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Violencia sin culpa

Adversus populus (13)

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I

Una escena inquietante, pero con toda seguridad se repite en varios momentos y lugares dentro y fuera de México, donde la violencia que genera el narcotráfico es narrada por quien menos lo esperas, a través de un narcocorrido. En una mano, quizá, empuña las monedas devueltas por el tendero; con ambos brazos sostiene, contra su pecho, el refresco negro y azucarado en extremo de tres litros que alguien le ha encargado. Con un andar lento, pero desenfadado, el niño de ocho o nueve años entretiene su paso cantando una canción: «Lo he visto peleando también torturando // cortando cabezas con cuchillo en mano // su rostro cenizo no parece humano // el odio en sus venas lo habían dominado…». Al momento de cruzar nuestro camino, interrumpe su canto, me mira, sonríe, me sede el paso en la banqueta y se va dedicado a lo suyo.

II

En su ensayo Para una crítica de la violencia (Editorial Leviatán, 1995), el sociólogo Walter Benjamin (Berlín, Alemania, 1892/1940) sostiene que en el sentido exacto de la palabra, hablamos de violencia cuando su causa incide en las relaciones sociales moralmente aceptadas. Advierte que cualquier crítica de la violencia debe ir más allá de la moral que transgrede y entender la relación que entre moral y violencia existe. La esfera de esa relación es definida por los conceptos de derecho y justicia. En el primero, la violencia se encuentra en los medios y no así en los fines; es decir, la violencia en sí no es un propósito del derecho, es un medio a través del cual se obliga a respetarlo. En la segunda esfera, la de la justicia, la violencia sería aceptable cuando es legítima. No obstante, hablar de la violencia en los marcos del derecho o la justicia, sólo ofrece criterios para su aplicación, no resuelve el problema moral de su empleo.

A lo largo de su exposición, distingue entre una violencia mítica y otra creadora. La primera funda y conserva el derecho; sabemos que, por ejemplo, en esencia la costumbre crea jurisprudencia y de ella deriva algún tipo de derecho. En ello, el uso de la fuerza, los medios violentos se ejercen para garantizar el orden que esa costumbre genera, lo que nos conduce a aceptarla mientras provenga de quien «legítimamente» está facultado a ejercerla, es decir el Estado. Este es el tipo de violencia que actualmente domina, la de los aparatos militares o policíacos, con todas las contradicciones que les caracterizan. Si partimos de esta violencia mítica las acciones que el crimen organizado, como individuos no legitimados para el uso de la violencia, realizan, nos encontramos ante el dilema de la incapacidad del Estado para contenerlas y garantizar, justamente, el estado de derecho que le justifica. Por otra parte, la violencia creadora tiene que ver con la capacidad de los individuos, fuera de las instituciones oficiales, de emplearla con el propósito de una causa justa o un objetivo superior y; en ello, crear nuevos marcos jurídicos. Fue el caso, por ejemplo, de las acciones de los movimientos obreros en busca de mejores condiciones de trabajo, salario y retiro en los siglos XIX y XX, los cuales, no estaban garantizados por ley o jurisprudencia alguna.

III

La frase «la violencia es la partera de la historia», atribuida al filósofo Karl Marx (Tréveris, Alemania, 1818/1883), aparece en «La llamada acumulación originaria» en su libro El capital; donde habla del paso del sistema de producción feudal al sistema capitalista, textualmente dice: «La violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva» (FCE, 1975). Se refiere a la «potencia» económica de la violencia para abrir paso a nuevas formas y nuevos valores en las relaciones sociales.

A diferencia de los ciclos revolucionarios en los siglos XIX y XX, la de hoy (no me atrevería a decir nueva), es una violencia distinta. La novedad reside en el hecho de que a diferencia de los programas políticos de los revolucionarios del mundo, la violencia que hoy afecta a buena parte del orbe, del Norte y del Sur, tiene que ver, primeramente, con el uso de los aparatos estatales para reprimir o imponer las agendas económicas del orden global actual. Esta es una violencia a escala sin precedentes, emprendida por los estados en contra de sus ciudadanos en lo económico-social y contra los disidentes en lo político. Por otra parte, nos enfrentamos a la violencia de quienes no están legitimados a ejercerla, el narcotráfico junto con las demás actividades por él derivado, proporcionan no sólo los medios necesarios para garantizar su capacidad de fuego; además, su influencia les ha permitido constituirse, en muchos casos, como una actividad económica a gran escala y como una fuerza política, en varios niveles de gobierno, encaminada a garantizar su continuidad.

