La palabra con «d»

Adversus populus

 

I

Si hubiera un pueblo de dioses –escribía hace más de dos siglos Jean Jacques Rousseau­– la palabra con «d» sería su forma de gobierno. Pero no creía conveniente que los seres humanos intentáramos regirnos bajo un sistema tan perfecto. Sin embargo, la palabra con «d» constituye la base del pensamiento político moderno y; a partir de entonces, no ha habido ideología política que no la incluya entre los valores que diga defender o representar.

Visiblemente entusiasmado por su viaje al interior de los Estados Unidos de Norteamérica, Alexis de Tocqueville escribió una de las obras fundacionales de la sociología y de la ciencia política contemporáneas. En donde analiza cómo es que la palabra con «d» ocurre con «naturalidad» entre los ciudadanos, organizaciones e instituciones en los primeros años de aquel país y por qué el mundo civilizado debía seguir su ejemplo. Poco después, en el contexto revolucionario de la Europa decimonónica, Karl Marx y Friedrich Engels proporcionaron a los proletarios del mundo un manual de lucha en el que categóricamente hablaban de la palabra con «d» como uno de los objetivos que la revolución proletaria internacional debía alcanzar. Pero no solo liberales y comunistas han reivindicado a la palabra con «d» entre sus valores, hacia finales del siglo XIX el pensamiento político conservador, aquel que encontrara su sustancia en la obra de Edmund Burke, también habría de incluir la palabra con «d» entre el repertorio de ideas por las que emplazaba su propio horizonte utópico.

II

En México, personajes académicos e intelectuales como José Revueltas, Pablo González Casanova, Roger Bartra, Octavio Paz, Enrique Krauze y Jorge Alonso, por citar a algunos que, a mi entender, han logrado influir en el debate político nacional, sobre la palabra con «d» han dicho que es bárbara, pero que es posible, que se encuentra ausente, aunque es absoluta pero a su vez relativa, que no lleva adjetivos o que ha sido vulnerada. Incluso, la Iglesia católica en nuestro país, una vez concluido el periodo que conocemos como el modus vivendi, se pronunciaba sobre este tema para exigir la abolición de las leyes antirreligiosas que aún seguían vigentes. En todos ellos subyace un discurso por la legitimidad de las instituciones políticas, económicas, sociales y culturales que los mexicanos nos hemos dado a partir del establecimiento del moderno Estado-nación, de aquel al que dio lugar la Revolución mexicana, como requisito necesario e inequívoco para que la palabra con «d» ocurra con «naturalidad» entre los mexicanos, y esto nos conduzca a mejores condiciones de bienestar.

De los tiempos del sistema autoritario, que se vio obligado a la apertura por la presión que desde la oficialidad o la clandestinidad ejercieron los movimientos sociales en el país, hasta llegar a la supuesta transición que significó el triunfo de la oposición electoral en el año 2000; al día de hoy, la palabra con «d» ha sido constreñida a un formalismo administrativo y esto, en cualquiera de las definiciones que le queramos dar, la ha vuelto una palabra estéril. Esto se debe, en parte, al hecho de haber confinado a la palabra con «d» al ámbito de las instituciones. Porque, hay que decirlo, uno de los mayores obstáculos para que la palabra con «d» vuelva a gozar de algún lugar entre los anhelos de la sociedad mexicana en su conjunto, es el uso que de las instituciones ha hecho la clase política en México, que las han vuelto sus feudos personales e instrumentos de control y dominación tanto burocrática como de fuerza. Quizá, en su estado actual, nuestras instituciones son insalvables.

III

Resulta encomiable que los movimientos indígenas hayan sido los primeros en darse cuenta de la decadencia de las instituciones que dan forma al Estado moderno. Es por ello que al interior de los territorios o de los espacios en los que han constituido sus autonomías, podamos hablar de democracia. Las instituciones que comunidades indígenas y campesinas dentro y fuera de México se han dado en los últimos cuarenta años, cumplen con las necesidades para las que han sido creadas, no constituyen formas de dominación sino de representación y, de igual forma, esas mismas instituciones articulan sus formas de resistencia al embate que, desde el exterior, el aparato de estado acomete en su contra. Entre sus formas de resistencia, el movimiento indígena en México, que bien representa el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, no ha buscado el diálogo con las élites que monopolizan al aparato de estado y sus instituciones; en su búsqueda, el zapatismo ha intentado comunicarse con la sociedad civil organizada y movilizada, con la que comparten la necesidad de establecer nuevas formas de relaciones sociales, democráticas.

