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The Call of Cthulhu

 

The Thing cannot be described – there is no language for such abysms of shrieking and immemorial lunacy, such eldritch contradictions of all matter, force, and cosmic order. A mountain walked or stumbled.  If I say that my somewhat extravagant imagination yielded simultaneous pictures of an octopus, a dragon, and a human caricature, I shall not be unfaithful to the spirit of the thing. A pulpy, tentacled head surmounted a grotesque and scaly body with rudimentary wings; but it was the general outline of the whole which made it most shockingly frightful.

― H.P. Lovecraft, The Call of Cthulhu

Los insurgentes

Adversus populus

Detalle de una «mica» para la boleta de calificaciones del Colegio Insurgentes. Fuente: Archivo de Raúl Valencia Ruiz.

Detalle de una «mica» para la boleta de calificaciones del Colegio Insurgentes. Fuente: Archivo de Raúl Valencia Ruiz.

I

Cuando niño, aprender a conducirme bajo los preceptos de la doctrina católica era la razón por la que me enviaban a la escuela y al catecismo; porque, hay que decirlo, fui educado bajo un sistema que juzgaba inconcebible la distinción entre las creencias religiosas y la vida en sociedad. Nací y crecí en una región a la que se le atribuía ser un bastión del catolicismo, quizá siga siendo así.

Los libros de texto gratuitos, aquellos que aún despiertan gran animadversión entre algunos sectores de la población (no sólo católicos, conste), nunca los consulté. Algunas veces nos eran dados para colocarlos sobre o dentro de nuestros mesa-bancos, con el propósito de simular ante el inspector de zona de la SEP que el colegio cumplía con la exigencia de emplear esos materiales en las clases; para después confinarlos nuevamente en el almacén de la escuela.

El colegio al que asistí no era el único en su tipo, pero sí el más radical. Durante algún tiempo creí que el nombre Insurgentes le había sido dado en honor a los héroes de la independencia. Después comprendí que ese nombre se refería a los niños, y solamente niños pues las niñas asistían a colegios exclusivos para ellas, que habrían de convertirse en los nuevos defensores de las «libertades» de la Iglesia católica. Puesto que el Insurgentes había sido fundado en la década de los años 50 del siglo XX, en el contexto del fin del modus vivendi entre la Iglesia y el Estado en México; un periodo en el que, en palabras del profesor Roberto Blancarte, la Iglesia superó la situación defensiva en la que se encontraba para erigirse, nuevamente, como una fuente autónoma de poder.

Así, por más de 40 años, varias generaciones fueron educadas en su interior bajo los principios de una moral religiosa. ¿Cuántos de estos insurgentes, de esta u otras escuelas católicas en el país, atendieron el llamado del Frente Nacional por la Familia; en lo que consideran una «cruzada» por el matrimonio, los niños y la familia [sic]?

II

Como una paradoja, de esas que abundan en las cuestiones humanas, el Insurgentes ocupaba el edificio que alguna vez fue la Casa del Agrarista en mi pueblo, inaugurada por el presidente Lázaro Cárdenas, a quien la jerarquía católica señalaba como un enemigo de la Fe, por sostener la educación socialista y los artículos 3º, 5º, 24, 27 y 130 de la Constitución.

Otra paradoja estriba en el hecho de que la disputa entre la Iglesia católica y el Estado, por las reformas constitucionales que reconocen el legítimo derecho del matrimonio entre personas del mismo sexo, ocurre bajo la supuesta laicidad del espacio público y la evidente imbricación entre la sociedad mexicana y la práctica religiosa. Dicha imbricación se articula a través del número de escuelas, asilos, orfanatos y todo tipo de organizaciones e instituciones, en las que aún pervive una visión integral e intransigente sobre los cambios de la vida en sociedad. Ciertamente no representan la totalidad de las corrientes que coexisten al interior de la Iglesia, pero sí lo son del discurso dominante representado por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

Legalmente, las reformas constitucionales que han dado lugar a la movilización de los sectores afines a la Iglesia, suceden en el marco legítimo y deseable de la relación entre el individuo y el Estado. Sin embargo, una perspectiva más útil para comprender la naturaleza del conflicto, es que en esa relación individuo-Estado debemos considerar la estructura de grupos y asociaciones que se sitúan en un lugar intermedio de esos extremos.

