Sexta saboreada de mezcales tradicionales, Zapotitlán 2015. «Chacolo»

En la región sur del estado de Jalisco, colindante con la zona norte del estado de Colima, custodiada por los volcanes «Nevado» y «del Fuego» y la masa montañosa conocida como «el Cerro grande» se encuentra la parcela de Macario Partida. Maestro mezcalero que durante toda su vida se ha dedicado a conservar técnicas tradicionales para la producción de mezcal de agave y, además, lo hace empleando variedades de agaves igualmente tradicionales, muestra de la biodiversidad de la zona. Agaves «telcruz», «cenizo», «limeño», entre otros, son los peculiares nombres con los que se conocen estas plantas en esta región.

La parcela de don Macario está ubicada en el municipio de Zapotitlán de Vadillo, Jalisco, anteriormente conocido como «Chacolo»; el tiempo y el proceso de aculturación han ocasionado que los habitantes desconozcan el significado de esta palabra hoy en día reivindicada con la intención de recuperar, lo más posible, los elementos sincréticos de su identidad.

Les comparto una breve galería gráfica en la que podrán apreciar algunos elementos del proceso que realiza don Macario que, en palabras de el arqueólogo Fer Zozaya, no es otra cosa que tecnología prehispánica, española y filipina que durante 500 años se han conjugado y dado lugar a la bebida, esta sí, nacional por excelencia…. ¡Salud!

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La música de Antonio Gomezanda y Apolonio Moreno a seis cuerdas

Adversus populus (2)

I

El proyecto «Apolonio Moreno y Antonio Gomezanda en guitarra clásica 2012», beneficiado junto con otras 37 propuestas por la Convocatoria CECA Jalisco 2012, presentado por Hugo Acosta (Guadalajara, Jal. 1981), al cumplirse el 15 de octubre de 2013 el plazo para su realización, concluyó satisfactoriamente con la grabación del disco Lagos. Compuesto por 13 piezas que van de la canción ranchera a la polka, pasando por el schottisch y el vals, el disco es muestra de la versatilidad musical de los compositores nacidos en Lagos de Moreno en el siglo antepasado y de talento por parte del músico tapatío.

II

En alguna ocasión pregunté a Hugo Acosta el por qué no se aventuraba a incursionar en la composición de piezas musicales para guitarra, además, claro, de continuar con su trayectoria como intérprete. La respuesta la obtuve de una amplia conversación con él sobre el arte; de cómo el acto de creación, en ciertas circunstancias, requiere trazar senderos claros en el campo de la técnica o la interpretación. «Madurar como músico» —me dijo.

En una época como la nuestra, donde lo inmediato priva sobre el proceso, la utilidad sobre el valor, entender que la creación o innovación, al igual que todos los ámbitos de la vida cotidiana, son producto del trabajo y el esfuerzo diario, es un acto revolucionario. Sólo bajo circunstancias y por personas extraordinarias, la originalidad creativa irrumpe súbita para transformar cánones en el trabajo, la ciencia o el arte. Para deconstruir un concepto, no obsta decir que se ha hecho, requiere, previamente, demostrarlo; haber sido capaz de entenderlo y asimilarlo de la manera más amplia posible, para mostrar sus vacíos y limitaciones; entonces, desde ahí, volver a dotarlo de contenido y significado.

La música puede ser un claro ejemplo. Las composiciones de Apolonio Moreno (1872-1950) y Antonio Gomezanda (1894-1961), por mucho tiempo han permanecido como un mito en el imaginario colectivo. Pocas personas saben que fueron músicos de su época, herederos de otras influencias y tendencias musicales surgidas en suelo mexicano o importadas de otras latitudes para, felizmente, sintetizarlas en un género y estilo auténticamente nacional. Quienes conocen sus vidas y obras, en pocas ocasiones tienen oportunidad de vibrar de emoción ante la ejecución de una pieza orquestal en un recinto adecuado para ello; o bien, bailar y divertirse al ritmo de alguna polka de éste o aquél músico jalisciense. Quizá, porque la vida en sociedad del México de finales del siglo XIX y comienzos del XX, de manera indistinta al estatus o clase social que se tenga en mente, en este nuestro tiempo, ha perdido vigencia como espacio de recreación y celebración de todo aquello que contribuía a la construcción de una identidad nacional, el gran interés de las élites políticas e intelectuales del México de aquellos años.