Corresponde a nosotros, miembros de la sociedad civil en México, debatir sobre las formas de participación y representación política venideras, quizá al margen de las actualmente existentes. Pero no por ello, debemos mantener una actitud de indiferencia a lo que ocurre en la arena de lo electoral, en donde la palabra con «d» debe ser resignificada. Un primer paso es recuperar experiencias, comprender en qué momento las luchas populares, locales e inmediatas a nosotros, fueron desarticuladas y si esto ocurrió por haber incursionado en la insurgencia o en la competencia electoral. Hay que pensar más allá del 2018, pero con una estrategia que, en ese año, nos permita evitar que las elecciones sean un festín para los cerdos. Con la consumación de la serie de reformas que la actual administración federal impulsó, el gobierno de Peña Nieto ha cumplido su objetivo, el de desmantelar el estado de bienestar en México. Lo que sigue, es el empleo de la fuerza en contra de cualquier expresión que cuestione los privilegios que la clase política está obteniendo de ello.

En algún lugar se ha dicho que la posibilidad de hablar de una falta de democracia es la prueba de su existencia. Habría que poner a prueba ese supuesto y, a través de las urnas y de las calles, presentar nuestras demandas y hacer saber a la clase política y a las élites en México que, la nuestra, es una sociedad agraviada.

IV

Además, al igual que el poeta Javier Sicilia, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui, cancelar definitivamente la construcción de la presa El Zapotillo y exhumar e identificar los cuerpos de las fosas de Tetelcingo.

Críticas, comentarios y sugerencias de sinónimos de democracia a v4l3nc14@gmail.com

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El contrato social en México*

una aproximación desde el pensamiento de Rousseau

La prosperidad de esta república vecina ha sido y está siendo el disparador de nuestras Américas, porque no se ha ponderado bastante la inmensa distancia que media entre ellos y nosotros. (…) Federarnos nosotros estando unidos, es dividirnos, y atraernos los males que ellos procuraron remediar con esa federación

