Pez abisal (La emergencia de nuestra condición humana)

Mucho hay de extraordinario en la condición humana, más aún en las maneras que se expresa. Borges, por ejemplo, encontró en el libro una extensión de la mente y la imaginación, expresión máxima de lo que puede concebirse como humano. Así, las artes plásticas, la danza, la música, pero también el trabajo, el comercio, la artesanía, en fin; todo aquello que, por sencillo o sofisticado, sublime o grotesco, artístico o mundano se nos muestre, llamamos cultura.

En nuestra posmodernidad, el arte ha adquirido una propiedad de la que ya alguna vez el filósofo y sociólogo alemán Walter Benjamin, en la primera mitad del siglo XX, advirtió: «hoy la preponderancia absoluta de su valor de exposición le asigna funciones enteramente nuevas, entre las cuales bien podría ocurrir que aquella que es para nosotros la más vigente —la función artística— llegue a ser accesoria» (Benjamin, 2003). El efecto de la «intervención» que Cecilia Giménez realizó a la pieza Ecce Homo, pintada hace un siglo por Elías García Martínez y resguardada en una iglesia de la comunidad zaragozana de Borja, España, ha venido a corroborar tan peculiar sentencia, el arte ha perdido el valor de culto que originalmente le envestía y, ahora también el artístico.

¿Es así? ¿La cultura de masas erigida en el siglo XX ha culminado con el proceso civilizatorio; al menos de la manera en que filósofos como José Ortega y Gasset (2005) lo entendieron? ¿No es —incluso— el nihilismo una expresión más de lo humano? En este ensayo, exploramos la implicación del arte en la constitución del mundo contemporáneo, al menos del que somos conscientes e intentamos conocer. Creemos en la importancia del arte y la función que cumple a escala societal e individual, pero a un nivel mercantil, aquello que hoy se nos presenta con valor artístico, ¿lo es en sí? O bien, ¿lo es por el escaparate en que se nos muestra?

Hacia finales de la década de los años noventa del siglo XX, la expansión del capital a escala global, a decir de la inclusión de los países y regiones otrora bajo el dominio del paradigma económico-político de la Unión Soviética, en una economía de mercado, fue definida como «globalización». En ello, ocurrió una gran crisis en el plano ideológico, político y, desde luego, económico. Sin embargo, el mayor cambio se aprecia en las manifestaciones culturales, artísticas de las sociedades periféricas, es decir, aquellas que no participan en la toma de decisiones sobre su papel en este nuevo orden global.

Presenciamos, sin saberlo quizá, un cambio de época. El legado de la modernidad, nos conduce hacia un nuevo estadío de la sociedad, justificado en el conocimiento y el dominio del entorno. Según Maurice Blanchard, «todo el pensamiento moderno, desde Descartes hasta Hegel y Nietzsche, es una exaltación del poder, un esfuerzo para hacer el mundo, concluirlo y dominarlo. El hombre es una gran potencia soberana a la medida del Universo, y, merced al desarrollo de la ciencia, al conocimiento de los recursos desconocidos que posee, es capaz de hacer todo y de hacer el todo» (Hsun, Lu, 2011). El poeta francés no se equivocó en su juicio sobre la búsqueda de poder, sin embargo, en lo concerniente a la cualidad del hombre o, en este caso el sujeto (aquel que su condición social, política y económica no le permite discernir cuestiones de esta índole); es decir, el hombre de nuestro tiempo ¿es tal potencia soberana?

La modernidad, un proyecto incompleto de Jürgen Habermas (1998), tiene como tesis central la interrupción del proyecto histórico de la Ilustración, tal como fue descrita por Condorcet y otros filósofos del siglo XVIII. La modernidad, desde el punto de vista cultural, distingue de la razón tres esferas autónomas: ciencia, moral y arte. Estas esferas específicas de saber, reemplazaron a las visiones unificadas de la religión y de la metafísica, hecho que posibilitó entonces la institucionalización del discurso científico, de las teorías morales, de la jurisprudencia, y de la producción y crítica de arte.