Así, la música de éstos dos compositores quedó reservada para el anecdotario o el libro de efemérides. Sus nombres fueron asignados en algunas calles de su ciudad natal; o en escuelas donde no enseñan a interpretar su música por falta de interés, voluntad, ignorancia o, lo que sería peor, por no contar con los medios para hacerlo. Hay quienes afirman, sin ningún empacho, que la música de cámara o clásica, como generalmente se le clasifica, es poco atractiva para los sectores populares, que a ellos lo que hay que darles es «pan y circo». Nada más falso y alejado de la realidad.

La guitarra, como instrumento musical inició su historia fuera de las cortes y las cámaras para orquesta; fue, y sigue siendo, un instrumento popular, al alcance de quién deseé conocerla y aprender a tocarla. Puede decirse, incluso, que es un instrumento democrático. Tan es así, que es a través de la guitarra que la música de Antonio Gomezanda y Apolonio Moreno, podrá dejar el lugar monolítico donde la historia de bronce del panthĕon de músicos y compositores en nuestro país la ha confinado y, en la medida de su difusión, volver a ser escuchada en espacios públicos y hacerlo incluso, en la intimidad de los hogares gracias al esfuerzo que Hugo Acosta emprendió por transcribirla para este instrumento.

III

Para que el público pudiera acceder al trabajo documental y musical, además del apoyo económico por parte del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes Jalisco (CECA), la realización del disco contó con la participación de Aurora Martín Azores en la corrección de estilo, Eduardo Escoto Robledo en la masterización, Mariano Domz en fotografía, Rubén Díaz Barriga con dibujos y grabados y un servidor en el arte y diseño. La información sobre el disco, así como las fechas y lugares donde habrá de presentarse, puede consultarse en el sitio: www.hugoacostaguitar.com.

IV

Por mucho, celebro el lanzamiento del disco «Lagos. Música de Antonio Gomezanda y Apolonio Moreno, transcripciones para guitarra. Hugo Acosta Martín del Campo», debido a que en esa producción no sólo podremos apreciar la solides de Hugo como intérprete; en ese material, veremos la madurez que ha alcanzado como músico, al realizar un trabajo tan complejo como lo es trasladar piezas para piano y orquesta a las seis cuerdas de la guitarra. Además, sin desmerecer la calidad con la que esas piezas fueron concebidas, la música de los compositores laguenses podrá ser apreciada por quienes deseen hacerlo y, de forma especial, por sus paisanos, el pueblo de Lagos, para quienes originalmente, como ahora, fueron escritas. En palabras de Hugo: «¡Que lo disfruten!».

Críticas, comentarios e invitaciones a diseñar y reseñar discos a: v4l3nc14@gmail.com.

Puedes leer esta columna en la edición digital e impresa del «Periódico AM» en su edición Lagos de Moreno del viernes 18 de octubre [haz click en la imagen].

Pez abisal (La emergencia de nuestra condición humana)

Mucho hay de extraordinario en la condición humana, más aún en las maneras que se expresa. Borges, por ejemplo, encontró en el libro una extensión de la mente y la imaginación, expresión máxima de lo que puede concebirse como humano. Así, las artes plásticas, la danza, la música, pero también el trabajo, el comercio, la artesanía, en fin; todo aquello que, por sencillo o sofisticado, sublime o grotesco, artístico o mundano se nos muestre, llamamos cultura.

En nuestra posmodernidad, el arte ha adquirido una propiedad de la que ya alguna vez el filósofo y sociólogo alemán Walter Benjamin, en la primera mitad del siglo XX, advirtió: «hoy la preponderancia absoluta de su valor de exposición le asigna funciones enteramente nuevas, entre las cuales bien podría ocurrir que aquella que es para nosotros la más vigente —la función artística— llegue a ser accesoria» (Benjamin, 2003). El efecto de la «intervención» que Cecilia Giménez realizó a la pieza Ecce Homo, pintada hace un siglo por Elías García Martínez y resguardada en una iglesia de la comunidad zaragozana de Borja, España, ha venido a corroborar tan peculiar sentencia, el arte ha perdido el valor de culto que originalmente le envestía y, ahora también el artístico.