Fray Servando Teresa de Mier, Profecía política

En una entrevista que el presidente Felipe Calderón concedió al periodista Javier Moreno, publicada en el diario El país el 27 de marzo de 2011, se le preguntó si «¿Existe alguna posibilidad de que México acabe siendo un Estado fallido?»; en su respuesta, el presidente aludió a los acontecimientos del mundo árabe, en particular, al derrocamiento de Hosni Mubarak en Egipto y señaló: «Yo veo ahora el mundo y pregunto dónde están los que dijeron que México era un Estado fallido». En su definición, un Estado fallido se caracteriza por un fracaso social, político y económico, por tener un gobierno débil o ineficaz. Desde la óptica del titular del poder ejecutivo en México, éste no cabe en esa definición, las instituciones económicas, sociales y políticas no se encuentran subordinadas a grupos o a individuos ajenos a los poderes legalmente instituidos, el estado de derecho existe en todo el territorio nacional. Ante ello, nominalmente, se cumple una de las características que Rousseau plantea para la existencia de un pacto social. Donde: «Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la dirección suprema de la voluntad general, y recibimos además a cada miembro como parte indivisible del todo». Este acto en sí da origen a «un cuerpo moral y colectivo»; el cual recibe el nombre de república, cuerpo político o estado. Quienes participan de esa asociación, reciben de forma colectiva el nombre de pueblo y en lo particular el de ciudadano. La existencia de hecho, de estas características, implican el respeto y reconocimiento a la «voluntad general», en este caso, representada por las leyes y códigos que los mexicanos nos hemos dado; no hacerlo, es atentar contra nuestros propios intereses y debemos ser obligados a respetar. Si esto es así ¿cuáles son las causas, por las cuales, el tráfico, el robo, la extorsión, el secuestro, el asesinato y, en general, todas las expresiones que desprecian la vida de ese cuerpo, del soberano, se han convertido en una forma y estilo de vida en nuestro país?, ¿goza el Estado mexicano de autoridad suficiente para enfrentar este fenómeno?, ¿el pacto social que dio origen a nuestra sociedad continúa vigente? O bien, por el contrario, ¿es necesario la reformulación del mismo?, ¿quiénes y cómo han de responderlo?.
En su argumento, Rousseau expone que las formas de gobierno, sean democracias, aristocracias y monarquías, son producto de las condiciones específicas de cada pueblo y de la manera que éste organiza y da forma al soberano, el cual parte la voluntad general. En su origen, el estado mexicano hubo de definir la forma de gobierno, bajo la cual se conduciría luego de la guerra de independencia con España. Por un momento de su historia, tornó en imperio, después, los magistrados de los que El contrato social habla, debatieron sobre la adopción de un gobierno central o del establecimiento de una federación de estados. Esta última prevaleció y continúa hasta la fecha, con la excepción del periodo de Maximiliano de Habsburgo. Con ello, México ingresó a la modernidad y mostró a Europa ser una sociedad civilizada, libre, en apego a la definición del término que la obra ofrece sobre el estado civil; «(…) la adquisición del estado civil la libertad moral, lo único que hace al hombre auténticamente dueño de sí; pues el impulso sólo del apetito es esclavitud, y la obediencia a la ley que se ha prescrito es la libertad.»
En diferentes momentos de su historia, la sociedad mexicana se ha visto en la necesidad de reafirmar y suscribirse contractualmente al soberano y la forma que sus magistrados conciben. Nos referimos al desenlace de las distintas guerras civiles internas e intervenciones militares de otros países. ¿Es válida esta afirmación?, ¿la suma de voluntades, por determinación propia, es la generadora del estado mexicano?, o, por lo contrario, ¿el estado mexicano es producto de la voluntad personal de quienes, por poseer riqueza y poder, logran sus objetivos a costa de la masa y no del pueblo del que habla Rousseau?. «Tan pronto como el servicio público deja de ser la cuestión principal para los ciudadanos y éstos prefieren servir con su dinero antes que su persona, el Estado se encuentra ya cerca de su ruina. (…) En cuanto alguien dice de los asuntos del Estado:‘¿A mí qué me importa?’, hay que considerar que el Estado está perdido». Esto, en cuánto a quién abandona su libertad ¿qué ocurre con los estados donde todos sus habitantes no poseen el estatus de ciudadano, aquellos quienes no pierden nada, pues nada han aportado al soberano?. En términos del contrato, ¿todos los habitantes de México han sido y son ciudadanos?
Las distintas revoluciones y conflictos políticos sucedidos en México, encontraron en la promulgación de leyes las bases para dar respuesta a las exigencias de su origen. Los representantes, al existir en nuestro país el cuerpo legislativo, fueron los depositarios de salvaguardar el interés del pueblo; encontramos que en estos procesos, ha existido la voluntad general de donde mana el soberano, pero la adopción de la figura de representantes, como lo describe Rousseau, ha significado un distanciamiento del pueblo con el gobierno, no con el soberano, sino con el gobierno.

Finalmente, cuando el Estado, cerca de su ruina, no subsiste más que de una forma ilusoria e inútil, cuando el vínculo social se ha roto en todos los corazones, cuando el más vil interés se ampara descaradamente en el sagrado nombre del bien público, entonces la voluntad general enmudece y todos, guiados por motivos secretos, no opinan ya como ciudadanos, como si nunca hubiera existido el Estado, y se hace pasar falsamente bajo el nombre de ley decretos inicuos que no tienen otro fin que el interés particular.