Es decir (y aquí nada tiene que ver el dogma), cualquiera que sea la capacidad del Frente Nacional por la Familia, en términos de movilización, se trata de un poder corporativo sustentado en el amplio y diverso número de organizaciones presentes en la estructura social mexicana; de aquella que reivindica un sistema de valores emplazado por una visión religiosa de la vida en sociedad.

III

En este sentido, una hipótesis sugiere que la pretendida laicidad de la educación, y en general del espacio público, ha fracasado. O, por lo menos, las instituciones del Estado se encuentran fuertemente disminuidas; a tal grado que un poder corporativo, como el de la Iglesia católica, es capaz de desafiarlo puesto que, después de todo, ¿quién puede negar la existencia legal de esas organizaciones y su derecho a manifestarse? Además, ¿no han sido algunas de estas organizaciones un contrapeso a los excesos o a las ausencias del Estado de Derecho en nuestro país?

Nos encontramos ante una encrucijada. Ante una situación que recuerda un pasaje de El luto humano; en el que, en medio de la noche, aparece la fuerza de un río desbordado como metáfora de la vida, acaso de la historia; en donde, para poder sobrevivir, un cristero, un agrarista y un puñado de miserables, se ven entre sí como necesarios, como los únicos artífices de su propia redención, desprovistos del manto protector de la Iglesia y el Estado que uno y otro defendían.

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Temacapulín y el arte de la resistencia

Adversus populus

Temaca resiste

I

Cuando la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) anunció en el año 2005 la edificación de una presa en Los Altos de Jalisco, y que esta obra implicaría la afectación y el desplazamiento de los habitantes de las comunidades de Temacapulín, Acasico y Palmarejo; probablemente, supuso que la población alteña recibiría esta decisión con beneplácito y que daría por zanjado el conflicto que ocasionó la primera intención de construir la presa en San Gaspar de los Reyes, una delegación del municipio de Jalostotitlán.

A diferencia de San Gaspar, Temacapulín, Acasico y Palmarejo contaban con una población relativamente menor, más dispersa e integrada en su mayoría por adultos mayores que, conjugado con otros factores, hicieron suponer que la resistencia a la realización de la obra sería menor o fácilmente acallada.

Sin embargo, ninguno de los directivos responsables de la presa como en su momento fueron el exdirector de la Comisión Estatal del Agua (CEA) César Coll Carabias o Raúl Iglesias Benítez, exdirector del organismo de la Cuenca Lerma-Santiago-Pacífico de la CONAGUA, conocían todas las potencialidades que los pobladores de estas comunidades podían desplegar para la defensa de sus territorios, de su identidad y de su historia.

II

En la última década, la estrategia que han seguido los habitantes de Temacapulín ha sido pacífica y desde distintos frentes. Por una parte ha sido legal, pues en julio de 2014 varias resoluciones judiciales, entre las que se incluye un fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), determinaron la suspensión de la obra.

El fallo a favor de los argumentos de los pobladores se sostiene por las irregularidades que ha seguido el proceso de la presa, que van desde las decisiones personales de algunos funcionarios públicos, como la del exgobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, que pretendía que la altura de la cortina de El Zapotillo pasara de los 80 a los 105 metros de altura.

Así mismo, la asignación de los contratos de obra y los recursos destinados para la compra de las propiedades en las comunidades afectadas, han tenido un uso discrecional que ha sido denunciado por parte del Comité Salvemos Temaca. Pues, en el año 2015, la Comisión Estatal del Agua de Jalisco asignó un total de 56 millones 431 mil pesos para la adquisición de 14 viviendas en este poblado. La Unidad de Transparencia de esa dependencia confirma que el Estado, utilizando recursos federales, pagó en promedio cuatro millones 30 mil 785 pesos por cada casa adquirida el año pasado (El Informador, 03/05/2016).

