluya entre los valores que diga defender o representar.

Visiblemente entusiasmado por su viaje al interior de los Estados Unidos de Norteamérica, Alexis de Tocqueville escribió una de las obras fundacionales de la sociología y de la ciencia política contemporáneas. En donde analiza cómo es que la palabra con «d» ocurre con «naturalidad» entre los ciudadanos, organizaciones e instituciones en los primeros años de aquel país y por qué el mundo civilizado debía seguir su ejemplo. Poco después, en el contexto revolucionario de la Europa decimonónica, Karl Marx y Friedrich Engels proporcionaron a los proletarios del mundo un manual de lucha en el que categóricamente hablaban de la palabra con «d» como uno de los objetivos que la revolución proletaria internacional debía alcanzar. Pero no solo liberales y comunistas han reivindicado a la palabra con «d» entre sus valores, hacia finales del siglo XIX el pensamiento político conservador, aquel que encontrara su sustancia en la obra de Edmund Burke, también habría de incluir la palabra con «d» entre el repertorio de ideas por las que emplazaba su propio horizonte utópico.

II

En México, personajes académicos e intelectuales como José Revueltas, Pablo González Casanova, Roger Bartra, Octavio Paz, Enrique Krauze y Jorge Alonso, por citar a algunos que, a mi entender, han logrado influir en el debate político nacional, sobre la palabra con «d» han dicho que es bárbara, pero que es posible, que se encuentra ausente, aunque es absoluta pero a su vez relativa, que no lleva adjetivos o que ha sido vulnerada. Incluso, la Iglesia católica en nuestro país, una vez concluido el periodo que conocemos como el modus vivendi, se pronunciaba sobre este tema para exigir la abolición de las leyes antirreligiosas que aún seguían vigentes. En todos ellos subyace un discurso por la legitimidad de las instituciones políticas, económicas, sociales y culturales que los mexicanos nos hemos dado a partir del establecimiento del moderno Estado-nación, de aquel al que dio lugar la Revolución mexicana, como requisito necesario e inequívoco para que la palabra con «d» ocurra con «naturalidad» entre los mexicanos, y esto nos conduzca a mejores condiciones de bienestar.

De los tiempos del sistema autoritario, que se vio obligado a la apertura por la presión que desde la oficialidad o la clandestinidad ejercieron los movimientos sociales en el país, hasta llegar a la supuesta transición que significó el triunfo de la oposición electoral en el año 2000; al día de hoy, la palabra con «d» ha sido constreñida a un formalismo administrativo y esto, en cualquiera de las definiciones que le queramos dar, la ha vuelto una palabra estéril. Esto se debe, en parte, al hecho de haber confinado a la palabra con «d» al ámbito de las instituciones. Porque, hay que decirlo, uno de los mayores obstáculos para que la palabra con «d» vuelva a gozar de algún lugar entre los anhelos de la sociedad mexicana en su conjunto, es el uso que de las instituciones ha hecho la clase política en México, que las han vuelto sus feudos personales e instrumentos de control y dominación tanto burocrática como de fuerza. Quizá, en su estado actual, nuestras instituciones son insalvables.

III

Resulta encomiable que los movimientos indígenas hayan sido los primeros en darse cuenta de la decadencia de las instituciones que dan forma al Estado moderno. Es por ello que al interior de los territorios o de los espacios en los que han constituido sus autonomías, podamos hablar de democracia. Las instituciones que comunidades indígenas y campesinas dentro y fuera de México se han dado en los últimos cuarenta años, cumplen con las necesidades para las que han sido creadas, no constituyen formas de dominación sino de representación y, de igual forma, esas mismas instituciones articulan sus formas de resistencia al embate que, desde el exterior, el aparato de estado acomete en su contra. Entre sus formas de resistencia, el movimiento indígena en México, que bien representa el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, no ha buscado el diálogo con las élites que monopolizan al aparato de estado y sus instituciones; en su búsqueda, el zapatismo ha intentado comunicarse con la sociedad civil organizada y movilizada, con la que comparten la necesidad de establecer nuevas formas de relaciones sociales, democráticas.

Corresponde a nosotros, miembros de la sociedad civil en México, debatir sobre las formas de participación y representación política venideras, quizá al margen de las actualmente existentes. Pero no por ello, debemos mantener una actitud de indiferencia a lo que ocurre en la arena de lo electoral, en donde la palabra con «d» debe ser resignificada. Un primer paso es recuperar experiencias, comprender en qué momento las luchas populares, locales e inmediatas a nosotros, fueron desarticuladas y si esto ocurrió por haber incursionado en la insurgencia o en la competencia electoral. Hay que pensar más allá del 2018, pero con una estrategia que, en ese año, nos permita evitar que las elecciones sean un festín para los cerdos. Con la consumación de la serie de reformas que la actual administración federal impulsó, el gobierno de Peña Nieto ha cumplido su objetivo, el de desmantelar el estado de bienestar en México. Lo que sigue, es el empleo de la fuerza en contra de cualquier expresión que cuestione los privilegios que la clase política está obteniendo de ello.

