Políticamente incorrecto

Adversus populus 19

I

Entre la sinfonía de voces (que más pareciera un escándalo), que se pronuncian a favor de votar y las que invitan a no hacerlo, me inclino por lo segundo.

Diré por qué, ciertamente, pero antes tengan a bien hacerme una concesión. Esta consiste en aceptar como premisa que todas las personas, absolutamente todas, pensamos y por tanto actuamos políticamente: Piensa y actúa políticamente el franelero que resiste a los inspectores de reglamentos que intentan retirarlo o reubicarlo, ya sea porque de ello dependa alimentar a su familia o poder tomarse unas «chelas» al final de la jornada. Piensa y actúa políticamente el automovilista que se dice a favor de que el franelero sea retirado o reubicado, ya sea porque defienda el espacio público agandallado por el franelero o porque diga simplemente que no debe estar allí. Piensa y actúa políticamente el ciclista urbano que se enfrenta al automovilista que invade las vías, muy pinches por cierto, que se han dispuesto para la movilidad alternativa, si es que las hay siquiera. Piensan y actúan políticamente los editores de una revista digital, que teniendo los recursos para ofrecer una edición impresa de sus contenidos deciden no hacerlo.

De esto se desprende que la nuestra, como muchas otras, es una sociedad politizada. De tal forma que, en esta dinámica es prácticamente imposible sostener una posición, por decirlo de alguna manera, congruente. Es decir, no hay quién tenga una forma de pensar y actuar políticamente «pura», pasamos todo el tiempo de posiciones liberales humanistas a democráticas populares, pasando por posturas más bien conservadoras, por no decir mochas, hasta llegar a otras francamente autoritarias.

Pero si ustedes, amables lectores, creen que esto no es así, que conocen a alguien, o conocen a alguien que conoce a alguien, o alguna o alguno de ustedes piensa y actúa congruentemente con un núcleo de ideas o valores, que llamaremos aquí con el genérico de «ideología», entonces no pierdan su tiempo, pasen a otras lecturas y ubíquense, a gusto personal, entre las bestias salvajes o los dioses de algún olimpo.

II

«Pensar» políticamente los problemas actuales, resultará tan útil para ésta y para las siguientes generaciones como lo ha sido para nosotros saber si los ángeles son o no seres sexuales, o si Eva o Adán tenían ombligo.

Se debe señalar, y quiero ser enfático en esto, que cuando hablo de nuestro modo de pensar y actuar no lo hago desde un aspecto cognitivo, no hablo de problemas de tipo psicológico o filosófico, que parten de la experiencia individual. Por el contrario, defiendo la idea de que nuestras formas de pensamiento diferenciadas provienen de una construcción socio-histórica, que más o menos comenzó hace 200 años, pongan ustedes la fecha: 1776, año de la revolución norteamericana; 1789, año de la revolución francesa; 1795, año de la insurrección e independencia de esclavos negros en Haití; 1810 ó 1821, años en los que aún no nos hemos puesto de acuerdo en señalar como de la Independencia de México.

Cualquier fecha es válida si nos ayuda a establecer el origen del pensamiento político moderno. El pensamiento político moderno, sea cual sea su aliento ideológico, parte de la pretensión de que es posible conducir el curso de la historia, señalar el camino que como sociedad hemos de seguir, emplazado por un horizonte utópico.

Pero resulta que la innovación del pensamiento político moderno, respecto a las formas de pensamiento anteriores, no fue resultado de «pensar» políticamente la «realidad». En ello confluyeron varios factores, como los cambios en aspectos productivos y tecnológicos fundamentalmente. Estos cambios condujeron a la formulación de preguntas sobre sus antecedentes, implicaciones y las visibles transformaciones que acarreaban. Alguien, muy lúcido, propuso que «no es la conciencia de los hombres la que determina la realidad, por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia»; sí, tienen razón, se trataba del buen amigo Carlos, Carlos Marx.

Esta idea ha logrado trascender en el tiempo no por obstinación, ni por añoranzas de marxistas trasnochados, sino que ha dejado de ser una idea abstracta para erigirse como una respuesta concreta a un fenómeno social, como lo es el cambio en las estructuras de la sociedad. Sin pretender reducir el planteamiento, ni mucho menos desprenderlo de todo su contenido o limitaciones, me limitaré a señalar que existe una clara relación entre la economía y la política; de toda forma que cualquier transformación que pretendamos hacer de nuestra realidad social, no sólo derivará de pensar políticamente la realidad, sino que se sostendrá de nuestra capacidad de transformar la manera en la que socialmente producimos la riqueza y, más aún, de cómo la distribuiremos.

