No, 2 de octubre ¡no se olvida!

Hay quienes sostienen que los antecedentes del actual sistema político en México residen en 1977, a partir de la promulgación de la Ley LOPPE. Sin embargo, un día como hoy, hace 47 años, hubo un cambio radical en las relaciones entre gobernados y gobernantes, impulsado por el terrorismo de Estado y orientado por la respuesta de amplios sectores de la población que, en algunos casos, llevó a la competencia electoral a través de los partidos políticos y, en otros, a la formación de organizaciones clandestinas, revolucionarias. No, 2 de octubre ¡no se olvida!

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Políticamente incorrecto

Adversus populus 19

I

Entre la sinfonía de voces (que más pareciera un escándalo), que se pronuncian a favor de votar y las que invitan a no hacerlo, me inclino por lo segundo.

Diré por qué, ciertamente, pero antes tengan a bien hacerme una concesión. Esta consiste en aceptar como premisa que todas las personas, absolutamente todas, pensamos y por tanto actuamos políticamente: Piensa y actúa políticamente el franelero que resiste a los inspectores de reglamentos que intentan retirarlo o reubicarlo, ya sea porque de ello dependa alimentar a su familia o poder tomarse unas «chelas» al final de la jornada. Piensa y actúa políticamente el automovilista que se dice a favor de que el franelero sea retirado o reubicado, ya sea porque defienda el espacio público agandallado por el franelero o porque diga simplemente que no debe estar allí. Piensa y actúa políticamente el ciclista urbano que se enfrenta al automovilista que invade las vías, muy pinches por cierto, que se han dispuesto para la movilidad alternativa, si es que las hay siquiera. Piensan y actúan políticamente los editores de una revista digital, que teniendo los recursos para ofrecer una edición impresa de sus contenidos deciden no hacerlo.

De esto se desprende que la nuestra, como muchas otras, es una sociedad politizada. De tal forma que, en esta dinámica es prácticamente imposible sostener una posición, por decirlo de alguna manera, congruente. Es decir, no hay quién tenga una forma de pensar y actuar políticamente «pura», pasamos todo el tiempo de posiciones liberales humanistas a democráticas populares, pasando por posturas más bien conservadoras, por no decir mochas, hasta llegar a otras francamente autoritarias.

Pero si ustedes, amables lectores, creen que esto no es así, que conocen a alguien, o conocen a alguien que conoce a alguien, o alguna o alguno de ustedes piensa y actúa congruentemente con un núcleo de ideas o valores, que llamaremos aquí con el genérico de «ideología», entonces no pierdan su tiempo, pasen a otras lecturas y ubíquense, a gusto personal, entre las bestias salvajes o los dioses de algún olimpo.

II

«Pensar» políticamente los problemas actuales, resultará tan útil para ésta y para las siguientes generaciones como lo ha sido para nosotros saber si los ángeles son o no seres sexuales, o si Eva o Adán tenían ombligo.

Se debe señalar, y quiero ser enfático en esto, que cuando hablo de nuestro modo de pensar y actuar no lo hago desde un aspecto cognitivo, no hablo de problemas de tipo psicológico o filosófico, que parten de la experiencia individual. Por el contrario, defiendo la idea de que nuestras formas de pensamiento diferenciadas provienen de una construcción socio-histórica, que más o menos comenzó hace 200 años, pongan ustedes la fecha: 1776, año de la revolución norteamericana; 1789, año de la revolución francesa; 1795, año de la insurrección e independencia de esclavos negros en Haití; 1810 ó 1821, años en los que aún no nos hemos puesto de acuerdo en señalar como de la Independencia de México.

Cualquier fecha es válida si nos ayuda a establecer el origen del pensamiento político moderno. El pensamiento político moderno, sea cual sea su aliento ideológico, parte de la pretensión de que es posible conducir el curso de la historia, señalar el camino que como sociedad hemos de seguir, emplazado por un horizonte utópico.