En algún lugar se ha dicho que la posibilidad de hablar de una falta de democracia es la prueba de su existencia. Habría que poner a prueba ese supuesto y, a través de las urnas y de las calles, presentar nuestras demandas y hacer saber a la clase política y a las élites en México que, la nuestra, es una sociedad agraviada.

IV

Además, al igual que el poeta Javier Sicilia, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui, cancelar definitivamente la construcción de la presa El Zapotillo y exhumar e identificar los cuerpos de las fosas de Tetelcingo.

Críticas, comentarios y sugerencias de sinónimos de democracia a v4l3nc14@gmail.com

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El río Lagos, «una represa de cagada»

El «recurso» más importante con el que contamos los habitantes de Lagos de Moreno es el río «Lagos». Es increíble que durante más de 400 años hubo un uso responsable de él y había cierto equilibrio entre las actividades productivas y el ecosistema que del río dependía.

En los últimos años lo hemos convertido en vertedero de todo tipo de desechos, domésticos e industriales. No han faltado los «bienintencionados» que lo han querido entubar, hacerlo un estacionamiento o convertirlo en una represa de cagada (pienso en la pequeña Venecia).

Al día de hoy carecemos de un plan, de un programa o de algún proyecto para que sea saneado, minimizar nuestro impacto en él y recuperar el ecosistema del que formábamos parte.

Nadie informa sobre las acciones que, en este momento, se realizan en el lecho del río. Políticos y formadores de «opinión pública» están más interesados en convencernos de su gran labor o en la descalificación mutua. Es nuestro recurso más importante y a nadie parece importarle.

Algo sobre la Iglesia católica en México

Adversus populus

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Parroquia de la Asunción en Lagos de Moreno, Jalisco, México. Foto: Aracely González Cruz (†)

I

Hacia 1934, a la luz de una profunda crisis económica a escala mundial y de la creciente lucha ideológica que acarreó a los grandes movimientos de masas a definir los bandos de la guerra que estaba por comenzar, Antonio Gramsci (Cerdeña, 1891-1937) dedicó especial atención al rol que la Iglesia católica desempeñaba en ese momento:

«Ya no es la Iglesia la que determina el terreno y los medios de la lucha; ella, por el contrario, debe aceptar el terreno que le imponen sus adversarios o la indiferencia y servirse de armas tomadas en préstamo del arsenal de sus adversarios (la organización política de masas). Esto es, la Iglesia está a la defensiva, ha perdido la autonomía de los movimientos y de las iniciativas, no es ya una fuerza ideológica mundial, sino sólo una fuerza subalterna» (Cuadernos de la cárcel, volumen 6, p.17).

Gramsci consideraba que la creación de la Acción Católica había inaugurado, como de hecho lo hizo, una nueva época en la historia de la Iglesia. El campo de lo político le había sido vedado y su posición en varios países del mundo se vio reducida al ministerio religioso; es decir, sus intereses terrenales quedaban a resguardo de grupos laicos que la Acción Católica aspiraba a dirigir, pero que no pertenecían a la estructura formal del clero. Entre otras variables, este hecho condujo a la reafirmación de las tesis secularistas que sostenían que el declive del pensamiento y de las instituciones religiosas ocurre por el avance del «progreso» y de la «modernización» de las sociedades occidentales.

En México, al tiempo que Antonio Gramsci escribía sus cuadernos desde la cárcel, la relación entre el Estado y la Iglesia se encontraba visiblemente deteriorada. Pese a los «arreglos» de 1929 que habían puesto fin a la cristiada (como atinadamente fue nombrada por Jean Meyer), en varias partes del país ocurría la persecución antirreligiosa, como también operaban aún células de combatientes cristeros, a quienes la Iglesia misma había dado la espalda despojándolos, incluso, del nombre de cristeros, pues rechazaba que su lucha fuera en nombre de Cristo, con el propósito de no desafiar al naciente régimen revolucionario.

II

En La democracia en México (1965), obra fundacional de la sociología en nuestro país, Pablo González Casanova plantea que la democracia es un hecho probable, pero las contradicciones estructurales en la distribución del ingreso son uno de sus principales impedimentos, como lo son también los factores del poder; estos son: los caudillos y caciques regionales y locales, el ejército, el clero y los empresarios. De la posición defensiva en la que se encontraba la Iglesia católica en las décadas de los 20 y 30, en la década de los 60 el escenario era otro, muy distinto: «De todos los factores tradicionales de poder puede decirse que la Iglesia es el único que ha sobrevivido a las grandes transformaciones sociales y que incluso ha recuperado e incrementado parcialmente su fuerza» (La democracia en México, p.55). ¿Qué había pasado con las tesis secularistas? ¿Por qué un país que había crecido ininterrumpidamente al 6% en su economía desde el fin de la II Guerra Mundial, en vías de desarrollo y con un desigual pero visible proceso de industrialización aún se decía más de un 90% de su población como católica y con una institución eclesiástica renovada y fortalecida?