 

III

En algún momento, durante la administración federal del alcohólico de Felipe Calderón (afirmación que no discutiré aquí), se nos invitó a participar en el concurso «El trámite más inútil». Aunque la merecida ganadora fue una derechohabiente del IMSS, hay quien dijo que el trámite más inútil es el voto, hoy en día no podría estar más de acuerdo.

Ningún gobernador, diputado federal o local, presidente municipal, regidor o quien sea, tiene la facultad o la atribución de decidir en política económica, y mucho menos en el tipo de economía política que como país nos define ante el sistema económico internacional. Quien diga que, de votar por ella o por él, mejorará tu situación económica, que las tortillas no faltarán en la mesa, que tendrás un mejor empleo o que resolverá la pobreza, habla para no decir nada.

La Constitución política no brinda ningún margen de acción para que algún «representante popular» decida en economía. Todo político en México actúa en los márgenes que le proporciona la política económica nacional. Que aunque es política de Estado, el Estado mexicano no gobierna; podría, si nuestros representantes así lo quisieran. Obviamente se discute y acuerda en el idílico mundo del trabajo legislativo, ¿quiénes?, claro está que los «representantes populares», pero resulta que éstos no deciden en base a una voluntad popular.

Se me dirá que por esta misma razón es importante «ciudadanizar» la política, de tal forma que el voto es fundamental, que todo avance o retroceso en este tema es propio de la democracia, de sus tiempos. Pero, lo que no nos detenemos a contemplar, es que así como la «democracia» en México ha dado lugar a la participación de candidatos como Pedro Kumamoto, de quien sólo puedo expresar respeto y admiración, ni aún así votaría por él. Esto, en total desconfianza a las bondades de la «democracia» mexicana, que también ha dado lugar a la participación de candidatos como el ciudadano Guillermo Cienfuegos, «el payaso Lagrimita», a quien no le guardo respeto alguno, ni mucho menos a los artífices de su campaña y sus defensores, entre quienes cuento, desde luego, con sus justas excepciones, a los funcionarios del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

IV

En tanto, lo que debiéramos aprestarnos a discutir no es el sentido de nuestro voto, o si se debiera anular. Cualquier cambio que nos propongamos realizar tiene que ver con discusiones que se nos han dicho superadas. ¿Quién, quiénes y por qué decidieron que ya no se valía discutir la base de la propiedad privada? ¿Por qué un tema como este sólo se discute en foros especializados, a los que asistimos con el propósito de recabar evidencia de nuestra «productividad académica»? ¿De verdad resulta tan aberrante o herético hoy en día discutir si la riqueza es una construcción social y que por tanto su distribución no debe ser por un principio de propiedad privada? ¿Cuándo comenzaremos a discutir, democráticamente, el sentido de lo que producimos?

Aunque todo lo dicho sólo es una forma de pensar y, quizá, de actuar políticamente incorrecto.

Críticas, comentarios y donaciones de cualquier ejemplar de la Contribución a la crítica de la economía política a v4l3nc14@gmail.com

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Macbeth y los Movimientos Sociales

Si aceptamos el hecho que, durante los últimos treinta años del siglo XX y la primer década del siglo XXI, los distintos ámbitos de la sociedad —producción, trabajo, distribución, desarrollo, consumo, roles, género, familia, empleo, entre otras— se han visto transformados por efecto del avance y uso de las nuevas tecnologías. ¿Aceptamos con ello una transformación de la condición humana? Es decir. ¿La subjetividad que caracteriza al sujeto o al individuo también se ha transformado y, con ello, somos seres sociales, cognoscentes distintos? ¿Más racionales? Pensemos, por ejemplo, en las comedias o tragedias clásicas o shakesperianas. ¿Habría diferencia si Ajax hubiera tornado en cólera por no obtener el rifle y la pistola de Aquiles, en lugar de su espada y escudo? ¿Hoy en día es impensable un magnicidio como el cometido por Macbeth? Dejemos la literatura y volvamos al mundo de lo social.

En los albores del siglo XIX una serie de acontecimientos inauguraron la modernidad. En ella, o la par de ella, como en nuestros días, se desarrollaron nuevas tecnologías producto del azar (las más novedosas), o por el conocimiento científico cada vez más recurrente por la organización de academias y universidades al interior del moderno estado nación, y que compartieron, como en nuestros días, escenarios de pugnas por el control de éste. En este escenario, la observación y estudio de estos hechos, por interés ideológico o académico, dio origen a la sociología y las ciencias sociales en general. De los primeros estudios que nuestra disciplina considera como clásicos, hasta nuestros días, algo hemos aprendido sobre las revoluciones. Que éstas ocurren por la acción de sectores o grupos de la sociedad, que se encaminan hacia la toma del espacio público, que éste radica en el Estado Nación y que éste existe en función del devenir histórico de las sociedades que lo integran, respecto así mismas y respecto a otras sociedades y estados nacionales. Manuel Castells nos ofrece una definición de movimiento social: “las acciones colectivas conscientes cuyo impacto, tanto en caso de una victoria como de derrota, transforma los valores y las instituciones de la sociedad” (Castell, 2000, p. 25).

