Los insurgentes

Adversus populus

I

Cuando niño, aprender a conducirme bajo los preceptos de la doctrina católica era la razón por la que me enviaban a la escuela y al catecismo; porque, hay que decirlo, fui educado bajo un sistema que juzgaba inconcebible la distinción entre las creencias religiosas y la vida en sociedad. Nací y crecí en una región a la que se le atribuía ser un bastión del catolicismo, quizá siga siendo así.

Los libros de texto gratuitos, aquellos que aún despiertan gran animadversión entre algunos sectores de la población (no sólo católicos, conste), nunca los consulté. Algunas veces nos eran dados para colocarlos sobre o dentro de nuestros mesa-bancos, con el propósito de simular ante el inspector de zona de la SEP que el colegio cumplía con la exigencia de emplear esos materiales en las clases; para después confinarlos nuevamente en el almacén de la escuela.

El colegio al que asistí no era el único en su tipo, pero sí el más radical. Durante algún tiempo creí que el nombre Insurgentes le había sido dado en honor a los héroes de la independencia. Después comprendí que ese nombre se refería a los niños, y solamente niños pues las niñas asistían a colegios exclusivos para ellas, que habrían de convertirse en los nuevos defensores de las «libertades» de la Iglesia católica. Puesto que el Insurgentes había sido fundado en la década de los años 50 del siglo XX, en el contexto del fin del modus vivendi entre la Iglesia y el Estado en México; un periodo en el que, en palabras del profesor Roberto Blancarte, la Iglesia superó la situación defensiva en la que se encontraba para erigirse, nuevamente, como una fuente autónoma de poder.

Así, por más de 40 años, varias generaciones fueron educadas en su interior bajo los principios de una moral religiosa. ¿Cuántos de estos insurgentes, de esta u otras escuelas católicas en el país, atendieron el llamado del Frente Nacional por la Familia; en lo que consideran una «cruzada» por el matrimonio, los niños y la familia [sic]?

II

Como una paradoja, de esas que abundan en las cuestiones humanas, el Insurgentes ocupaba el edificio que alguna vez fue la Casa del Agrarista en mi pueblo, inaugurada por el presidente Lázaro Cárdenas, a quien la jerarquía católica señalaba como un enemigo de la Fe, por sostener la educación socialista y los artículos 3º, 5º, 24, 27 y 130 de la Constitución.

Otra paradoja estriba en el hecho de que la disputa entre la Iglesia católica y el Estado, por las reformas constitucionales que reconocen el legítimo derecho del matrimonio entre personas del mismo sexo, ocurre bajo la supuesta laicidad del espacio público y la evidente imbricación entre la sociedad mexicana y la práctica religiosa. Dicha imbricación se articula a través del número de escuelas, asilos, orfanatos y todo tipo de organizaciones e instituciones, en las que aún pervive una visión integral e intransigente sobre los cambios de la vida en sociedad. Ciertamente no representan la totalidad de las corrientes que coexisten al interior de la Iglesia, pero sí lo son del discurso dominante representado por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

Legalmente, las reformas constitucionales que han dado lugar a la movilización de los sectores afines a la Iglesia, suceden en el marco legítimo y deseable de la relación entre el individuo y el Estado. Sin embargo, una perspectiva más útil para comprender la naturaleza del conflicto, es que en esa relación individuo-Estado debemos considerar la estructura de grupos y asociaciones que se sitúan en un lugar intermedio de esos extremos.

Es decir (y aquí nada tiene que ver el dogma), cualquiera que sea la capacidad del Frente Nacional por la Familia, en términos de movilización, se trata de un poder corporativo sustentado en el amplio y diverso número de organizaciones presentes en la estructura social mexicana; de aquella que reivindica un sistema de valores emplazado por una visión religiosa de la vida en sociedad.

III

En este sentido, una hipótesis sugiere que la pretendida laicidad de la educación, y en general del espacio público, ha fracasado. O, por lo menos, las instituciones del Estado se encuentran fuertemente disminuidas; a tal grado que un poder corporativo, como el de la Iglesia católica, es capaz de desafiarlo puesto que, después de todo, ¿quién puede negar la existencia legal de esas organizaciones y su derecho a manifestarse? Además, ¿no han sido algunas de estas organizaciones un contrapeso a los excesos o a las ausencias del Estado de Derecho en nuestro país?