De manera indistinta a las causas que alientan la violencia, ésta habrá de generar, como lo está haciendo ya, una nueva sociedad. El resultado no obedece a leyes universales o naturales, tiene que ver con la manera en la que socialmente la entendemos y enfrentamos. Podríamos, como hasta ahora, asumir una actitud cínica ante lo hechos que a diario lastiman a miles de personas, mientras no nos afecten a nosotros; o bien, tomar acciones drásticas, radicales, armarnos nosotros mismos y proveernos de lo que sea entendamos por justicia. Una tercera vía, propongo, es asumir la responsabilidad que el desafío de la violencia plantea y, sin negar el hecho que la violencia se ha «normalizado» de tal forma que ahora nos resulta cotidiana, actuar en consecuencia. No se trata, por la fuerza de la censura, de negar u ocultar las atrocidades y las manifestaciones culturales que el narcotráfico genera, tales como los narcocorridos. Estas expresiones, hasta cierto punto son necesarias, útiles para conocer el momento en el que nos encontramos. De otra manera, seguiremos en la simulación que hasta ahora impera.

IV

Luego de mi encuentro con el pequeño cantante, hay que decirlo, me di a la tarea de escuchar narcocorridos. Los hay de todos tipos, de la vieja y nueva escuela; sus narraciones describen, por igual, hechos ocurridos en países de Europa, estados de la Unión Americana, México y, desde luego, países de Centro y Sudamérica. Algunos celebran la impunidad y la violencia, otros lamentan la pérdida de vidas humanas o exaltan el heroísmo de quienes combaten al crimen. Incluso, los hay sobre traficantes ficticios que desde la televisión son creados. En todos ellos, subyace el carácter económicamente transnacional del narcotráfico y su penetración en todo orden de la actividad humana. Lo cual, muestra al narcotráfico y la violencia sin culpa que genera, como una cualidad intrínseca del capital en estos nuestros tiempos.

Críticas, comentarios, coplas o estribillos a: v4l3nc14@gmail.com

Puedes leer esta columna en la edición digital e impresa del «Periódico AM» en su edición Lagos de Moreno del viernes 31 de enero de 2014 [haz click en la imagen].

Puedes leer esta columna en la edición digital e impresa del «Periódico AM» en su edición Lagos de Moreno del viernes 31 de enero de 2014 [haz click en la imagen].

Pensémoslo

En 1965 Pablo González Casanova advirtió que el país se encontraba al borde de una represión fascista; demostró la imposibilidad de una revolución y llamó a las distintas fuerzas políticas contrarias al régimen a encausar sus esfuerzos a la construcción de una democracia. Sin embargo, pocos lo escucharon. Tres años después ocurriría la masacre de Tlatelolco.

Hoy en día, luego de la fallida democracia que supuestamente había llegado al país con el triunfo de la oposición electoral, de la sistemática acción de los gobiernos locales, estatales y federal en contra del interés público y una larga lista de agravios, ¿hacia dónde hay qué mirar?, ¿qué voces hay qué escuchar? Esto es ¿el principio de un fin? ¿de un cambio? ¿cuál? Pensémoslo

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Don Martín

De la serie «cristero y federal»

 

Un sueño

En medio de este mar de horrores y de desdichas anoche tuve un sueño: Bebía con varios de ustedes un single malt de muy buen gusto, cuando, de repente, de la nada apareció José José. Tenía en su mano izquierda un vaso de veladora vacío; se acercó a donde los hielos, con su mano derecha colocó ceremoniosamente tres cubos en el vaso y, después, tomó la botella por el cogote y vertió una buena porción de whisky. Hecho esto, nos miró agradecido, sonrió, dio la vuelta y se marchó sin decir una sola palabra. ¡Ni una pinche canción se aventó!