Compartimos la idea del autor, donde afirma que pese a un escenario como el arriba descrito, la voluntad general no sucumbe. Ésta es constante en el pueblo mexicano, muestra de ello han sido las respuestas y las reacciones a los distintos episodios trágicos que desastres naturales han ocasionado: terremotos, inundaciones, sequías, afrontados en la mayoría de las veces por el pueblo, mucho antes que la acción organizada por el gobierno. Las prácticas que atentan contra el estado civil en México, no deben ser aprobadas o justificadas bajo ninguna circunstancia. Éstas, son muestra del grado de descomposición por el que atraviesa el gobierno que faculta el soberano, son un reflejo de lo que en la práctica sucede con el ejercicio del poder público, cuando prevalece la voluntad particular por encima de la voluntad general.
«¿Existe alguna posibilidad de que México acabe siendo un Estado fallido?» La respuesta a la que llegamos, comparte la visión oficial, la del presidente, el Estado, entendido como el cuerpo moral y político que la suma de la voluntad general crea por el simple hecho de existir, existe y mantiene la cohesión de nosotros como ciudadanos y es lo que ha evitado que todo el país sucumba a la barbarie. La pregunta, en ese sentido, está mal planteada; proponemos formularla de la siguiente manera: ¿Existe alguna posibilidad de que México siga teniendo un gobierno fallido?. El gobierno actual, en su aparato orgánico, entra en el marco de la legalidad que él mismo se ha dado, en detrimento del pueblo que dice beneficiar. Pero, la legitimidad por la cuál sus ciudadanos debemos aceptar la libertad que el contrato social otorga, está perdida. La legalidad, por encima de la legitimidad es un aspecto que debe ser ponderado y resuelto de manera tal que el gobierno instituido, goce de plenitud y sea lo que la sociedad espera de él. Dadas las circunstancias bajo las cuales el actual representante del poder ejecutivo en México asumió la toma del poder político en 2006, de forma legal, más no legítima, ha tenido un impacto cuyo alcance es aún incierto, pero sus efectos, hasta ahora, han costado la vida a miles de ciudadanos y con ello, alimenta sentimientos que nos alejan del estado civil.
En esta primera aproximación, encontramos que la violencia plantea una encrucijada, la recuperación del imperio de la voluntad general a fuerza de la acción de sus ciudadanos, o la radicalización de la violencia, proporcional a la que ejerce el gobierno para mantener el control del Estado. Éste, al ser producto en su devenir histórico, de la voluntad general de permanecer organizados, «divididos» como lo apuntaba el fraile dominico Teresa de Mier, en una federación, nos da pauta para preservarlo:

La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder publico dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.**

*Reflexión sobre «El contrato social». En: Rousseau, Jean-Jacques, El contrato social, Madrid, España, Edimat libros.

**Artículo 39. Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Título Segundo, Capítulo I De la Soberanía Nacional y de la Forma de Gobierno.

Rousseau en Wall Street*

El «buen salvaje» como arquetipo de los «indignados»

 Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío

Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

En diferentes plazas públicas de ciudades como Buenos Aires, Francfort, Los Ángeles, Madrid, Ciudad de México, Nueva York, París, Roma, Santiago de Chile, São Paulo, Sidney, Tokio, Washington, entre otras, miles de personas se han congregado (algunas por horas, otras han decidido acampar y permanecer en ellas), con la intensión de protestar contra los bancos y los políticos, a los que acusan de provocar la crisis de la economía global y condenar a millones de personas al desempleo y la pobreza. Estas manifestaciones, fueron realizadas de manera simultánea el 15 de octubre de 2011 y, tienen como referente inmediato las acontecidas el 15 de mayo de 2011 (15-M) en Barcelona y Madrid, España. Autonombrados como «indignados», mujeres y hombres, niños, jóvenes, adultos y ancianos reclaman un cambio de sistema profundo. Que la democracia actual no funciona. Que precisa de una revisión urgente. Destaca el hecho que las ciudades donde se registran estas congregaciones, son de países de primer mundo y de economías emergentes; es decir, aquellas que participan de forma directa en el sistema financiero internacional, representado por la actividad bursátil en Wall Street. La desigualdad llama a sus puertas; ésta, se torna visible y se presenta como elemento común en el discurso y como causa de estas movilizaciones.