III

Por otra parte, el Comité Salvemos Temaca, que dirige Gabriel Espinoza Íñiguez, ha establecido redes de colaboración y solidaridad con otras organizaciones y comunidades en situaciones similares a las de Temaca. De acuerdo al testimonio de sus habitantes, estas organizaciones han apoyado de manera decisiva la causa a su favor y su labor ha contribuido para que la opinión pública cuente con una versión informada de lo que ocurre entorno a El Zapotillo, así como promover actividades para la recaudación de fondos como lo son la Feria del Chile y la Carrera de los Remedios.

Para este 2016, la Feria del Chile y la Carrera de los Remedios se llevaron a cabo los días 27 y 28 de agosto. Para su realización, los habitantes de Temaca contaron con el apoyo de la Campaña Nacional en Defensa de la Madre Tierra.

IV

El cultivo del chile de árbol y la producción de salsas caceras derivadas de esta variedad del chile, han sido fuente de recursos y de identidad para la comunidad. En este sentido, podemos decir que la población de Temacapulín se ha visto en la necesidad de hacer una mirada introspectiva y encontrar aquello que les vincula les distingue respecto de otras poblaciones. Pese a que la amenaza de ser desplazados continúa, lo cierto es que los habitantes de Temacapulín han hecho de su lucha un arte, el arte de la resistencia.

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Imagen

San Juditas

«San Juditas», plata sobre gelatina, 2005. Real de Catorce, San Luis Potosí, México.

Espera por los gusanos

El miércoles 20 de julio de 2016, un amigo y yo nos encargamos de despedir a un gato que yacía muerto a mitad de la avenida. Entre sus despojos abundaban los gusanos; así que, desquehacerado como ando, tomé un video de ellos y aquí les dejo lo que hice con el

Sinarcópolis

Adversus populus

Archivo UNS –RVR

I

El canon popular sugiere que lo que se ve no se pregunta. Pero no todo lo que se nos presenta como obvio o evidente debe pasar desapercibido ni, mucho menos, evita que nos formulemos ciertas consideraciones sobre los hechos que dan forma a lo cotidiano. Esto me parece particularmente válido si contemplamos que, desde hace varios años, el intercambio (si es que se le puede llamar así) entre las ciudades de Lagos de Moreno, Jalisco, y León de los Aldama, Guanajuato, está dando origen a la cristalización de un espacio o, por decirlo en términos metafísicos, a un «ente» que no había existido antes. A esa creación es a la que me refiero como «Sinarcópolis».

El origen de la palabra no es remoto, surge en el contexto de la lucha política que, en la década de los años treinta del siglo XX en México, llevó a los católicos inconformes con los arreglos entre la Iglesia católica y el Estado mexicano (para poner fin a la guerra que conocemos como la cristiada) a fundar la Unión Nacional Sinarquista (UNS). Dado que la UNS surge en la ciudad de León, Guanajuato, el 23 de mayo de 1937 (día de la Santísima Trinidad) y fue ahí donde contó con su mayor y más aguerrido número de militantes, los miembros de esa organización contrarrevolucionaria se referían a aquella ciudad como Sinarcópolis.

II

Sin entrar en detalles sólo diré que sinarquismo significa «con orden o con autoridad». Sus críticos y adversarios, entre quienes destaca Vicente Lombardo Toledano, la denunciaron como una organización fascista en México. No obstante que otro observador de la época como Nemesio García Naranjo, en 1946 se refería al sinarquismo como una ideología netamente mexicana:

«El sinarquismo no fue traído del exterior: nació en el Bajío que es la comarca más mexicana de México. Sus fundadores no eran gente conocida, ni rica, ni de gran prestigio intelectual. El grupo empezó a crecer, no obstante de que se procuró aplastarlo con el mote de “reaccionario.” A pesar de la hostilidad oficial, siguió progresando hasta causarle inquietudes al gobierno. Este lo declaró ilegal y ordenó su disolución; pero la condenación resultó inútil: el sinarquismo continuó moviéndose con vitalidad siempre mayor».