Para Habermas, la Gran Guerra y la segunda Guerra Mundial, la crisis ambiental y, en general, todos los acontecimientos que echaron por tierra los supuestos de que la Ilustración dotó a la modernidad, parecieran hechos incuestionables de su fracaso y, por tanto, evidencia de la urgencia por desarrollar un proyecto alternativo. Para este autor, empero, las ideas ilustradas bien merecen ser revaloradas. Sin embargo, no es nuestro propósito abonar a este debate, baste sólo señalar que en el plano histórico (¡de un proyecto histórico!), nos encontramos ante un problema de definición, tan complejo como el cúmulo de conocimientos logrados en los últimos años. Poca ciencia aparta, mucha nos devuelve.

La historia, nos muestra que en todo cambio de época, se aloja una fuerza transformadora, hay quienes la llaman revolucionaria, para otros, desde el punto de vista de la significación, le llaman iconoclasta. En la película Batman de 1989, dirigida por Tim Burton, el Guasón irrumpe en el museo de Ciudad Gótica y destruye obras como Lección de anatomía de Rembrandt, El niño azul de Thomas Gainsborough, Ballerine alla barra de Edgar Degas, el retrato inconcluso que Gilbert Stuart realizaba para George Washington, entre otras. Sin embargo, hay una que merece su compasión —dice: «I kind of like this once. Leave it». Se trata de Figura con carne de Francis Bacon. Personalmente, comparto la idea de la necesidad de un movimiento iconoclasta, capaz de cimbrar las buenas conciencias, ¿quién será el desquiciado que lo haga y cuáles son sus valores?

Con todo la anterior, no afirmamos o sugerimos que exista un arte bueno o malo, por el contrario, lo que afirmamos es que el arte tiene un valor en sí, que el espectador es quien se encarga de significarlo y, en ello, radica su trascendencia. Nuestro argumento, si hasta ahora no hemos logrado hacerlo patente, radica en la influencia que el entorno tiene sobre la capacidad del ser humano de interpretar, de sublimarse, de crear. El joven Marx, en su Contribución a la crítica de la economía política, afirmaba: «No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad, por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia». La «realidad» en la que ahora vivimos es polisémica, pero no de una manera inscrita a la los valores de la razón, si no en un sentido fragmentado, desasociado, anómico en la definición que Durkheim (1999) confirió al término.

Tal condición ha derivado en una multiplicidad de identidades, cada una con sus propios códigos y reivindicaciones, lo cual, ratifica la cualidad de lo humano. Pero desde un enfoque común, colectivo, todas estas manifestaciones sólo son aglutinadas por la escala comercial de aquello que las nutre, o bien, por su anhelo de ser. Nos referimos a que en términos prácticos, la adhesión a un determinado conjunto de valores, implica la negación de otros. Pareciera que, en nuestros tiempos, el único valor universal que la razón ha logrado instituir es la individualización.

Nos encontramos ante un sistema que, basado en valores «universales», nos invita a crear, a desarrollar nuestra capacidad, sea en el campo que sea; al final, si todo sale bien, si se es capaz de sublimar a un público, cualquiera, vendrán los grandes tirajes editoriales, los conciertos multitudinarios y la producción de álbums discográficos, la publicación de catálogos e inauguración de exposiciones en las más prestigiosas galerías, entiéndase las dedicadas a la comercialización. Porque, al final, ¿qué otro propósito encuentras?

No es nuestra intención ser fatalistas, aunque nos sobran casandras. Es el arte, el ámbito de la razón que mejor ha resistido los embates de la torcida modernidad en que hoy coexistimos. O, acaso, ¿no han sido las manifestaciones artísticas ferozmente reprimidas por distintos regimenes a lo ancho del orbe? ¿No son el teatro, la danza, la música una constante en los diversos eventos de protesta en las afueras de Wall Street, la Catedral de Cristo Redentor en Moscú, en las Favelas de Río de Janeiro, la Cibeles en Madrid o en distintas capitales en México? Hace algunos años, durante la cátedra de filosofía latinoamericana que recibí del maestro Eduardo Quintana, comprendí que es el arte el último rescoldo de lo humano, lo último que puede ser reprimido, porque el arte, como el caos, se vitaliza así mismo.