Observar a los grupos volcados a la toma o transformación del espacio público, y los acontecimientos derivados de ello, ha enriquecido ampliamente a las ciencias sociales y, desde nuestra perspectiva, continuará haciéndolo en la medida que nuevos enfoques y nuevas formas de acción social, por efecto o a través de nuevas tecnologías, irrumpan en nuestras sociedades. Para ello, el sentido de la acción de la movilización constituye un elemento fundamental para entender la causa que origina un movimiento social. Entendemos por sentido la siguiente definición: “La identificación simbólica que realiza un actor social del objetivo de su acción”; y en ella se construye identidad: “La construcción de identidades utiliza materiales de la historia, la geografía, la biología, las instituciones productivas y reproductivas, la memoria colectiva y las fantasías personales, los aparatos de poder y las revelaciones religiosas” (Castell, 2000, pp. 29–34). Sin embargo, poca atención hemos brindado a la organización de estas experiencias. Los pensadores decimonónicos buscaron en las ideologías y en el desarrollo las causas de las movilizaciones; encontraron en la “conciencia” y en la “racionalidad” explicaciones sobre el sentido de las protestas sociales. Durante el siglo XX, concedimos a nuestro análisis la flexibilidad de incluir la “subjetividad” de los sujetos involucrados en las protestas, incluimos las “funciones” y “significados”, la “memoria” que en lo individual o en lo colectivo se guarda de la acción; pero, contamos con poca información sobre la manera en que se organiza y ejerce la protesta, sea a niveles locales, regionales o nacionales.

¿Qué ocurre con un movimiento social una vez que el Estado se transforma? ¿Puede un movimiento social trascender el ámbito de la movilización, para permanecer, como una fuerza ideológica capaz de revitalizarse a sí misma? ¿Qué relación guarda la institucionalización de un movimiento social con la base social que lo forma?

El resultado electoral de 2000 en México, mostró la capacidad de los movimientos sociales y el efecto de éstos en la evolución de un sistema político, de cómo los movimientos convierten sus estrategias de movilización y, con ello, cambian ellos mismos. Para políticos y analistas del “nuevo régimen”, y descrita en el Plan Nacional de Desarrollo (PND 2001-2006), inauguró la “transición política”. Entendida como la conclusión del periodo hegemónico que, desde 1929 ejercía el Partido Revolucionario Institucional (PRI) como partido de estado, frente a la coalición que encabezó el Partido Acción Nacional (PAN) junto con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Esta transición supone la alianza de fuerzas de oposición, políticas y sociales, en busca de la concreción de un “nuevo régimen”: “El cambio se inició en niveles locales y regionales con la alternancia en los cargos de elección popular en municipios y en las entidades federativas, así como con frecuentes situaciones de gobierno sin mayoría en diversos estados” (México. Poder Ejecutivo Federal., 2001, p. 33).

En el discurso, el “nuevo régimen” postula la reivindicación de las luchas sociales sucedidas durante los 71 años que el PRI gobernó al país, el cambio iniciado “en niveles locales y regionales” alude a los primeros logros que electoralmente logró el PAN, como si éste hubiese sido la única experiencia de movilización social partidista opositora. Las exigencias de igualdad, inclusión y participación en el diseño y toma de decisiones del Estado mexicano, no han sido exclusivamente partidistas. Otras organizaciones, de izquierda y de derecha, desde la clandestinidad o a la luz pública, participaron en la transformación del sistema político. Algunas de ellas continúan en la actualidad y otras han dejado de existir. Consideramos que la “transición política”, fue posible sólo gracias a la disposición del régimen a transformarse, influido por la acción de individuos y grupos en diferentes momentos de la historia del país, no de un solo grupo o partido. Como señala Soledad Loaeza “el PAN sobrevivió al periodo autoritario porque no presentaba ninguna amenaza al PRI ni al Estado” (Mainwaring & Scully, 2010, p. 269). Por tanto, el análisis del PAN, por sí solo, no describe la relación entre individuos, sociedad civil y estado. Antonio Gramsci, en su estudio sobre la historia de las clases subalternas, sostiene que “la unidad histórica, por su concreción, es el resultado de las relaciones orgánicas entre Estado o sociedad política y ‹sociedad civil’” (Gramsci & David, 2008, p. 35); con ello, sugiere que todo esfuerzo por comprender y analizar el cambio en las sociedades, es necesario hacerlo a partir del resultado de esas relaciones; en el contexto de su obra, todo cambio en la sociedad, se lograba exclusivamente a partir de la toma del poder político, “la unidad histórica” es el estado y su historia está entrelazada a la historia de las clases dirigentes, las clases subalternas, por definición, no están unificadas y no pueden unificarse mientras no puedan devenir en “Estado”, convertirse en dirigentes.