¿Es así? ¿La cultura de masas erigida en el siglo XX ha culminado con el proceso civilizatorio; al menos de la manera en que filósofos como José Ortega y Gasset (2005) lo entendieron? ¿No es —incluso— el nihilismo una expresión más de lo humano? En este ensayo, exploramos la implicación del arte en la constitución del mundo contemporáneo, al menos del que somos conscientes e intentamos conocer. Creemos en la importancia del arte y la función que cumple a escala societal e individual, pero a un nivel mercantil, aquello que hoy se nos presenta con valor artístico, ¿lo es en sí? O bien, ¿lo es por el escaparate en que se nos muestra?

Hacia finales de la década de los años noventa del siglo XX, la expansión del capital a escala global, a decir de la inclusión de los países y regiones otrora bajo el dominio del paradigma económico-político de la Unión Soviética, en una economía de mercado, fue definida como «globalización». En ello, ocurrió una gran crisis en el plano ideológico, político y, desde luego, económico. Sin embargo, el mayor cambio se aprecia en las manifestaciones culturales, artísticas de las sociedades periféricas, es decir, aquellas que no participan en la toma de decisiones sobre su papel en este nuevo orden global.

Presenciamos, sin saberlo quizá, un cambio de época. El legado de la modernidad, nos conduce hacia un nuevo estadío de la sociedad, justificado en el conocimiento y el dominio del entorno. Según Maurice Blanchard, «todo el pensamiento moderno, desde Descartes hasta Hegel y Nietzsche, es una exaltación del poder, un esfuerzo para hacer el mundo, concluirlo y dominarlo. El hombre es una gran potencia soberana a la medida del Universo, y, merced al desarrollo de la ciencia, al conocimiento de los recursos desconocidos que posee, es capaz de hacer todo y de hacer el todo» (Hsun, Lu, 2011). El poeta francés no se equivocó en su juicio sobre la búsqueda de poder, sin embargo, en lo concerniente a la cualidad del hombre o, en este caso el sujeto (aquel que su condición social, política y económica no le permite discernir cuestiones de esta índole); es decir, el hombre de nuestro tiempo ¿es tal potencia soberana?

La modernidad, un proyecto incompleto de Jürgen Habermas (1998), tiene como tesis central la interrupción del proyecto histórico de la Ilustración, tal como fue descrita por Condorcet y otros filósofos del siglo XVIII. La modernidad, desde el punto de vista cultural, distingue de la razón tres esferas autónomas: ciencia, moral y arte. Estas esferas específicas de saber, reemplazaron a las visiones unificadas de la religión y de la metafísica, hecho que posibilitó entonces la institucionalización del discurso científico, de las teorías morales, de la jurisprudencia, y de la producción y crítica de arte.

Para Habermas, la Gran Guerra y la segunda Guerra Mundial, la crisis ambiental y, en general, todos los acontecimientos que echaron por tierra los supuestos de que la Ilustración dotó a la modernidad, parecieran hechos incuestionables de su fracaso y, por tanto, evidencia de la urgencia por desarrollar un proyecto alternativo. Para este autor, empero, las ideas ilustradas bien merecen ser revaloradas. Sin embargo, no es nuestro propósito abonar a este debate, baste sólo señalar que en el plano histórico (¡de un proyecto histórico!), nos encontramos ante un problema de definición, tan complejo como el cúmulo de conocimientos logrados en los últimos años. Poca ciencia aparta, mucha nos devuelve.

La historia, nos muestra que en todo cambio de época, se aloja una fuerza transformadora, hay quienes la llaman revolucionaria, para otros, desde el punto de vista de la significación, le llaman iconoclasta. En la película Batman de 1989, dirigida por Tim Burton, el Guasón irrumpe en el museo de Ciudad Gótica y destruye obras como Lección de anatomía de Rembrandt, El niño azul de Thomas Gainsborough, Ballerine alla barra de Edgar Degas, el retrato inconcluso que Gilbert Stuart realizaba para George Washington, entre otras. Sin embargo, hay una que merece su compasión —dice: «I kind of like this once. Leave it». Se trata de Figura con carne de Francis Bacon. Personalmente, comparto la idea de la necesidad de un movimiento iconoclasta, capaz de cimbrar las buenas conciencias, ¿quién será el desquiciado que lo haga y cuáles son sus valores?