Sobre el Pez abisal. Es una litografía de 1977, creada por Rubén Díaz Barriga Orozco. En ella, se aprecia un pez abisal, de trazos firmes y en un entorno ambiguo, como las profundidades en donde esta especie habita. Ese abismo, de donde los evolucionistas suponen inició la vida, al igual que los principios teológicos de los creacionistas, representa la inmensidad de nuestro desconocimiento sobre nuestro propio origen, causa y fin. Sea por obra y gracia divina o la cualidad de organismos unicelulares, en ese trabajo, aprecio la esencia del debate sobre nosotros mismos, al final, el saber más aceptado, la tesis más creíble, es, para nosotros, un acto de voluntad, de negar toda razón por la fe, o por el contrario, afianzar la fe por obra de la razón.

En ese abismo nos encontramos, a la espera de emerger de nuestra propia condición humana, para ser, finalmente, sólo humanos.

________________________________________________

Bibliografía:

Baudrillard, J., Crimp, D., Foster, H., y Habermas, J. (1998). La Posmodernidad. Barcelona: Kairós.
Benjamín, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. México, D.F.: Itaca.
Diario El País.
Durkheim, É. (1999). La división del trabajo social. México: Colofón.
Hsun, Lu. (2011) Diario de un loco. México: CONACULTA.
Marx, K. (1970). Contribución a la crítica de la economía política. Madrid, Comunicación.
Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Madrid: Espasa Calpe.

 

Anuncios

La modernidad, el estado y la Iglesia

Continuidad y ruptura

Es un cristiano; algo muy raro en los países católicos

Ernest Hemingway, Por quién doblan las campanas

Introducción

Entre otros datos, los resultados del Censo de Población y Vivienda 2010, indican que en la última década la Iglesia Católica perdió terreno en todos los estados del país. Destaca el caso de Quintana Roo (el estado más significativo), donde los fieles pasaron de conformar el 73.2% de la población estatal, a sólo 64.6%. En Jalisco (entidad donde la variación ha sido menor), durante 2010 el 92% de la población es católica; en el censo de 1990 el porcentaje era del 96.5%. Este hecho, bien vale una reflexión sobre sus causas y sus implicaciones; y, con ello, evitar caer en la trampa de los estamentos, el integrismo, la xenofobia y el fascismo que varias organizaciones religiosas, seculares y laicas, aún predican y defienden. El orden estamental, en términos weberianos, significa una organización social de acuerdo con el “honor” y un modo de vivir según las normas estamentales.

La idea de que profesar la religión católica es una condicionante en la construcción de identidad en el mexicano, es ampliamente difundida y afirmada, explicita e implícitamente por algunas figuras públicas como actores, músicos, políticos y en general, aquellos a quienes el statu quo significa un beneficio cultural, económico, moral, político y social. Para una sociedad cuya población sigue siendo mayoritariamente católica (el 83.9%), comprender y aceptar las razones por las que miles de mexicanos han optado convertirse a otras religiones,  se vuelve una necesidad y una obligación ante la construcción de un país democrático. En el corto, mediano y largo plazo, habrá cada vez más mexicanos que no conocerán el dilema de optar por una u otra religión, sino que serán concebidos y educados en un credo distinto al que inicialmente recibieron sus padres, para ellos, y para los futuros católicos la convivencia, el respeto y el reconocimiento mutuo debe ser un valor en el ámbito de lo cotidiano y no una concesión lograda a punta de consensos inmediatistas o negociables en la arena de lo electoral.