Con excepción de los estudios antropológicos, el análisis del papel de la Iglesia católica en México no hacía más que reproducir una serie de lugares comunes y de prejuicios sustentados en el contubernio entre la Iglesia y el Estado, para así mantener el control de la población. Esto es, se dedicaban más a calificarla que a analizarla. No sería hasta 1992 con la publicación de Historia de la Iglesia católica en México, 1929-1982 de Roberto Blancarte, que obtendríamos respuestas al fortalecimiento de la Iglesia católica desde los «arreglos» de 1929, hasta su posición por momentos crítica y en otras de colaboración hacia la política social y económica del régimen.

Entre otras conclusiones, Roberto Blancarte señala que la Iglesia católica y las organizaciones laicas que le brindaban apoyo en la «cuestión social», no pueden explicarse sin tomar en cuenta dos principios esenciales: «1) la imbricación entre Iglesia y sociedad y 2) la permanente diversidad de opiniones en el seno de la Iglesia» (Historia de la Iglesia católica en México, 1929-1982, p.413). No hay un discurso único al interior de la Iglesia en México, hay tendencias dominantes que, por momentos, logran imponer sus concepciones sobre temas sociales y políticos. Es decir, hay sectores del clero en nuestro país que caben en lo que llamamos «integrales» o «intransigentes» (que no son lo mismo), como también los hay «progresistas». El predominio de unos y otros ocurre en función de las condiciones sociales y políticas; pero, sobre todo, en la medida que sus acciones se vean encaminadas a preservar su doctrina.

III

Desde lo anterior, aprecio que la actual visita del Papa Francisco a nuestro país tiene un mayor peso doctrinario que implica, indudablemente, una postura política hacia lo social.

Entre otros datos, los resultados del Censo de Población y Vivienda 2010, indican que en la última década la Iglesia católica perdió terreno en todos los estados del país. Destaca el caso de Quintana Roo (el estado más significativo), donde los fieles pasaron de conformar el 73.2% de la población estatal, a sólo 64.6%. En Jalisco (entidad donde la variación ha sido menor), durante 2010 el 92% de la población es católica; en el censo de 1990 el porcentaje era del 96.5%. Esta disminución en los porcentajes de católicos en el país resulta por demás significativa para entender los intereses vaticanos en nuestro país, debido a que no sólo ha disminuido el número de católicos, sino que los porcentajes de quienes profesan otras doctrinas, como las protestantes evangélicas, se han incrementado.

En el estado de Chiapas, por ejemplo, a donde el Papa Francisco acudirá en febrero próximo, la variación de católicos resulta por demás prioritaria desde un punto de vista evangelizador. En el año 2010, el total de la población en aquel estado del sureste mexicano se estimó en 4 millones 796 mil 580 habitantes; de los cuales 2 millones 796 mil 685 dijeron ser católicos, es decir que sólo el 58.3% de los chiapanecos profesa o dice profesar la religión católica. Casi un millón de chiapanecos (921, 357) practican una doctrina protestante evangélica, lo que representa el 19.2% de la población, mientras que más de medio millón de personas (580, 690) dicen no profesar religión alguna y representan el 12.1% del total.

Al margen del debate sobre si la visita del Papa a México tiene un propósito político, de legitimación de la actual y detestable administración de Enrique Peña Nieto, no hay que olvidar que la Iglesia católica tiene su propia agenda y sus propios intereses. Podemos decir que al igual que en la década de los 30 del siglo XX, al día de hoy la Iglesia católica en México ha perdido presencia en la arena de lo social, tanto en los ámbitos urbanos y rurales. De tal suerte que su presencia en México no es tan avasalladora como nos lo han querido hacer ver.

IV

En la década de los 50 del siglo XX, coinciden González Casanova y Roberto Blancarte, ocurrió un proceso de «profanización de las costumbres» en la población de nuestro país. Una buena parte de los mexicanos comenzaban a distinguir entre sus creencias religiosas y su práctica política, lo que era muestra de cierta modernización y, más importante aún, había un acercamiento entre los distintos sectores que históricamente habían sido identificados como clientelas del sistema político o de la Iglesia.