Nos encontramos ante una encrucijada. Ante una situación que recuerda un pasaje de El luto humano; en el que, en medio de la noche, aparece la fuerza de un río desbordado como metáfora de la vida, acaso de la historia; en donde, para poder sobrevivir, un cristero, un agrarista y un puñado de miserables, se ven entre sí como necesarios, como los únicos artífices de su propia redención, desprovistos del manto protector de la Iglesia y el Estado que uno y otro defendían.

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Algo sobre la Iglesia católica en México

Adversus populus

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Parroquia de la Asunción en Lagos de Moreno, Jalisco, México. Foto: Aracely González Cruz (†)

I

Hacia 1934, a la luz de una profunda crisis económica a escala mundial y de la creciente lucha ideológica que acarreó a los grandes movimientos de masas a definir los bandos de la guerra que estaba por comenzar, Antonio Gramsci (Cerdeña, 1891-1937) dedicó especial atención al rol que la Iglesia católica desempeñaba en ese momento:

«Ya no es la Iglesia la que determina el terreno y los medios de la lucha; ella, por el contrario, debe aceptar el terreno que le imponen sus adversarios o la indiferencia y servirse de armas tomadas en préstamo del arsenal de sus adversarios (la organización política de masas). Esto es, la Iglesia está a la defensiva, ha perdido la autonomía de los movimientos y de las iniciativas, no es ya una fuerza ideológica mundial, sino sólo una fuerza subalterna» (Cuadernos de la cárcel, volumen 6, p.17).

Gramsci consideraba que la creación de la Acción Católica había inaugurado, como de hecho lo hizo, una nueva época en la historia de la Iglesia. El campo de lo político le había sido vedado y su posición en varios países del mundo se vio reducida al ministerio religioso; es decir, sus intereses terrenales quedaban a resguardo de grupos laicos que la Acción Católica aspiraba a dirigir, pero que no pertenecían a la estructura formal del clero. Entre otras variables, este hecho condujo a la reafirmación de las tesis secularistas que sostenían que el declive del pensamiento y de las instituciones religiosas ocurre por el avance del «progreso» y de la «modernización» de las sociedades occidentales.

En México, al tiempo que Antonio Gramsci escribía sus cuadernos desde la cárcel, la relación entre el Estado y la Iglesia se encontraba visiblemente deteriorada. Pese a los «arreglos» de 1929 que habían puesto fin a la cristiada (como atinadamente fue nombrada por Jean Meyer), en varias partes del país ocurría la persecución antirreligiosa, como también operaban aún células de combatientes cristeros, a quienes la Iglesia misma había dado la espalda despojándolos, incluso, del nombre de cristeros, pues rechazaba que su lucha fuera en nombre de Cristo, con el propósito de no desafiar al naciente régimen revolucionario.

II

En La democracia en México (1965), obra fundacional de la sociología en nuestro país, Pablo González Casanova plantea que la democracia es un hecho probable, pero las contradicciones estructurales en la distribución del ingreso son uno de sus principales impedimentos, como lo son también los factores del poder; estos son: los caudillos y caciques regionales y locales, el ejército, el clero y los empresarios. De la posición defensiva en la que se encontraba la Iglesia católica en las décadas de los 20 y 30, en la década de los 60 el escenario era otro, muy distinto: «De todos los factores tradicionales de poder puede decirse que la Iglesia es el único que ha sobrevivido a las grandes transformaciones sociales y que incluso ha recuperado e incrementado parcialmente su fuerza» (La democracia en México, p.55). ¿Qué había pasado con las tesis secularistas? ¿Por qué un país que había crecido ininterrumpidamente al 6% en su economía desde el fin de la II Guerra Mundial, en vías de desarrollo y con un desigual pero visible proceso de industrialización aún se decía más de un 90% de su población como católica y con una institución eclesiástica renovada y fortalecida?

Con excepción de los estudios antropológicos, el análisis del papel de la Iglesia católica en México no hacía más que reproducir una serie de lugares comunes y de prejuicios sustentados en el contubernio entre la Iglesia y el Estado, para así mantener el control de la población. Esto es, se dedicaban más a calificarla que a analizarla. No sería hasta 1992 con la publicación de Historia de la Iglesia católica en México, 1929-1982 de Roberto Blancarte, que obtendríamos respuestas al fortalecimiento de la Iglesia católica desde los «arreglos» de 1929, hasta su posición por momentos crítica y en otras de colaboración hacia la política social y económica del régimen.