Pero resulta que la innovación del pensamiento político moderno, respecto a las formas de pensamiento anteriores, no fue resultado de «pensar» políticamente la «realidad». En ello confluyeron varios factores, como los cambios en aspectos productivos y tecnológicos fundamentalmente. Estos cambios condujeron a la formulación de preguntas sobre sus antecedentes, implicaciones y las visibles transformaciones que acarreaban. Alguien, muy lúcido, propuso que «no es la conciencia de los hombres la que determina la realidad, por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia»; sí, tienen razón, se trataba del buen amigo Carlos, Carlos Marx.

Esta idea ha logrado trascender en el tiempo no por obstinación, ni por añoranzas de marxistas trasnochados, sino que ha dejado de ser una idea abstracta para erigirse como una respuesta concreta a un fenómeno social, como lo es el cambio en las estructuras de la sociedad. Sin pretender reducir el planteamiento, ni mucho menos desprenderlo de todo su contenido o limitaciones, me limitaré a señalar que existe una clara relación entre la economía y la política; de toda forma que cualquier transformación que pretendamos hacer de nuestra realidad social, no sólo derivará de pensar políticamente la realidad, sino que se sostendrá de nuestra capacidad de transformar la manera en la que socialmente producimos la riqueza y, más aún, de cómo la distribuiremos.

 

III

En algún momento, durante la administración federal del alcohólico de Felipe Calderón (afirmación que no discutiré aquí), se nos invitó a participar en el concurso «El trámite más inútil». Aunque la merecida ganadora fue una derechohabiente del IMSS, hay quien dijo que el trámite más inútil es el voto, hoy en día no podría estar más de acuerdo.

Ningún gobernador, diputado federal o local, presidente municipal, regidor o quien sea, tiene la facultad o la atribución de decidir en política económica, y mucho menos en el tipo de economía política que como país nos define ante el sistema económico internacional. Quien diga que, de votar por ella o por él, mejorará tu situación económica, que las tortillas no faltarán en la mesa, que tendrás un mejor empleo o que resolverá la pobreza, habla para no decir nada.

La Constitución política no brinda ningún margen de acción para que algún «representante popular» decida en economía. Todo político en México actúa en los márgenes que le proporciona la política económica nacional. Que aunque es política de Estado, el Estado mexicano no gobierna; podría, si nuestros representantes así lo quisieran. Obviamente se discute y acuerda en el idílico mundo del trabajo legislativo, ¿quiénes?, claro está que los «representantes populares», pero resulta que éstos no deciden en base a una voluntad popular.

Se me dirá que por esta misma razón es importante «ciudadanizar» la política, de tal forma que el voto es fundamental, que todo avance o retroceso en este tema es propio de la democracia, de sus tiempos. Pero, lo que no nos detenemos a contemplar, es que así como la «democracia» en México ha dado lugar a la participación de candidatos como Pedro Kumamoto, de quien sólo puedo expresar respeto y admiración, ni aún así votaría por él. Esto, en total desconfianza a las bondades de la «democracia» mexicana, que también ha dado lugar a la participación de candidatos como el ciudadano Guillermo Cienfuegos, «el payaso Lagrimita», a quien no le guardo respeto alguno, ni mucho menos a los artífices de su campaña y sus defensores, entre quienes cuento, desde luego, con sus justas excepciones, a los funcionarios del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

IV

En tanto, lo que debiéramos aprestarnos a discutir no es el sentido de nuestro voto, o si se debiera anular. Cualquier cambio que nos propongamos realizar tiene que ver con discusiones que se nos han dicho superadas. ¿Quién, quiénes y por qué decidieron que ya no se valía discutir la base de la propiedad privada? ¿Por qué un tema como este sólo se discute en foros especializados, a los que asistimos con el propósito de recabar evidencia de nuestra «productividad académica»? ¿De verdad resulta tan aberrante o herético hoy en día discutir si la riqueza es una construcción social y que por tanto su distribución no debe ser por un principio de propiedad privada? ¿Cuándo comenzaremos a discutir, democráticamente, el sentido de lo que producimos?

Aunque todo lo dicho sólo es una forma de pensar y, quizá, de actuar políticamente incorrecto.