El «fantasma» de los Estados

el laissez-faire también es una forma de «regulación» estatal, introducida y mantenida por medios legislativos y coercitivos. Es una política deliberada, consciente de sus propios fines, y no la expresión espontánea y automática de los hechos económicos. Consecuentemente, el liberalismo del laissez-faire es un programa político

Antonio Gramsci

El fantasma de los Estados

Veinte años atrás, después de la desintegración del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría, desde la sociología y la ciencia política comenzó a hablarse del declive de los estados nacionales como las instituciones dominantes de nuestro tiempo. La capacidad de las empresas transnacionales y las corporaciones que las dirigen por imponer sus intereses, tanto en países desarrollados como subdesarrollados, fue entendida como el ascenso de estas organizaciones al sitio que, en otros momentos, ocuparon la iglesia, la monarquía, los partidos políticos o el Estado.

La primacía de los intereses del mercado sobre los asuntos públicos como la educación, la salud, el trabajo o la vivienda, por ejemplo, recuperó de los anaqueles las viejas tesis de la economía clásica de Adam Smith (1776) sobre el liberalismo económico. Esto es, la mínima intervención del Estado en la economía y el mercado debido a que, la naturaleza, hasta cierto punto egoísta del ser humano, alienta la riqueza y la innovación tecnológica que la crea; permitir, entonces, el laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar). Se habló, en tanto, de un neoliberalismo económico como la explicación más plausible en el declive de los Estados y el ascenso de las corporaciones.

Esta afirmación, por algún tiempo (léase la década de los 90 y los primeros años del siglo XXI), tuvo algo de verdad. Corporaciones como Monsanto, además de producir agroquímicos, expandía sus intereses en áreas como el tabaco, los alimentos procesados, ¡ah!, y las armas químicas que producen desde la Guerra de Vietnam. Además de la influencia económica, las corporaciones también construyen opinión pública e intereses políticos, instruyen a través de la televisión y otros medios masivos de comunicación las jóvenes mentes de los niños. En fin, por todos lados se apreciaba como las corporaciones comenzaban a suplir a los «fantasmas» de los Estados.

Muy pocas voces se pronunciaron en contra de esta quimera. Se les calificó de marxistas trasnochados, incapaces de superar sus ideas en torno al desarrollo histórico. El futuro se encontraba en la inversión y la libre empresa. En tanto, varios países comenzaron a «desengrosar» sus aparatos burocráticos y deshacerse de empresas paraestatales, así como dejaron de sostener, constitucionalmente, su predominio sobre la tierra, los hidrocarburos y, en general, todas aquellas áreas de los sectores productivos.

A partir de la crisis económica de 2008, que puso y sigue poniendo en entredicho la continuidad de la Comunidad Económica Europea o del liderazgo norteamericano como potencia mundial, los aparatos estatales, los Estados en toda la amplitud del término, han recuperado su papel hegemónico como reguladores de la vida política y social de sus respectivos países. Ha sido a través del monopolio de la violencia que esto es posible; después de todo, las reformas económicas, la disminución del gasto público y la renuncia de los gobiernos a garantizar las condiciones mínimas de trabajo, salud, educación, vivienda y seguridad a sus gobernados, ha desatado una serie de procesos de revueltas y movilizaciones sociales en varias partes del mundo. Desde Grecia, España, los Estados Unidos, México incluido, en los últimos años hemos apreciado un ciclo de protestas, con sus respectivas reivindicaciones, en resistencia a los nuevos procesos de acumulación de capital.

La renuncia, durante la década de los noventa, por parte de los Estados a participar de las actividades productivas se justificó en tesis desarrollistas y de generación de riqueza. En ello ocurrió una nueva división internacional del trabajo o, mejor dicho, una vuelta al modelo anterior a la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial. En México, por ejemplo, hemos retornado al papel de productor de materias primas y consumidor de tecnologías, hoy en día se han acrecentado las concesiones de explotación minera en regiones que habían sido más o menos preservadas por comunidades locales, fundamentalmente indígenas. Por otra parte, los recursos del subsuelo, como el gas natural y el petróleo, lejos ser desplazados por otro tipo de combustibles, son cada vez más necesarios en los países ricos para preservar su estatus en el «concierto de las naciones».