Como tal, la desigualdad no es un fenómeno exclusivo de la posmodernidad; ésta, ha estado presente en diferentes momentos de la historia de las sociedades humanas. Sin embargo, el alcance que hoy en día ha logrado, ha llegado a sectores de población hasta entonces «ajenos» a la exclusión, que la acumulación de capital a gran escala ocasiona. Jean-Jacques Rousseau, avizoró el impacto que la desigualdad ocasionaría en el naciente sistema mundo y, en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, nos legó una herramienta para entender la coyuntura contemporánea. Por ello, partimos de los acontecimientos actuales, para aproximarnos al discurso. El «buen salvaje» de Rousseau, se muestra como arquetipo de los «indignados» y su relación con la desigualdad. La Real Academia Española define «arquetipo», en una de sus acepciones, como: «Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad».

En su discurso, Rousseau concibe dos tipos de desigualdad: «una, que llamamos natural o física (…) y que consiste en la diferencia de edades, salud, fuerza corporal y de las cualidades del espíritu o del alma». El ser humano, previo a su organización en sociedades complejas, en su estado «natural» ninguna importancia brinda al trabajo, la familia o a su rol como individuo. Su existencia se orienta a la satisfacción de sus necesidades biológicas; por tanto, su supervivencia depende de sus cualidades físicas para cazar o ser cazado, para reproducirse o adaptarse a las transformaciones de su entorno. A diferencia de Hobbes –quien afirma que en su naturaleza el hombre es el lobo del hombre (homo homini lupus)–, Rousseau sostiene que el hombre «salvaje» carece de nociones como el odio, la envidia, el crimen, la autoridad y, por tanto, obra de manera que su propio bien es el bien de sus semejantes. A esta condición nos referimos cuando hablamos de «buen salvaje». El otro tipo de desigualdad es la «moral o política (…). Esta consiste en los diferentes privilegios de los que algunos gozan en prejuicio de los otros, como ser más ricos, más honorables, más poderosos que ellos o incluso capaces de hacerse obedecer». La organización del hombre en sociedad, en su origen y devenir histórico, se ha sustentado en la familia, el trabajo y la propiedad. Esta última, es el objeto del filósofo y a la cuál atribuye la causa de la desigualdad:

El primero al que, habiendo cercado un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró gente lo bastante simple como para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que, desenterrando los postes o rellenando el foso, hubiese gritado a sus semejantes: guardaos de escuchar a este impostor! ¡Estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie!

Del concepto de propiedad derivan el de pobreza y riqueza. Ser lo uno o lo otro, sólo es posible en sociedad; y no en función de las cualidades que en estado salvaje distinguían a los hombres. Ser pobre o rico depende del trabajo, de su escala e impacto en la vida organizada. En su origen, la sociedad logró el equilibrio entre el trabajo, la domesticación de animales, de las semillas y la vivienda. Cuando la fuerza o la astucia sustituyeron al trabajo individual, como proveedor de estas necesidades adquiridas, apareció la guerra, la esclavitud, la servidumbre. Es entonces cuando el hombre se siente despojado, se vuelve más fuerte su necesidad de vivir en sociedad, para resistir el embate de quienes pretender arrebatar sus bienes o bien, arrebatar los de otros. El autor, para ilustrar su idea evoca a John Locke: no podría haber injuria, allí donde no hay propiedad. Sin nombrarla como tal, Rousseau habla de una división social del trabajo, los hombres adquieren roles y posiciones; se da y se recibe estatus. Si tenemos un príncipe, es para que nos preserve de tener un amo.

Hasta este punto, hemos tratado de esbozar la idea central de Rousseau en su discurso; pero, ¿qué relación guarda –si es que la tiene– el «buen salvaje», anterior al surgimiento de la propiedad y disperso en las diferentes regiones del mundo, con los «indignados» de la llamada aldea global? Para dar respuesta, atendemos la pregunta que nuestro autor se plantea para describir la necesidad del gobierno de la vida en sociedad:

(…) ¿para qué han nombrado a hombres superiores sino para defenderlos contra la opresión y proteger sus bienes, sus libertades y sus vidas, que son por así decir, los elementos constitutivos de su ser?