Para los estudiosos del derecho, vinculados por su actividad profesional o académica a los Poderes de la Unión y, por ende, al aparato burocrático de ahí emanado, la discusión puede presentarse como anacrónica. Legalmente tienen razón. La promulgación de las Leyes de Reforma significó el cese definitivo de toda injerencia de la Iglesia Católica en los asuntos de Estado. Los reformadores del siglo XIX mexicano, concibieron al Estado como una entidad independiente, a la política como una realidad sui géneris, a la religión como creencia privada (Meyer, 2004). Sin embargo, por más que creamos en “el imperio” de la ley; persiste la máxima “obedézcase pero no se cumpla”, herencia del México Novohispano. Preservar y ejercer plenamente los beneficios que otorga el estado laico, no concierne exclusivamente al derecho; éste, incluso, puede ser el instrumento por el cuál sea abolido. Los vestigios de civilizaciones anteriores a lo largo del orbe, son muestras fehacientes del dinamismo de las sociedades humanas; de cómo un sistema político, económico o cultural por complejo o estable que parezca, puede ser transformado o desaparecer completamente. La república romana sucumbió ante sí, tornándose en imperio y éste, a su posterior declive y caída. Cómo podríamos negar que el régimen nacionalsocialista alemán, con todas sus atrocidades, fue producto de las condiciones sociales, políticas y económicas de la época y en un marco de derecho. Las selvas del sureste mexicano, aún resguardan celosamente ciudades y centros ceremoniales que los arqueólogos aún no logran descifrar.

El proceso de conversión religiosa de la sociedad mexicana no es una trivialidad; así como el catolicismo sincretizó las creencias y rituales de las sociedades prehispánicas y, con ello, estilos arquitectónicos y gastronomitos por ejemplo, la adopción de nuevos dogmas habrá de tornar en nuevas manifestaciones políticas, económicas y culturales. Aunque marginales en algunos casos, otras creencias comienzan a permear ámbitos de la vida cotidiana, tal es el caso de la Iglesia de la Luz del Mundo o los devotos de la Santa Muerte. En este ensayo, proponemos que la reforma al Artículo 24[1] constitucional busca preservar, de hecho, el estado actual de las cosas, fáctico, en materia religiosa en México, que esta reforma, privilegia la posición de la Iglesia Católica.

La modernidad

Entendemos a la modernidad como el resultado de los procesos políticos posteriores a la Revolución Francesa, y los avances tecnológicos y científicos que la Revolución Industrial en diferentes fases produjo, fuertemente influenciada por la Ilustración. La libertad religiosa constituye un elemento imprescindible para el cumplimiento de las ideas ilustradas. Esta libertad, deriva de la voluntad del ser humano para actuar bajo el árbitro de la razón y, además, en el marco que el Estado permite. Para Kant, el Estado, el gran tutor de la modernidad, se presenta como el garante de la libertad; en él, incluso los clérigos “en su calidad de doctores”, reciben el beneficio de pensar libremente sin verse limitados o cooptados por ningún “deber” u “oficio”. En este sentido, no habrá de temerse a la censura o a censor alguno; ya que sólo aquellas ideas sustentadas en la razón, lograrán un lugar en el pensamiento del género humano. El Estado auténticamente libre, es aquel que puede convidar a sus ciudadanos a ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!. La fuerza de esta invitación, radica en el alcance de las ideas de la ilustración, o bien, en una paradoja: La Iglesia, mantuvo su control sobre los hombres a través de la espada de los príncipes laicos y por el poder de sus ministros para “atar o desatar” sus almas. La fuerza como argumento. Por ello, el Estado necesita de la Ilustración para cumplir su función; o bien, de la fuerza para mantener su control. El curso de las cosas humanas —nos dice Kant— lo encontramos siempre lleno de paradojas.

La Ilustración, se presenta como la oportunidad histórica de construir valores que vayan más allá de ser una “buena” persona, por encima —incluso— de las creencias religiosas. Hablamos de la igualdad que otorga a los seres humanos saberse mutuamente como capaces. En México, la institución eclesial vuelve por sus fueros.