Al día de hoy, lo que se puede observar, es que la población en México ha incrementado y sostenido esta diferenciación entre los órdenes de lo divino y lo mundano. Es por ello que para buena parte de los mexicanos, la presencia de Francisco es intrascendente. Sin embargo, para el clero católico, pareciera que su agenda se encamina justamente a contener el proceso de conversión religiosa; no de la secularización, sino del cambio de un credo religioso a otro.

Al final de cuentas, como decimos en el pueblo, la visita papal debiera ser valorada como las llamadas a misa o las mentadas de madre. Las atiende el que quiere.

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Un pinche desmadre

Adversus populus

Batalla de Kursk

I

En sus condiciones actuales habitar Guadalajara –sí, Guadalajara a secas, no me acabo de creer lo de la zona metropolitana, se ha vuelto un asunto arriesgado. En cualquier lugar, a cualquier hora, automovilistas de todo tipo, motociclistas, ciclistas y peatones, sostienen una interminable, tortuosa y difícil relación que muchas veces termina en tragedia.

Hablo desde la experiencia como automovilista; por razones que no vienen al caso narrar, buena parte de mi deambular por la ciudad ocurre a bordo de mi automóvil. No daré ninguna justificación al respecto, no empleo los medios alternativos y punto. No por necio, sólo así es. Lo sé, no estoy atorado en el tráfico, ¡yo soy el tráfico!

II

Tómese en cuenta como corolario que la capital jalisciense es la ciudad más motorizada del país, con 2.4 habitantes por vehículo y contando. De ahí que las obras en las calles y avenidas casi perpetuas de ampliación, reparación, mantenimiento, etcétera, sean insuficientes. Habitamos y circulamos en un espacio que en los últimos años no sólo ha venido a tornarse hostil en cuanto a infraestructura, sino que nosotros mismos nos hemos vuelto hostiles hacia los demás, detrás del volante.

Todo esto genera un costo. En cuanto a lo económico, sólo me limitaré a decir que la mayoría de esos vehículos que engrosan la estadística del INGEGI sobre automotores en Guadalajara, requieren un mantenimiento constante que muchas veces va en detrimento de otras responsabilidades. Que pueden ser desde el gasto familiar, hasta el pago de referendos vehiculares o de los seguros. No somos ricos, pero la mayoría de los poseedores de automóviles en Guadalajara destinamos buena parte de nuestros ingresos a lo autos. Gastamos en ellos como si el dinero no fuera problema. Amén del gasto público para que las calles sean transitables. Objetivo que, a mi entender, ha fracaso miserablemente.

El costo emocional para los automovilistas también es muy alto. Buena parte de ellos experimentan una tensión constante, que más pareciera ser una psicosis. De ahí que, en medio del tráfico, la conciencia más tranquila o la persona más serena, pueda llegar a convertirse en un auténtico cafre. No pensaba José Cruz (Ciudad de México, 1955) en Guadalajara cuando escribió y musicalizó «Un medio día triste», pero hago mías sus palabras cuando dice que: «la ciudad se ha vuelto una novia amarga».

III

Pienso todo esto luego de varios minutos completamente detenido en el «arroyo» vehicular. El motor en marcha y rodeado de otros vehículos sin orden alguno. Yo mismo comienzo a impacientarme. Para evitar ser presa de la ira y asirme del claxon, como lo han hecho otros, me imagino que la escena es otra.

Automóviles particulares, autobuses de pasajeros, camiones da carga, grúas y otros, en esta como coreografía por momentos torpe y ruidosa, recuerdan las escenas descritas por los historiadores, como Geoffrey Jukes, sobre la Batalla de Kursk. Aquellas en las que el Ejército Nazi y el Ejército Rojo desplegaron en conjunto más de tres millones de soldados y siete mil tanques.

Todos nosotros en el tráfico somos como los tanques Panzer alemanes o los T-34 soviéticos. Nos envestimos, carecemos de artillería pero se emplean los claxon como si lo fuera. «Disparamos» contra el que está adelante, contra el que nos cierra el paso, contra el que no se atreve a envestir al que está delante o al lado suyo. Maniobramos, buscamos los huecos y clavamos la delantera del auto en ellos, a la espera de que otros se muevan y salir así de la batalla. Aquello, y esto, debe ser un infierno. Al final, esta batalla de cláxones no termina; vuelve cada día a ser representada en algún lugar a cualquier hora de la ciudad.

IV

Hay quienes aseguran que todo esto es un caos, en cuanto a mí, lo dudo. Después de todo, el caos tiene la virtud de ser creador, de vitalizarse así mismo como lo hace el arte. Toda esta situación en medio del tráfico, cuando mucho, sólo se trata de un pinche desmadre.

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Proyecto Diez Un pinche desmadre

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Self fish eye

Vista desde algún lugar de los suburbios al norte
de la Zona Metropolitana de Guadalajara.

 

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