Cabe señalar que «el fin último» del sinarquismo sí era derrocar al régimen revolucionario e instaurar, en cambio, un orden social cristiano.

Como antecedente, la existencia de una ciudad conocida como Sinarcópolis sólo corresponde al ámbito de la «política-ficción». Acaso una quimera por la que los militantes sinarquistas asimilaron el declive del movimiento y la institucionalización de la Revolución mexicana que aborrecían.

No es mi propósito abonar al imaginario sinarquista, que aún existe, como tampoco sugiero un descabellado cambio en las nomenclaturas de Lagos de Moreno y León de los Aldama. La existencia real, jurídica, geográfica, comercial y administrativa de estas dos ciudades no es el objeto al que me refiero, aunque el fenómeno al que aludo puede llegar a transformar dichos ámbitos. Hablo del proceso de integración que están experimentando y que pareciera ser una obviedad para gobernados y gobernantes en ambas ciudades.

III

El empleo del término Sinarcópolis me parece adecuado debido a que, al igual que en el Bajío guanajuatense, en los Altos de Jalisco el sinarquismo también logró una amplia y favorable recepción por parte de sus habitantes. Desde luego, ya en otro tiempo hubo alguna intención por conformar una entidad política a partir de la integración de estos espacios, pero fue el sinarquismo el primero que tuvo lugar bajo el sistema político actual.

Es muy probable que no exista en alguna otra parte del país un empleo tan exacerbado de símbolos religiosos como en Los Altos de Jalisco y el Bajío guanajuatense, con el propósito de recrear un imaginario colectivo tan vehementemente conservador. Además, todo ese simbolismo abona a la preservación de uno de los factores de poder en México, como lo es la Iglesia católica y las élites que la respaldan. Con la integración de estas regiones, a partir del crecimiento urbano de León que ha ocasionado el corredor industrial, Sinarcópolis habrá de dar cabida al surgimiento de un nuevo espacio de poder político, con nuevas élites económicas y nuevas dinámicas de relaciones sociales, pero subjetivamente orientadas por una visión religiosa, algo así como el orden social sinarquista.

IV

Por otra parte, cuando cuestionamos el empleo del término «intercambio» para referirnos a la dinámica que entre Lagos y León está ocurriendo, lo hacemos desde la evidente desigualdad que subyace en esa relación. Buena parte de los recursos naturales, como lo son los bancos de arena o las aguas del río Verde que serán captadas por la presa El Zapotillo por la que se pretende inundar a Temacapulín, son sólo una muestra de que Sinarcópolis dista, por mucho, de ser una entidad distinta a las urbes que ya existen en el país. Los Altos Norte de Jalisco se han convertido en depositarios de muchos de los desechos que produce León, una de las cinco ciudades más contaminadas de México según la Organización Mundial de la Salud.

El establecimiento de fraccionamientos y zonas residenciales en los límites entre Lagos y León también dan cuenta de la desigualdad en su relación. Con la autorización de esos asentamientos, que han sido una necesidad impuesta por la metrópoli guanajuatense, Lagos de Moreno, como administración pública, adquiere compromisos para los que su infraestructura administrativa no está preparada. Dichos compromisos van desde el alumbrado público, la recolección y manejo de residuos domésticos, el agua potable y el alcantarillado, la seguridad pública, etcétera, que, de por sí, son prestaciones que varias delegaciones como Betulia o Los Azulitos en el norte del municipio reciben, si es que reciben, de manera defectuosa.

«Lo más bonito de Lagos es León», me dice sin pensarlo dos veces un comerciante en Lagos de Moreno. En su lógica tiene razón. Buena parte de los bienes de consumo que se producen en Lagos tienen como destino la ciudad de León. Pero esto también ocurre en sentido inverso, puesto que muchos de los servicios que proporciona aquella ciudad guanajuatense son consumidos por mis paisano en Lagos.