 El estado

Cuando un niño se mira por primera vez en el espejo, piensa que es otra persona. Poco a poco se da cuenta “¡este soy yo!”, y empieza a reflexionar. De este modo adquiere conciencia de sí mismo. Una explicación simple sobre un proceso más complejo en la historia del mundo occidental. Hegel suponía la adquisición de conciencia de esta forma, la interpretación que la ideología marxista dio a este hecho, significó la adopción de un sistema filosófico basado en la cualidad histórica del desarrollo, es decir, aquellas naciones desarrolladas servían como modelo de aquellas que aún no lograban ese paso, pero que tarde o temprano lo lograrían. El carácter universal del espíritu humano, supone al hombre en igualdad de circunstancias, por eso, al vernos reflejados en Europa, en Gran Bretaña específicamente, no vemos a la sociedad anglosajona erigida como la potencia dominante mediante el colonialismo o el militarismo, si no desarrollada, gracias al surgimiento de la actividad industrial y de la abolición de la propiedad territorial por el capital, vemos nuestro propio fin, causa y objetivo, la sociedad desarrollada, plena y ávida de la construcción de una sociedad perfecta.

Sobre esta concepción Immanuel Wallerstein afirma que en el curso de la historia, la modernidad nada tiene que ver con la construcción de condiciones de equidad o acceso al desarrollo, por el contrario, la Revolución Francesa e Industrial, no son síntomas del progreso, fueron las condiciones por las cuales el sistema mundo capitalista, se libró de las estructuras estamentales, arcaicas y adoptó al cambio como “normal”, es decir, el ajuste de las estructuras productivas en función de sus propios intereses, en donde el desarrollo es sólo una consecuencia de los efectos del capital, en su búsqueda de reproducción. La Revolución Francesa, en el hecho, evitó que Francia lograra lo que Gran Bretaña obtuvo con el auge de la actividad industrial y tecnológica. Francia no era menos o más desarrollada que Inglaterra, pero sí logró las bases del estado moderno, con la adopción del cambio como constante en las condiciones políticas para garantizar la acumulación de capital. “El capital se moviliza por una inexorable lógica de generación de ganancias, cualesquiera sean los costos sociales o ambientales que ésta demande. A fin de maximizar las ganancias e incrementar la seguridad de largo plazo el capital viaja por todo el mundo, y es capaz de establecerse prácticamente en cualquier lugar” (Boron, 2002).

Para su consolidación, durante el siglo XX, el estado mexicano debió aglutinar a las principales fuerzas económicas, políticas y militares confrontadas durante la Revolución Mexicana; excluyó y persiguió aquellas que no celebraron el pacto revolucionario, y, para ello, delegó en caudillos y oligarquías locales la tarea de organizar y ejecutar los ideales de la revolución, sea lo que sea que cada uno de ellos entendiera como tales, siempre y cuando se subordinaran al partido de estado. Se presentó como heredero de la modernidad y con ello, buscó concretar lo que la Reforma no había logrado, relegar a la Iglesia al ámbito de los privado. En este proceso, las contradicciones entre lo dicho y lo hecho, es decir, el lugar que legalmente tiene la institución religiosa y la posición que realmente ocupa, nos ha trasladado, súbitamente, al siglo XIX.

 Libertad religiosa

Roberto Blancarte, en un artículo publicado por el grupo editorial Milenio bajo el título de “La contrarreforma religiosa”[2], apunta: “La Cámara de Diputados está a punto de aprobar la más grande contrarreforma religiosa y conservadora de los últimos 150 años. Será una contrarreforma que acabará con el Estado laico tal y como lo conocemos ahora y que dará paso, aunque lo nieguen tanto los actores políticos como los religiosos, a una etapa de reformas que podrían incluir la educación religiosa en las escuelas públicas, la posibilidad para las asociaciones religiosas de poseer y administrar medios electrónicos de comunicación y la abierta participación política y electoral de los ministros de culto. La puerta que se está abriendo es una reforma al artículo 24 de la Constitución, misma que cambiaría los términos de libertad de creencias y de culto por el muy ambiguo y equívoco de ‘libertad religiosa’”. En su reflexión, ubica el debate de la propuesta de reforma en lo que en el siglo XIX se creyó resuelto.