Entre otras conclusiones, Roberto Blancarte señala que la Iglesia católica y las organizaciones laicas que le brindaban apoyo en la «cuestión social», no pueden explicarse sin tomar en cuenta dos principios esenciales: «1) la imbricación entre Iglesia y sociedad y 2) la permanente diversidad de opiniones en el seno de la Iglesia» (Historia de la Iglesia católica en México, 1929-1982, p.413). No hay un discurso único al interior de la Iglesia en México, hay tendencias dominantes que, por momentos, logran imponer sus concepciones sobre temas sociales y políticos. Es decir, hay sectores del clero en nuestro país que caben en lo que llamamos «integrales» o «intransigentes» (que no son lo mismo), como también los hay «progresistas». El predominio de unos y otros ocurre en función de las condiciones sociales y políticas; pero, sobre todo, en la medida que sus acciones se vean encaminadas a preservar su doctrina.

III

Desde lo anterior, aprecio que la actual visita del Papa Francisco a nuestro país tiene un mayor peso doctrinario que implica, indudablemente, una postura política hacia lo social.

Entre otros datos, los resultados del Censo de Población y Vivienda 2010, indican que en la última década la Iglesia católica perdió terreno en todos los estados del país. Destaca el caso de Quintana Roo (el estado más significativo), donde los fieles pasaron de conformar el 73.2% de la población estatal, a sólo 64.6%. En Jalisco (entidad donde la variación ha sido menor), durante 2010 el 92% de la población es católica; en el censo de 1990 el porcentaje era del 96.5%. Esta disminución en los porcentajes de católicos en el país resulta por demás significativa para entender los intereses vaticanos en nuestro país, debido a que no sólo ha disminuido el número de católicos, sino que los porcentajes de quienes profesan otras doctrinas, como las protestantes evangélicas, se han incrementado.

En el estado de Chiapas, por ejemplo, a donde el Papa Francisco acudirá en febrero próximo, la variación de católicos resulta por demás prioritaria desde un punto de vista evangelizador. En el año 2010, el total de la población en aquel estado del sureste mexicano se estimó en 4 millones 796 mil 580 habitantes; de los cuales 2 millones 796 mil 685 dijeron ser católicos, es decir que sólo el 58.3% de los chiapanecos profesa o dice profesar la religión católica. Casi un millón de chiapanecos (921, 357) practican una doctrina protestante evangélica, lo que representa el 19.2% de la población, mientras que más de medio millón de personas (580, 690) dicen no profesar religión alguna y representan el 12.1% del total.

Al margen del debate sobre si la visita del Papa a México tiene un propósito político, de legitimación de la actual y detestable administración de Enrique Peña Nieto, no hay que olvidar que la Iglesia católica tiene su propia agenda y sus propios intereses. Podemos decir que al igual que en la década de los 30 del siglo XX, al día de hoy la Iglesia católica en México ha perdido presencia en la arena de lo social, tanto en los ámbitos urbanos y rurales. De tal suerte que su presencia en México no es tan avasalladora como nos lo han querido hacer ver.

IV

En la década de los 50 del siglo XX, coinciden González Casanova y Roberto Blancarte, ocurrió un proceso de «profanización de las costumbres» en la población de nuestro país. Una buena parte de los mexicanos comenzaban a distinguir entre sus creencias religiosas y su práctica política, lo que era muestra de cierta modernización y, más importante aún, había un acercamiento entre los distintos sectores que históricamente habían sido identificados como clientelas del sistema político o de la Iglesia.

Al día de hoy, lo que se puede observar, es que la población en México ha incrementado y sostenido esta diferenciación entre los órdenes de lo divino y lo mundano. Es por ello que para buena parte de los mexicanos, la presencia de Francisco es intrascendente. Sin embargo, para el clero católico, pareciera que su agenda se encamina justamente a contener el proceso de conversión religiosa; no de la secularización, sino del cambio de un credo religioso a otro.

Al final de cuentas, como decimos en el pueblo, la visita papal debiera ser valorada como las llamadas a misa o las mentadas de madre. Las atiende el que quiere.

Críticas, comentarios y trámites para apostatar a v4l3nc14@gmail.com

 

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