Esta situación pone en evidencia los límites del desarrollo. Muy pocos países reciben los beneficios de la «sociedad de la información» mientras que otros, la mayoría, se limitan a ser meros consumidores marginales y participes en función del abaratamiento de su mano de obra, calificada o no, así como por sus recursos naturales y energéticos. No son las corporaciones las instituciones dominantes que lo ocasionan, son los Estados, a través de sus aparatos bélicos al exterior, y policiales represivos al interior, los que conducen esta vuelta a la supresión de garantías políticas y sociales.

En cuanto a la irrupción de otro tipo de fuerzas armadas, por decirlo de alguna manera ilegítimas como el narcotráfico, desde 1532 en El príncipe Nicolás Maquiavelo advirtió que los gobernantes, para preservar su poder, se valen de fuerzas regulares e irregulares. Las primeras son sus ejércitos disciplinados e instruidos para obedecer ordenes y participar en combate; las segundas están integradas por mercenarios, aquellos a quienes el honor o la lealtad les dicen muy poco y, por tanto, difíciles de controlar. En ese sentido, no es de extrañar que el narcotráfico, como ha ocurrido en distintos momentos, no sólo actúa en contra de las instituciones que limitan sus actividades, lo hacen también en contra de los mismos enemigos del Estado. Después de todo, sus intereses son compartidos.

A Nadie

Quiero que Nadie se sienta ofendido por lo que voy a decir. Nadie es responsable de lo que donde quiera indigna, ofende, asusta, llena de rabia. Como muchos, también temo. Por mí, por quienes amo, por quienes están cerca y lejos de mí; por quienes desaparecen sin que Nadie diga nada o se esfuerce por encontrar; por quienes son agraviados por la muerte de los suyos y Nadie les ofrezca el consuelo que brinda la justicia de saber que, por lo menos, su pérdida no quedará impune. El miedo es cabrón, paraliza y hace que nos esforcemos en callar, volver la mirada y tratar de seguir adelante, aunque ello signifique tragarse la rabia y la impotencia. Por eso quiero que Nadie se ofenda, porque callar no sirve.

Quizá a Nadie le importe muy poco lo que tenga que decirle. Pero eso poco me importa, porque lo sé. No ser escuchado es casi lo mismo que callar, lo mismo da si tu mensaje no llega a Nadie o si se prefiere reservarlo. La diferencia, no sutil, ni pequeña, es que el mensaje será escuchado por quien, como tú, como nosotros, sienta lo mismo o también deseé contar o escuchar algo distinto a lo que a diario narra o se le dice.

Entonces, se dirá, Nadie seguirá haciendo lo que hasta ahora: Nada. Porque Nadie es responsable y los responsables eluden, ocultan, ignoran. Entonces, hay que nombrarlo, porque Nadie tiene un rostro y habita en algún lugar, quizá en mí. ¿Qué hacer, pues? Ser valiente, me dirás. Pero Nadie quiere que lo seas, pues serlo conduce a ciertos lugares, algunos desconocidos, otros fríos como las morgues u otros francamente indeseables. Si es así, Nadie tiene razón. Pero tener razón no basta, hay que sentir, hay que creer, saberse digno, humano. Que Nadie sepa lo mucho que estas circunstancias hieren, pero que también sepa que estamos decididos a que no siga siendo así. Por eso es que quiero que Nadie se ofenda.

El ciclo de Ayotzinapa

No. No son vándalos ni inadaptados. Lo que ocurre en Chilpancingo, Guerrero, es un movimiento social. Como tal, sus recursos son limitados, pero el mayor y el más legítimo es la protesta. Si esta se extiende en otros sectores de la sociedad, entonces, estaremos ante un ciclo de protestas; si en el logran integrarse disitntas u opuestas realidades, entonces estaremos ante una revolución

Ayotzinapa

Homeless

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