Quienes habitamos y, de cierta manera, nos beneficiamos de la dinámica entre Lagos y León, obviamos la naturaleza de esa relación. Cuando debiéramos cuestionarnos sus alcances, las implicaciones y los riesgos que conllevan. Los costos socioambientales por el surgimiento de una megalópolis, a la que aquí me he estado refiriendo como Sinarcópolis, son demasiado altos para una región en la que los recursos no abundan. Desde luego, la integración es un hecho y está ocurriendo, lo que no se ve, por ninguna parte, es la implementación de un plan o un proyecto que evite la depredación de los recursos y la corrupción que ello implica.

V

Además, al igual que el poeta Javier Sicilia, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, detener la construcción de la presa El Zapotillo, devolverle su programa a Carmen Aristegui y exhumar e identificar los cuerpos de las fosas de Tetelcingo.

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La palabra con «d»

Adversus populus

palabraconD

I

Si hubiera un pueblo de dioses –escribía hace más de dos siglos Jean Jacques Rousseau­– la palabra con «d» sería su forma de gobierno. Pero no creía conveniente que los seres humanos intentáramos regirnos bajo un sistema tan perfecto. Sin embargo, la palabra con «d» constituye la base del pensamiento político moderno y; a partir de entonces, no ha habido ideología política que no la incluya entre los valores que diga defender o representar.

Visiblemente entusiasmado por su viaje al interior de los Estados Unidos de Norteamérica, Alexis de Tocqueville escribió una de las obras fundacionales de la sociología y de la ciencia política contemporáneas. En donde analiza cómo es que la palabra con «d» ocurre con «naturalidad» entre los ciudadanos, organizaciones e instituciones en los primeros años de aquel país y por qué el mundo civilizado debía seguir su ejemplo. Poco después, en el contexto revolucionario de la Europa decimonónica, Karl Marx y Friedrich Engels proporcionaron a los proletarios del mundo un manual de lucha en el que categóricamente hablaban de la palabra con «d» como uno de los objetivos que la revolución proletaria internacional debía alcanzar. Pero no solo liberales y comunistas han reivindicado a la palabra con «d» entre sus valores, hacia finales del siglo XIX el pensamiento político conservador, aquel que encontrara su sustancia en la obra de Edmund Burke, también habría de incluir la palabra con «d» entre el repertorio de ideas por las que emplazaba su propio horizonte utópico.

II

En México, personajes académicos e intelectuales como José Revueltas, Pablo González Casanova, Roger Bartra, Octavio Paz, Enrique Krauze y Jorge Alonso, por citar a algunos que, a mi entender, han logrado influir en el debate político nacional, sobre la palabra con «d» han dicho que es bárbara, pero que es posible, que se encuentra ausente, aunque es absoluta pero a su vez relativa, que no lleva adjetivos o que ha sido vulnerada. Incluso, la Iglesia católica en nuestro país, una vez concluido el periodo que conocemos como el modus vivendi, se pronunciaba sobre este tema para exigir la abolición de las leyes antirreligiosas que aún seguían vigentes. En todos ellos subyace un discurso por la legitimidad de las instituciones políticas, económicas, sociales y culturales que los mexicanos nos hemos dado a partir del establecimiento del moderno Estado-nación, de aquel al que dio lugar la Revolución mexicana, como requisito necesario e inequívoco para que la palabra con «d» ocurra con «naturalidad» entre los mexicanos, y esto nos conduzca a mejores condiciones de bienestar.

De los tiempos del sistema autoritario, que se vio obligado a la apertura por la presión que desde la oficialidad o la clandestinidad ejercieron los movimientos sociales en el país, hasta llegar a la supuesta transición que significó el triunfo de la oposición electoral en el año 2000; al día de hoy, la palabra con «d» ha sido constreñida a un formalismo administrativo y esto, en cualquiera de las definiciones que le queramos dar, la ha vuelto una palabra estéril. Esto se debe, en parte, al hecho de haber confinado a la palabra con «d» al ámbito de las instituciones. Porque, hay que decirlo, uno de los mayores obstáculos para que la palabra con «d» vuelva a gozar de algún lugar entre los anhelos de la sociedad mexicana en su conjunto, es el uso que de las instituciones ha hecho la clase política en México, que las han vuelto sus feudos personales e instrumentos de control y dominación tanto burocrática como de fuerza. Quizá, en su estado actual, nuestras instituciones son insalvables.