Críticas, comentarios y donaciones de cualquier ejemplar de la Contribución a la crítica de la economía política a v4l3nc14@gmail.com

Lo posible y lo necesario

La tercera ola. La democratización a fines del siglo XX*

Introducción

No es un libro teórico ni histórico; en cambio, nos dice el autor, su intención se orienta en estos dos campos del conocimiento social. El objetivo en esta obra, son los procesos de democratización que ocurren en el periodo que va de 1974 a 1990; los cuales, se enmarcan en la continuidad de dos procesos anteriores u «olas democratizadoras», como Huntington las nombra. En este sentido, su argumento retoma las ideas sobre «el cambio natural» en la evolución de las sociedades humanas. El cambio natural, nos dice Hanna Arendt, es producto del ciclo ordenado y recurrente dentro del cuál transcurren los asuntos humanos; idea que proviene del pensamiento de Platón en la época clásica (Arendt, 2004, p. 21). Por tanto, la democracia se presenta como la evolución natural de las formas de gobierno en los últimos dos siglos.

La democracia en un sistema, por ello y para diferenciarla de su acepción clásica, es entendida por el autor en función de cinco características que son importantes tener en cuenta. En primer lugar: contar con elecciones, apertura, libertad y juego limpio, estos son la “esencia” de la democracia. En segundo lugar, el ejercicio del poder público debe estar claramente delimitado; con ello, entendemos la improbabilidad de que algún grupo o personaje sea quién conduzca las cuestiones de Estado. Como tercer punto, la estabilidad de la democracia no debe estar en entredicho, un régimen puede ser o no democrático en función de su estabilidad, si es frágil es muy probable que sea depuesto para dar paso a otro sistema de gobierno. El cuarto punto es una definición importante y operativa en el análisis del autor; esta es la dicotomía entre «democrático» y «no democrático»; a lo largo de la argumentación, los procesos democratizadores son entendidos y «calificados» en la medida que se acerquen o cumplan con esta división: cumplir con estos cinco puntos son la escala. Finalmente, se trata de la distinción entre régimen y sistemas tradicionales no democráticos, en otras palabras, habremos de distinguir a la democracia moderna de los sistemas políticos anteriores a ésta; esta distinción, aprecia Huntington, es necesaria para comprender la política del siglo XX.

En su estructura y argumentación, para explicar la tercer ola democratizadora el autor atiende las preguntas básicas de toda investigación: ¿Qué? ¿Por qué? ¿Cómo (en dos niveles)? Para concluir con ¿Durante cuánto tiempo? y ¿Hacia dónde?. Una vez atendidas estas consideraciones, veamos el origen del “orden natural” de la democracia moderna.

Sobre la olas

Al inicio de la modernidad es cuando acontece la primer ola democratizadora, una vez que la Democracia fue adoptada como sistema político por los Padres Fundadores de los Estados Unidos y, en cierto sentido, también lo fue por los revolucionarios franceses. Este hecho, inspiró a varias de las nacientes naciones.

En la mayoría de los países de Europa Occidental al inicio del siglo XIX, se desarrollaron gradualmente las instituciones democráticas; por ello, resultaría arbitrario especificar una fecha precisa. En cambio, el autor nos ofrece los criterios que Jonathan Sunshine utiliza para definir como «democrático» a algún país decimonónico. El primero tiene que ver con el número de votantes, si el Estado en cuestión otorga a por los menos el 50% de los varones la posibilidad de votar y, segundo, contar con un Poder Ejecutivo «responsable», sostenido por la mayoría de un Parlamento elegido y que se elige en elecciones populares periódicas.

Estos criterios, desde luego, abrevan de la experiencia Norteamericana una vez concluida la Revolución, la Guerra y la Independencia. En su análisis sobre el significado de la Revolución Americana, Dan Lacy explica cómo es que los criterios de representación por estados ante el Congreso, para la aprobación del Plan de Virginia, se haría en base a la población, de acuerdo a censos decenales (Lacy, 1969, p. 285). En este punto, queda de manifiesta la influencia del origen de los Estados Unidos como nación, para ser el marco de referencia comparativo a través del cuál determinar lo que se considera o no democrático.