El “nuevo régimen” ha significado la irrupción de nuevos movimientos sociales y el resurgimiento de otros que se creían agotados. En ello, la relación entre Estado e Iglesia ha adquirido especial notoriedad, por la influencia que ésta última ha logrado en ámbitos del espacio público. Como Fernando Calderón apunta: “El adversario, el blanco de la propuesta cívica, es el Estado, en cuanto administrador y garante del equipamiento colectivo” (Calderón Gutiérrez, 1995, p. 53); es, por tanto, a través del Estado que la Iglesia Católica en México ha recuperado espacios perdidos durante el siglo XX y, en buena medida, muchas de las protestas actuales (a favor o en contra) son efecto de este hecho.

¿Cómo se articula la relación entre el sistema de participación política y un movimiento social?

Desde la década de los setenta del siglo XX, se comenzó a observar aspectos que, poco o ningún interés, había mostrado la investigación sobre las protestas y movimientos sociales. La observación empírica, mostró la conjunción de varios elementos para la realización de la protesta social y la activación de movimientos sociales. Estos son las oportunidades políticas, las estructuras de movilización y, un aspecto aún menos estudiado, los procesos enmarcadores. Diether Rucht propone que: “Las formas de protesta son influenciadas, mas no determinadas por las estructuras de movilización. Solamente un análisis más amplio que, entre otras cosas, también tome en cuenta las oportunidades políticas, tiene ocasión de proporcionar una explicación más satisfactoria de la evolución de formas y de tácticas de grupos de protesta” (Dieter Rucht, s. f.). Este mismo autor, observa que: “Comparado a la riqueza de información relativa a acontecimientos de protesta, los datos sobre la organización de la protesta son escasos” (Dieter Rucht, s. f.).

Desde este paradigma teórico, podemos comprender las causas por las que los movimientos sociales se forman, adquieren capacidad de negociación y cómo en otros momentos la pierden. Nos enfocamos en los cambios de la estructura institucional y en las relaciones informales de poder de un sistema político, puesto que, se concibe a los movimientos sociales como “un conjunto de opiniones y creencias en una población que representa preferencias para cambiar algunos elementos de la estructura social y/o la distribución de recompensas en una sociedad” (McCarthy y Zald, 1977).

Desde la óptica de las Oportunidades Políticas y todo el paradigma teórico del que se desprende, podemos comprender las causas por las que los movimientos sociales adquieren capacidad de negociación y cómo en otros momentos la pierden. Esta teoría apunta hacia los cambios en la estructura institucional y en las relaciones informales de poder de un sistema político (McAdam, McCarthy, Zald, & Chaparro, 1999, pp. 71–99).

En suma. Suponemos que el estado actual de la sociedad y el estado mexicano se encuentran en un momento de crisis, que esta comienza a partir de la Reforma Política de 1977 y no con las elecciones del año 2000. Proponemos que la estrategia del “nuevo régimen”, basada en un sistema de representación partidista y de instituciones políticas, no ha sido suficiente para lograr la inclusión de todos los ámbitos de sentido y significado para la vida en sociedad en México, ahí la continuidad de movimientos sociales.

Los movimientos y las protestas sociales no sólo persiguen cambios revolucionarios, también ocurren en función de aspectos muy específicos de su realidad, lo que nos lleva a suponer que éstos no pueden ser entendidos desde perspectivas exclusivamente clasistas, étnicas, comunicativas o culturales. Sobre esta cuestión, Castells considera: “La construcción de sujetos, en el núcleo del proceso de cambio social, toma un camino diferente al de la modernidad y modernidad tardía ‹los sujetos, cuando se construyen, ya no lo hacen basándose en las sociedades civiles, que están en proceso de desintegración, sino como una prolongación de la resistencia comunal’”. Por tanto, se requiere de un modelo teórico capaz de explicar no sólo las causas y los efectos de la movilización; además, es necesario contar con las herramientas conceptuales, aplicadas a situaciones empíricas, que den cuenta de su instrumentación y alcances en la evolución de su entorno y de éstos (los movimientos) respecto a la estructura con la que antagonizan.