Con todo la anterior, no afirmamos o sugerimos que exista un arte bueno o malo, por el contrario, lo que afirmamos es que el arte tiene un valor en sí, que el espectador es quien se encarga de significarlo y, en ello, radica su trascendencia. Nuestro argumento, si hasta ahora no hemos logrado hacerlo patente, radica en la influencia que el entorno tiene sobre la capacidad del ser humano de interpretar, de sublimarse, de crear. El joven Marx, en su Contribución a la crítica de la economía política, afirmaba: «No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad, por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia». La «realidad» en la que ahora vivimos es polisémica, pero no de una manera inscrita a la los valores de la razón, si no en un sentido fragmentado, desasociado, anómico en la definición que Durkheim (1999) confirió al término.

Tal condición ha derivado en una multiplicidad de identidades, cada una con sus propios códigos y reivindicaciones, lo cual, ratifica la cualidad de lo humano. Pero desde un enfoque común, colectivo, todas estas manifestaciones sólo son aglutinadas por la escala comercial de aquello que las nutre, o bien, por su anhelo de ser. Nos referimos a que en términos prácticos, la adhesión a un determinado conjunto de valores, implica la negación de otros. Pareciera que, en nuestros tiempos, el único valor universal que la razón ha logrado instituir es la individualización.

Nos encontramos ante un sistema que, basado en valores «universales», nos invita a crear, a desarrollar nuestra capacidad, sea en el campo que sea; al final, si todo sale bien, si se es capaz de sublimar a un público, cualquiera, vendrán los grandes tirajes editoriales, los conciertos multitudinarios y la producción de álbums discográficos, la publicación de catálogos e inauguración de exposiciones en las más prestigiosas galerías, entiéndase las dedicadas a la comercialización. Porque, al final, ¿qué otro propósito encuentras?

No es nuestra intención ser fatalistas, aunque nos sobran casandras. Es el arte, el ámbito de la razón que mejor ha resistido los embates de la torcida modernidad en que hoy coexistimos. O, acaso, ¿no han sido las manifestaciones artísticas ferozmente reprimidas por distintos regimenes a lo ancho del orbe? ¿No son el teatro, la danza, la música una constante en los diversos eventos de protesta en las afueras de Wall Street, la Catedral de Cristo Redentor en Moscú, en las Favelas de Río de Janeiro, la Cibeles en Madrid o en distintas capitales en México? Hace algunos años, durante la cátedra de filosofía latinoamericana que recibí del maestro Eduardo Quintana, comprendí que es el arte el último rescoldo de lo humano, lo último que puede ser reprimido, porque el arte, como el caos, se vitaliza así mismo.

Sobre el Pez abisal. Es una litografía de 1977, creada por Rubén Díaz Barriga Orozco. En ella, se aprecia un pez abisal, de trazos firmes y en un entorno ambiguo, como las profundidades en donde esta especie habita. Ese abismo, de donde los evolucionistas suponen inició la vida, al igual que los principios teológicos de los creacionistas, representa la inmensidad de nuestro desconocimiento sobre nuestro propio origen, causa y fin. Sea por obra y gracia divina o la cualidad de organismos unicelulares, en ese trabajo, aprecio la esencia del debate sobre nosotros mismos, al final, el saber más aceptado, la tesis más creíble, es, para nosotros, un acto de voluntad, de negar toda razón por la fe, o por el contrario, afianzar la fe por obra de la razón.

En ese abismo nos encontramos, a la espera de emerger de nuestra propia condición humana, para ser, finalmente, sólo humanos.

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Bibliografía:

Baudrillard, J., Crimp, D., Foster, H., y Habermas, J. (1998). La Posmodernidad. Barcelona: Kairós.
Benjamín, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. México, D.F.: Itaca.
Diario El País.
Durkheim, É. (1999). La división del trabajo social. México: Colofón.
Hsun, Lu. (2011) Diario de un loco. México: CONACULTA.
Marx, K. (1970). Contribución a la crítica de la economía política. Madrid, Comunicación.
Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Madrid: Espasa Calpe.