Es a partir de 1828, cuando las instituciones democráticas comienzan a aparecer en países de Europa y, es, en ese momento donde comienza auténticamente la primer ola democratizadora que se prolongaría hasta 1926, ya con la participación de países de otros continentes. En esta primer ola, la desintegración de los imperios de los Habsburgo, Romanov y Hohenzollern al fin de la Gran Guerra y el fin de la dominación de colonias británicas, multiplicaron ampliamente el mapa geopolítico de la época.

Sin embargo, así como el autor habla de olas democratizadoras, también observa «contraolas»; es decir, la vuelta de regímenes no democráticos en países donde ya habían iniciado procesos democráticos, tal es el caso de Italia, Alemania, entre otros. La primer contraola va de 1922 a 1942, el llamado periodo entre guerras.

La segunda ola de democratización ocurre entre 1943 y 1962; en ella, varias naciones del mundo y, específicamente en Sudamérica atestiguaron la instauración de gobiernos e instituciones democráticas. Experiencias similares acontecieron en Malasia, Indonesia, India, Israel y Sri Lanka. No obstante, la brevedad de esta segunda ola se debió a su contraparte en los años que van de 1958 a 1975 donde una serie de golpes militares predominantemente, depusieron a gobiernos civiles en Brasil, Bolivia, Argentina, Chile, Uruguay, Filipinas, India, Taiwán y Grecia, por mencionar algunos. Este escenario, en parte, se explica por la influencia de las ideas marxistas-leninistas que, en muchos sentidos, preocupaban a los militares de éstos países, ante lo cual optaron por asumir, personalísimamente la dirección nacional, sea para perseguir o bien, para instaurar gobiernos «totalitarios».

En este escenario, es donde a partir de 1974 cuando comienza la tercer ola democratizadora; diversos acontecimientos, algunos planeados, otros fortuitos y de distintas naturalezas, nos dice Huntington, es donde comienza a observarse un auge por la democratización de sistemas que ya habían experimentado de este modelo, o bien por aquellos en los que nunca habían contado con esa experiencia. En parte, por el debilitamiento de la capacidad de los gobiernos no democráticos de actuar frente a las exigencias de cambio en el orden político internacional, o bien, por el estancamiento en el desarrollo económico y, en algunos otros casos, por la muerte de los dictadores en turno.

En cualquier caso, explicar por qué, cómo y cuándo ocurren, así como plantear un escenario a futuro es el propósito del autor, en el que habrá de concentrar sus esfuerzos analíticos y, lo hace, a partir de una documentación periodística, diplomática y académica a través de la cuál responde a estas preguntas.

Las paradojas de la democracia

Por paradójico que nos resulte, de acuerdo con el análisis de Huntington, la tercer ola democratizadora comenzó en Portugal en abril de 1974, por el golpe militar que el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), asestó al régimen del dictador Marcello Caetano. En el argumento del autor, cuando las condiciones para la transformación de un régimen están dadas y, de acuerdo con una frase atribuida a Winston Churchill, «no basta con hacer lo mejor posible; en ocasiones, hay que hacer lo necesario». Por ello, mientras la intención de instaurar instituciones y valores democráticos prevalezca, paradojas como la del caso de Portugal son válidas e, ilustran, la tendencia del «cambio natural» hacia la democratización.

Explicar por qué y cómo ocurren las transiciones, reemplazos y transformaciones democratizantes, muestra el interés del autor en ir más allá de un desarrollo teórico e histórico; en este punto, como él mismo lo reconoce en el prefacio del libro, irrumpe su rol como consejero y asesor político, cargo que ha desempeñado en varias administraciones federales en los Estados Unidos. El paso hacia la democracia no sólo es un cambio natural de los sistemas políticos; es, además, el escenario necesario para preservar el liderazgo norteamericano en el sistema internacional.

Por qué ocurren los movimientos democratizadores y se expanden en distintas regiones del orbe, en más de un caso se deben por la influencia de un acontecimiento único. La muerte de un dictador como Franco en España, la desintegración de la Unión Soviética, crisis económica y derrotas militares externas como la de Grecia y Argentina. Es decir, de manera especial, más no única, la tercera ola es una respuesta al entorno cambiante de las transformaciones económicas, tecnológicas, industriales y generacionales al interior de los países no democráticos.