Las distintas revoluciones y conflictos políticos sucedidos en México, encontraron en la promulgación de leyes las bases para dar respuesta a las exigencias de su origen. Los representantes, al existir en nuestro país el cuerpo legislativo, fueron los depositarios de salvaguardar el interés del pueblo; el cual debía de ser independiente, autónomo. Sin embargo, ahora nos encontramos ante la necesidad de definir, nuevamente, una posición ante ello. Nos encontramos en lo que Pierre Vilar define como coyuntura: fases con características específicas, más o menos largas; en esas coyunturas lo fundamental es la interacción de los factores: causas y consecuencias se enlazan, se cruzan, se condicionan mutuamente, de modo que, una vez han sido sustituidas por otras, aún resulta complejo saber el papel que cada elemento ha jugado en ella (Vilar, 1969).

Al momento de escribir este ensayo, nos encontramos inmersos en un cúmulo de información entorno al proceso postelectoral de 2012 en el que, a nivel federal, se ha decidido sobre el nuevo presidente República, diputados federales y senadores. En algunas entidades del país (dieciséis), la elección de 2012 renovó congresos locales, ayuntamientos y, en Chiapas, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Tabasco y Yucatán a gobernador, así como al jefe de gobierno del Distrito Federal. La mayoría de notas, crónicas, boletines, reportajes, entrevistas y artículos de opinión en radio, prensa, televisión e Internet que hemos tenido oportunidad de consultar, abundan en las características y perfiles de los candidatos ganadores de los distintos cargos de elección popular; otros se refieren a las condiciones adversas en las que habrán de realizarse las promesas de campaña: clientelismo, coerción, crisis, narcotráfico, violencia, y un largo etcétera; los menos a la necesidad de presentar un “proyecto” que en el corto, mediano y largo plazo atenúe la creciente desigualdad y permita al país, de manera incluyente, lograr una estabilidad en todos los ámbitos en que esta es necesaria, prácticamente todos: desarrollo, educación, empleo, ingreso, justicia, producción, salud, seguridad, vivienda, entre otros.

Nada hemos encontrado sobre el estado social en México; tal pareciera que la prensa mexicana, por su relación con el régimen político, se enfoca exclusivamente en éste y poco interés muestra en la relación entre sociedad, estado e individuos. Alexis de Tocqueville señala que “para conocer la legislación y las costumbres de un pueblo es necesario comenzar por estudiar su estado social”, este es producto de un hecho, a veces de las leyes y frecuentemente de ambos unidos. Otro autor clásico de la ciencia política, Jean-Jacques Rousseau nos dice que “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la dirección suprema de la voluntad general, y recibimos además a cada miembro como parte indivisible del todo”; es decir, poco conocemos a través de los medios de comunicación sobre el sentido y significado del ciudadano, el individuo o el actor respecto a la coyuntura por la que atraviesa el país.

Hasta cierto punto, este hecho es comprensible. ¿Por qué habría de interesar a los medios de comunicación indagar sobre un concepto decimonónico? El país existe, por tanto ¿para qué andar sobre lo ya transitado? ¿No es, acaso, tema para la academia? Por supuesto. Sin embargo, el distanciamiento que existe entre el conocimiento construido desde las ciencias sociales con los saberes formados desde opinión pública, es muy poco deseable. La base social a partir de la cual se diseñan políticas sociales o económicas y el efecto de estas en la sociedad, nos llegan a través de los medios de comunicación y, sus características parecen sólo existir en la mente de los candidatos o en la agenda de sus partidos, muestra de ello es su desconocimiento sobre el costo del transporte en el DF o el monto del salario mínimo y, en general, de las necesidades de los individuos en la vida cotidiana. En este sentido, poca relación tiene la sociedad mexicana con el estado mexicano y el sistema a través del cual se reproduce; esto, de alguna manera, alienta a la formación de grupos y organizaciones que en busca de satisfacer aspectos o demandas específicas, en el marco de la ley o fuera de ella, en ocasiones, tornan en movimientos sociales.


[1] El 15 de diciembre de 2011, se presentó en la Cámara de Diputados una iniciativa de reforma al artículo 24 de la Constitución en materia de libertad religiosa. La reforma ya ha sido aprobada por el LXI Legislatura del Congreso de la Unión, y se encuentra en revisión por parte de la Cámara de Senadores.

[2] Blancarte, Roberto, “La contrarreforma religiosa”, Milenio, 2011-12-13.