III

Resulta encomiable que los movimientos indígenas hayan sido los primeros en darse cuenta de la decadencia de las instituciones que dan forma al Estado moderno. Es por ello que al interior de los territorios o de los espacios en los que han constituido sus autonomías, podamos hablar de democracia. Las instituciones que comunidades indígenas y campesinas dentro y fuera de México se han dado en los últimos cuarenta años, cumplen con las necesidades para las que han sido creadas, no constituyen formas de dominación sino de representación y, de igual forma, esas mismas instituciones articulan sus formas de resistencia al embate que, desde el exterior, el aparato de estado acomete en su contra. Entre sus formas de resistencia, el movimiento indígena en México, que bien representa el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, no ha buscado el diálogo con las élites que monopolizan al aparato de estado y sus instituciones; en su búsqueda, el zapatismo ha intentado comunicarse con la sociedad civil organizada y movilizada, con la que comparten la necesidad de establecer nuevas formas de relaciones sociales, democráticas.

Corresponde a nosotros, miembros de la sociedad civil en México, debatir sobre las formas de participación y representación política venideras, quizá al margen de las actualmente existentes. Pero no por ello, debemos mantener una actitud de indiferencia a lo que ocurre en la arena de lo electoral, en donde la palabra con «d» debe ser resignificada. Un primer paso es recuperar experiencias, comprender en qué momento las luchas populares, locales e inmediatas a nosotros, fueron desarticuladas y si esto ocurrió por haber incursionado en la insurgencia o en la competencia electoral. Hay que pensar más allá del 2018, pero con una estrategia que, en ese año, nos permita evitar que las elecciones sean un festín para los cerdos. Con la consumación de la serie de reformas que la actual administración federal impulsó, el gobierno de Peña Nieto ha cumplido su objetivo, el de desmantelar el estado de bienestar en México. Lo que sigue, es el empleo de la fuerza en contra de cualquier expresión que cuestione los privilegios que la clase política está obteniendo de ello.

En algún lugar se ha dicho que la posibilidad de hablar de una falta de democracia es la prueba de su existencia. Habría que poner a prueba ese supuesto y, a través de las urnas y de las calles, presentar nuestras demandas y hacer saber a la clase política y a las élites en México que, la nuestra, es una sociedad agraviada.

IV

Además, al igual que el poeta Javier Sicilia, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui, cancelar definitivamente la construcción de la presa El Zapotillo y exhumar e identificar los cuerpos de las fosas de Tetelcingo.

Críticas, comentarios y sugerencias de sinónimos de democracia a v4l3nc14@gmail.com

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El río Lagos, «una represa de cagada»

El «recurso» más importante con el que contamos los habitantes de Lagos de Moreno es el río «Lagos». Es increíble que durante más de 400 años hubo un uso responsable de él y había cierto equilibrio entre las actividades productivas y el ecosistema que del río dependía.

En los últimos años lo hemos convertido en vertedero de todo tipo de desechos, domésticos e industriales. No han faltado los «bienintencionados» que lo han querido entubar, hacerlo un estacionamiento o convertirlo en una represa de cagada (pienso en la pequeña Venecia).

Al día de hoy carecemos de un plan, de un programa o de algún proyecto para que sea saneado, minimizar nuestro impacto en él y recuperar el ecosistema del que formábamos parte.

Nadie informa sobre las acciones que, en este momento, se realizan en el lecho del río. Políticos y formadores de «opinión pública» están más interesados en convencernos de su gran labor o en la descalificación mutua. Es nuestro recurso más importante y a nadie parece importarle.

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