La evidencia que muestra el autor, muestra que el cambio puede ser por un remplazo, una transición o bien, por una transformación. El caso de Portugal es ilustrativo del remplazo, es decir, de manera directa y sin concesiones, el golpe militar destituye una dictadura y favorece la instauración de un gobierno civil, con vocación y valores democráticos. La transición, como en el caso de España que, luego de la muerte de Franco, el Rey Juan Carlos, como jefe de estado, convoca a una asamblea constitucional con el propósito de crear un nuevo orden. En ello, la interacción entre reformistas y extremistas es crucial. El triunfo de los primeros, habrá de facilitar la instauración de un sistema democrático, mientras el segundo, los radicales o extremistas, conducirán hacia un sistema no democrático. Brasil a partir de 1973, da muestra de lo que podemos entender como una transformación; un cambio asistido por el régimen mismo, en colaboración de agentes y actores que, en otro momento, fueron parte del sistema y cuya función es la de convencer y conciliar al régimen, así como a los grupos disidentes, de la necesidad de una auténtica democratización.

Huntington, ofrece una serie de «guías» para democratizadores. En ellas, sintetiza paso a paso lo que la experiencia empírica ha mostrado en los países que han participado de la tercer ola. Estas guías, dan cuenta de 1) cómo reformar los sistemas autoritarios; 2) derrocar a los regímenes autoritarios; 3) cómo negociar el cambio de régimen; 4) cómo tratar los crímenes de los gobiernos autoritarios y 5) contener el poder militar y promover el profesionalismo militar.

El análisis y valoración de variables que el autor expone sobre el por qué y el cómo de la tercer ola, en muchos sentidos erudito, muestra, por una parte, su preocupación por replicar las experiencias exitosas y evitar los fracasos en los procesos democráticos. Sin embargo, en la «utilidad» de los factores subjetivos, el argumento entra en una contradicción importante.

La legitimidad, es un concepto primordial y recurrente en la exposición de sus ideas; pero, al abordar la descripción sobre el declive de los gobiernos no democráticos, que él enuncia como El declive de la legitimidad y el dilema del desempeño, comienza de la siguiente manera: «El de legitimidad es un concepto difuso que los analistas políticos deben evitar» (Huntington, 1994, p. 54); con ello, confiere un grado de incertidumbre a la posibilidad de utilizar a la legitimidad como recurso para el cambio, reemplazo, transición o transformación, mientras que, en la segunda guía para democratizadores, en lo concerniente a derrocar a los regímenes autoritarios, sugiere: «(1) Centrar la atención sobre la ilegitimidad o dudosa legitimidad del régimen autoritario […]» (Huntington, 1994, p. 141). La contradicción recae en el grado de cientificidad que el análisis político pretende para explicar los acontecimientos políticos y más, en aquellos que parten de datos empíricos por encima de los principios teóricos, mientras que, por otra parte, invita a utilizar la ambigüedad que encierra ese concepto para, de alguna manera, movilizar a sectores de la población en contra de determinado gobierno no democrático. Desde nuestra percepción, fuera de esta objeción, encontramos en la exposición del autor un argumento sólido sobre lo que él considera como transición, casi, natural hacia la democracia. Además, y en este punto su trabajo adquiere más interés, analiza los problemas a los que han de enfrentarse la nuevas democracias.

Sobre ello, la capacidad de los nuevos líderes, aunado a la preexistencia de valores e instituciones democráticas en sus respectivos países, habrá de ser un factor importante para la preservación de ese modelo. De forma concreta señala: «parece muy probable que el hecho de que la democracia se tambalee o se mantenga dependerá principalmente de hasta qué punto los líderes políticos quieran mantenerla, y estén dispuestos a pagar los costos de esta actitud en vez de dar prioridad a otros objetivos» (Huntington, 1994, p. 250). Una manera distinta de actuar más allá de lo posible, si no de hacer lo necesario.