Macbeth, en su subjetividad atendió a las “hermanas fatídicas” para cometer un crimen y erigirse como Rey, con ello crea una guerra civil. Para derrocarlo, Malcom no sólo requirió de la acción individual y conjunta de todos sus soldados en lo bélico, requirió, además, trasladar el bosque de Birnam completo. ¿Cómo formó, adiestró, trasladó, alimentó, organizó e instruyó a su ejército? Shakespeare no nos lo dice.

Responder a este tipo de cuestiones es cuando podremos ofrecer alguna contribución novedosa a nuestra disciplina.

Supuesto hipotético I

(Nueva York, Londres, Madrid, Tel Aviv están en la sala)

Nueva York:

¿Estamos preparados? Los mercados internacionales cada vez están más integrados, son más interdependientes unos de otros…

Tel Aviv:

Lo estamos, la pregunta es si los demás lo están, las posibilidades de expansión son infinitas, Asia es un mercado virgen, ávido de mercancías y servicios que nosotros podemos proveer o crear las necesidades de ellos…

Madrid:

Sin embargo los regímenes islámicos repelen todo intento de vinculación con nosotros, el mundo occidental; por otra parte, los países que ya se encuentran en nuestra área de influencia, están transitando periodos de cambio y ajustes estructurales cuyos modelos políticos y de representación son frágiles e inciertos…

Londres:

México, por ejemplo…

Tel Aviv:

¿Qué con México?

(Beijín ha entrado a la sala)

Nueva York:

Efectivamente, México está afrontando un proceso post electoral aún incierto y aunque hasta ahora se han recurrido a las instancias legales para dirimir todas las irregularidades, debemos seguir atentos a nuestros intereses en ese país, de continuar el panorama actual con el candidato oficial, no veo ningún problema. Las instancias de seguridad interna del estado son leales al régimen y si la oposición comprueba la coerción del voto, compra y amenaza, considero prudente declararnos a favor de la legalidad y cubrir nuestra participación económica en la campaña…

Londres:

Mejor no hablemos de números, hay demasiados curiosos e interesados en nuestras inversiones. Pensemos mejor en los posibles escenarios, ¿qué pasaría si la oposición logra reivindicarse?

Beijín:

Dejemos que las inercias pierdan su fuerza natural, torpe sería involucrarnos ahora, primero comamos y luego veremos quién lava los platos…

Tel Aviv:

Además, México ha participado, celebrado y firmado acuerdos comerciales que no puede desconocer, claro está que con el Presidente Calderón los acuerdos son inamovibles, y el sr. López necesitaría más de seis años para lograr siquiera limitaciones no arancelarias a la próxima apertura de su mercado en el 2008, con un poder legislativo de oposición para él…

Madrid:

Es fácil para ti decirlo, mientras tanto nosotros participamos con más de un 80% de la banca mexicana, situación que no deja de inquietarnos ya que su moneda ha caído frente a la divisa americana y la bolsa de valores ha reportado fuertes caídas. Mejor hubiera sido no dar pie a las especulaciones y haber logrado una votación contundente y no vernos en esta situación…

Nueva York:

Comparto esa última reflexión, matizar el resultado de la elección presentándola como reñida fue contraproducente pero…

(Beijín ha abandonado la sala)

(Caracas ha entrado a la sala)

Nueva York:

…sea quién sea el nuevo líder de ese país llamado México, debe de entender y reconocer nuestro liderazgo; quien crea lo contrario, le haremos ver su error…

(Caracas ha abandonado la sala)

Londres:

El mundo ha cambiado en los últimos años, nosotros lo hemos cambiado y construido a nuestro modo; no estamos en los principios del siglo XX en donde nuestras diferencias permitieron la implosión de guerras civiles y nacionales en las colonias y países subdesarrollados; no hay, además, nuevas utopías u horizontes que perseguir, no tenemos diferencias entre nosotros y las mentes de los niños son nuestras, traicionarían en nuestro nombre…

Tel Aviv:

La libertad nos asiste, la libertad económica es la única y verdadera. Quien quiera sobrevivir lo hará bajo nuestras reglas, los pobres no cuentan, como tampoco las minorías sexuales, étnicas o culturales, el mundo es uno y nosotros somos el mundo. ¡Prevaleceremos!

Publicado originalmente en la revista cultural independiente

Mientras pasa la tarde año III, Num 18,  Julio de 2006