(…) Las diversas formas de gobierno toman su origen de las diferencias más o menos grandes que se encuentran entre los particulares en el momento de la institución. (…) El tiempo verificó cuál de estas formas era la más beneficiosa para los hombres. Unos permanecieron sometidos únicamente a las leyes, otros obedecieron rápidamente a los amos.

Al igual que las primeras sociedades y formas de gobierno arriba descritas, los «indignados» y en general, quienes nos encontramos inmersos en la lógica del mundo occidentalizado, global, atravesamos una época de definición. En su momento, en el tránsito del estado natural al de la vida en sociedad, el «buen salvaje» adquirió una moral política, en la que sus necesidades biológicas trascendieron el orden natural y, para su satisfacción, fue necesario instituir la propiedad. La «libertad» fue entendida como el derecho de poseer o despojar a otros de bienes; cuyo monopolio y acumulación generan riqueza, la cual ocasiona la desigualdad. Esto definió las formas y tipos de organización política: democracias y monarquías por ejemplo. Los ciudadanos o súbditos, por voluntad o por la fuerza, suscribieron el establecimiento de la ley y del derecho, por acción u omisión definieron el cause de la institución de la vida en sociedad. El estado de rico y pobre, el de poderoso y débil y el de amo y esclavo ilustran los extremos de la desigualdad. En su acción ¿qué es lo que demandan los «indignados»? Dicen aborrecer la desigualdad. Observemos a quién dirigen sus demandas y, con ellas, qué valores reivindican.

Las movilizaciones, arremeten contra la clase política y financiera, a ellas también presentan sus  demandas: trabajo, educación, vivienda y no por que éstas, en algún momento, hayan sido bienes al alcance de los habitantes del orbe entero. En sus exigencias, al igual que otros movimientos de excluidos en diferentes momentos de la historia, los «indignados» rechazan el rumbo que el sistema político y económico toma. Al ser ciudadanos o habitantes de los países donde la propiedad y el acceso a bienes se encontraba garantizado por el Estado, rehusan la probabilidad de convertirse ellos mismos en excluidos. Exigen a su respectiva clase gobernante, reafirmar el pacto que da sentido a su existencia, garantizar a sus habitantes la «libertad» de poseer. Bajo la lógica del discurso, toda acción que vaya encaminada a preservar la propiedad, por definición, perpetúa la desigualdad. Es aquí donde encontramos la equivalencia entre el «buen salvaje» y los «indignados», lo que están dispuestos a ceder y lo que obtendrán de ello, habrá de definir el rumbo de la sociedad occidental. Rousseau, concluye diciendo que la desigualdad, al no ser parte del estado natural del hombre, sólo el espíritu de la sociedad y de lo que ella nace, es el que habrá de caracterizar su forma de organización y de gobierno. El consenso o la indiferencia permitieron la desigualdad; y la desigualdad tiene límites. Éstos, al ser alcanzados se expanden y trastocan la vida de cada vez más sociedades y entornos. ¿Cuál es el alcance de la ambición que genera la desigualdad entre los hombres? La misma que su voluntad permite, la misma que su sistema de organización económica, política y social exige para prevalecer frente a otros.

Tal es, en efecto, la verdadera causa de todas aquellas diferencias: el salvaje vive en sí mismo, el hombre sociable, siempre fuera de sí, no hace más que vivir en la opinión de los demás y, por así decir, únicamente del juicio ajeno toma el sentimiento de su propia existencia.

Si el movimiento de «indignados» no toma conciencia del alcance de su protesta, se corre el peligro de que la indignación termine evaporándose. El sistema económico imperante, ha reencontrado en las sociedades que le dieron origen nuevos «salvajes» qué civilizar; y esto, en verdad, es un problema tuyo y mío.

*Reflexión sobre «Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres». En: Rousseau, Jean-Jacques, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Buenos Aires, Argentina, Prometeo libros.