Conclusión

 Sobre los posibles escenarios de nuevos procesos democratizadores, ya sea en continuidad de la tercer ola, o bien, en nuevo memento, como el mismo lo califica, habla de especulaciones. Comienza por retomar su concepto de contraola, desde 1974 hasta el momento en que publica por primera vez su libro (1991), la tercer ola democratizadora no había sido confrontada con un proceso inverso, por el contrario. El desmoronamiento del bloque soviético y las revoluciones de colores en las ex repúblicas soviéticas, planteaban un escenario de expansión del proceso democratizador. El éxito o el fracaso de estos esfuerzos, derivará de las condiciones económicas y el papel que estos países logren en el sistema internacional; además, la «calidad» de la democracias, reflejada en el diseño e implementación de políticas a todo nivel, también jugarán un papel importante.

La degradación de los valores democráticos, puede, en muchos aspectos, ocasionar la implosión de nuevos eventos políticos y vueltas a sistemas no democráticos. Empero, la visión del autor es optimista, mientras las condiciones económicas permitan, cada vez más la inclusión y sostenimiento de las clases medias, justo como ocurrió en las olas precedentes, esta tercer ola, nos dice, la democracias seguirá bañando las costas de las dictaduras, concluye, aceptando la improbabilidad de conducir linealmente el cambio social, pero —nos dice— los líderes pueden hacer que se mueva.

* Sobre Huntington, Samuel P. (1994). La tercera ola. La democratización a fines del siglo XX. Barcelona, Paidós.

Referencias:

Arendt, H. (2004). Sobre la revolución. Madrid: Alianza Editorial.

Huntington, S. P. (1994). La tercera ola: la democratización a finales del siglo XX. Barcelona: Ediciones Paidós.

Lacy, D. (1969). El significado de la Revolución Norteamericana. Buenos Aires: Troquel.

El liberalismo

Desde la casa de citas evocamos al filósofo, pensador y humanista italiano Antonio Gramsci, para entender el enredo macroeconómico en el que el mundo occidental se ha metido.

el laissez-faire también es una forma de “regulación” estatal, introducida y mantenida por medios legislativos y coercitivos. Es una política deliberada, consciente de sus propios fines, y no la expresión espontánea y automática de los hechos económicos. Consecuentemente, el liberalismo del laissez-faire es un programa político

Antonio Gramsci


Uno más de los proyectos de tesis que le rechazaron a Elena Jordán

Casi veinte años tuvieron que pasar para que la Universidad de Guadalajara se reivindicara, y mostrara a Jalisco y al país, que es más que un grupo de porros armados, que es posible contar con una institución de educación superior pública, capaz, con cobertura y calidad académica; hoy, parece que los porros volvieron por sus fueros.

Taibo II, casi veinte años atrás, nos ofrece una visión peculiar de las universidades y sus fantasmas.

Hace algunos años, se decía que el perro que se encontraba tendido al sol frente a la puerta del edificio Carolino, sede central de la Universidad Autónoma de Puebla, traía un collar en el que se podía leer claramente, “célula Rosa Luxemburgo, al corriente de sus cotizaciones”. De no haber aceptado el collar, muy probablemente el perro habría tenido que ir a tomar el sol a otra parte.

Un conocido escritor mexicano relataba en la prensa (La Jornada, 16 de abril 1988 ) que él había leído a Engels en 1966 clandestinamente; con El papel del trabajo en la transformación del hombre en mono forrado con periódico, mientras que ahora se lo daban de texto en la secundaria a su hija. Y que esto le preocupaba. No porque el marxismo en nuestra sociedad hubiera adquirido derecho de circulación legal, sino porque se había convertido en algo que leer para pasar una materia.

Entre los alumnos de Ciencias Políticas de la UNAM es conocida la anécdota que cuenta cómo en las convocatorias a las grandes manifestaciones electricistas del 72, un militante se topó con la respuesta del profesor Veranza, que le decía que él no pensaba asistir, argumentando que alguien que había leído El Capital a los veintiún años y lo había estudiado concienzudamente, no podía ir a exponer su cabeza a los garrotazos de los granaderos. Por cierto que el profesor Veranza se lesionó el cráneo meses más tarde, al caerse mientras estaba pedo, a la puerta del bar Kukú.

En la Facultad de Comercio de la Universidad Autónoma de Sinaloa hay dos cursos de marxismo que llevan los nombres de “materialismo histórico uno y dos”, un curso de filosofía marxista, dos cursos de historia social, un curso de “problemas nacionales”, y dos cursos de economía política marxista. Sin embargo, una encuesta realizada por Liberato Terán en 1984 (UAS, “Comportamientos políticos comparativos de los egresados. Una muestra”.) señala que los egresados de la escuela al incorporarse a la vida profesional siguen exactamente las mismas pautas y comportamientos políticos promedio que seguían en 1972, antes de que se implantaran esas materias. Es más, en palabras del propio Terán, “éstos cabrones cada vez son más reaccionarios”.

Anécdotas como éstas llenarían doscientas páginas, y son solamente un botón de muestra de un fenómeno ampliamente extendido en el país, la aparición de un marxismo universitario, de corte primitivista, que se ha funcionalizado en la sociedad académica mexicana y que se encuentra ligado a mecanismos de promoción laboral, ascenso social en la pirámide universitaria, calificación formal que permite pasar una materia, deprimente obligación del estudiante.

La pretensión de esta investigación es realizar una muestra específica de este anecdotario y organizarlo, respondiendo a la extendida y habitual pregunta del “¿para qué?”. A través de una investigación exhaustiva, se pretende analizar la presencia de este marxismo de cocina retórica y ver sus funciones en varios planos, a saber:

El manejo de la filosofía marxista en la despiadada guerra académica mexicana. ¿Si has leído a Althuser qué tantas posibilidades tienes de ser jefe de departamento? ¿Si citas frecuentemente a Lukács, y publicas un artículo incompresible en una revista de la facultad, cuántos puntos escalafonarios obtienes y qué tantos pesos al mes significan en tu salario? ¿Qué posibilidades extras de integración en el PRI, en un cargo de mediano nivel, te concede el haber tomado cinco cursos sobre El Capital en la ENEP Acatlán?

Por un camino como éste, conocido por los retóricos como de “reducción a simple realidad”, se trataría de mostrar la funcionalidad real del marxismo neandertal y su hermano mayor el marxismo académico, conocido también como el marxbisnes. Algunas de las investigaciones sugeridas son las siguientes:

a) ¿Cuántas veces se repiten las palabras “adecuación”, “superestructura”, “sobredeterminación”, “alienación” y “ciencia” en el programa de “Introducción al pensamiento de Marx” que se da en la Escuela Nacional de Trabajo Social?

b) ¿Quién chingaos inventó y divulgó, y con qué insanas intenciones, el concepto “trabajo teórico”?

c) ¿Cuántos de los estudiantes de materialismo histórico uno y dos de la Escuela de Economía del IPN han llevado más de un kilo de frijoles a una huelga obrera en humilde acto solidario?

d) ¿Qué incidencia de casos de maltrato a menores (vulgarmente apaleamiento de hijos) se presenta entre los profesores de materialismo histórico, y si ésta es superior al común en el gremio docente de enseñanza superior?

e) ¿Cuántos agentes policiacos adscritos a la Secretaría de Gobernación, cuyo trabajo se haya hecho público, pasaron con calificaciones superiores a B el curso sobre apreciación política del pensamiento de Hegel que da la Facultad de Filosofía de la Universidad de Guadalajara?

f) ¿Qué incidencia existe entre los ganadores de la lotería o los pronósticos deportivos y los que han llevado en el CCH materialismo dialéctico?

La primera fase de la investigación llevaría a completar un centenar de preguntas tipo, similares a las anteriormente enunciadas y, a través de una investigación directa y encuestas grupales, obtener respuestas.

Elena Jordán

Copilco, septiembre 88

PD. Conociendo los anteriores resultados de mis propuestas de tesis, la firmante suplica al hh tribunal que en caso de rechazar ésta, no se tome más de una semana y no dos meses como en el caso anterior. Gracias de antemano.