La palabra con «d»

Adversus populus

 

I

Si hubiera un pueblo de dioses –escribía hace más de dos siglos Jean Jacques Rousseau­– la palabra con «d» sería su forma de gobierno. Pero no creía conveniente que los seres humanos intentáramos regirnos bajo un sistema tan perfecto. Sin embargo, la palabra con «d» constituye la base del pensamiento político moderno y; a partir de entonces, no ha habido ideología política que no la incluya entre los valores que diga defender o representar.

Visiblemente entusiasmado por su viaje al interior de los Estados Unidos de Norteamérica, Alexis de Tocqueville escribió una de las obras fundacionales de la sociología y de la ciencia política contemporáneas. En donde analiza cómo es que la palabra con «d» ocurre con «naturalidad» entre los ciudadanos, organizaciones e instituciones en los primeros años de aquel país y por qué el mundo civilizado debía seguir su ejemplo. Poco después, en el contexto revolucionario de la Europa decimonónica, Karl Marx y Friedrich Engels proporcionaron a los proletarios del mundo un manual de lucha en el que categóricamente hablaban de la palabra con «d» como uno de los objetivos que la revolución proletaria internacional debía alcanzar. Pero no solo liberales y comunistas han reivindicado a la palabra con «d» entre sus valores, hacia finales del siglo XIX el pensamiento político conservador, aquel que encontrara su sustancia en la obra de Edmund Burke, también habría de incluir la palabra con «d» entre el repertorio de ideas por las que emplazaba su propio horizonte utópico.

II

En México, personajes académicos e intelectuales como José Revueltas, Pablo González Casanova, Roger Bartra, Octavio Paz, Enrique Krauze y Jorge Alonso, por citar a algunos que, a mi entender, han logrado influir en el debate político nacional, sobre la palabra con «d» han dicho que es bárbara, pero que es posible, que se encuentra ausente, aunque es absoluta pero a su vez relativa, que no lleva adjetivos o que ha sido vulnerada. Incluso, la Iglesia católica en nuestro país, una vez concluido el periodo que conocemos como el modus vivendi, se pronunciaba sobre este tema para exigir la abolición de las leyes antirreligiosas que aún seguían vigentes. En todos ellos subyace un discurso por la legitimidad de las instituciones políticas, económicas, sociales y culturales que los mexicanos nos hemos dado a partir del establecimiento del moderno Estado-nación, de aquel al que dio lugar la Revolución mexicana, como requisito necesario e inequívoco para que la palabra con «d» ocurra con «naturalidad» entre los mexicanos, y esto nos conduzca a mejores condiciones de bienestar.

De los tiempos del sistema autoritario, que se vio obligado a la apertura por la presión que desde la oficialidad o la clandestinidad ejercieron los movimientos sociales en el país, hasta llegar a la supuesta transición que significó el triunfo de la oposición electoral en el año 2000; al día de hoy, la palabra con «d» ha sido constreñida a un formalismo administrativo y esto, en cualquiera de las definiciones que le queramos dar, la ha vuelto una palabra estéril. Esto se debe, en parte, al hecho de haber confinado a la palabra con «d» al ámbito de las instituciones. Porque, hay que decirlo, uno de los mayores obstáculos para que la palabra con «d» vuelva a gozar de algún lugar entre los anhelos de la sociedad mexicana en su conjunto, es el uso que de las instituciones ha hecho la clase política en México, que las han vuelto sus feudos personales e instrumentos de control y dominación tanto burocrática como de fuerza. Quizá, en su estado actual, nuestras instituciones son insalvables.

III

Resulta encomiable que los movimientos indígenas hayan sido los primeros en darse cuenta de la decadencia de las instituciones que dan forma al Estado moderno. Es por ello que al interior de los territorios o de los espacios en los que han constituido sus autonomías, podamos hablar de democracia. Las instituciones que comunidades indígenas y campesinas dentro y fuera de México se han dado en los últimos cuarenta años, cumplen con las necesidades para las que han sido creadas, no constituyen formas de dominación sino de representación y, de igual forma, esas mismas instituciones articulan sus formas de resistencia al embate que, desde el exterior, el aparato de estado acomete en su contra. Entre sus formas de resistencia, el movimiento indígena en México, que bien representa el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, no ha buscado el diálogo con las élites que monopolizan al aparato de estado y sus instituciones; en su búsqueda, el zapatismo ha intentado comunicarse con la sociedad civil organizada y movilizada, con la que comparten la necesidad de establecer nuevas formas de relaciones sociales, democráticas.

Corresponde a nosotros, miembros de la sociedad civil en México, debatir sobre las formas de participación y representación política venideras, quizá al margen de las actualmente existentes. Pero no por ello, debemos mantener una actitud de indiferencia a lo que ocurre en la arena de lo electoral, en donde la palabra con «d» debe ser resignificada. Un primer paso es recuperar experiencias, comprender en qué momento las luchas populares, locales e inmediatas a nosotros, fueron desarticuladas y si esto ocurrió por haber incursionado en la insurgencia o en la competencia electoral. Hay que pensar más allá del 2018, pero con una estrategia que, en ese año, nos permita evitar que las elecciones sean un festín para los cerdos. Con la consumación de la serie de reformas que la actual administración federal impulsó, el gobierno de Peña Nieto ha cumplido su objetivo, el de desmantelar el estado de bienestar en México. Lo que sigue, es el empleo de la fuerza en contra de cualquier expresión que cuestione los privilegios que la clase política está obteniendo de ello.

En algún lugar se ha dicho que la posibilidad de hablar de una falta de democracia es la prueba de su existencia. Habría que poner a prueba ese supuesto y, a través de las urnas y de las calles, presentar nuestras demandas y hacer saber a la clase política y a las élites en México que, la nuestra, es una sociedad agraviada.

IV

Además, al igual que el poeta Javier Sicilia, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui, cancelar definitivamente la construcción de la presa El Zapotillo y exhumar e identificar los cuerpos de las fosas de Tetelcingo.

Críticas, comentarios y sugerencias de sinónimos de democracia a v4l3nc14@gmail.com

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Apuntes sobre el estado social de los Estados Unidos de América*

Tocqueville 176 años después

Puesto que los orígenes de la idea norteamericana se remontan al establecimiento de las primeras colonias continentales por los ingleses, estos orígenes resultan tan contradictorios, tan ilógicos y tan difíciles de identificar como los elementos de otros grandes episodios de la historia del hombre occidental. Los Estados Unidos no descendieron directamente del Edén

H. Munford Jones, Este extraño Nuevo Mundo

I

La democracia en América, aporta elementos muy valiosos en el campo de la historia, la ciencia política, la antropología y la sociología para comprender el surgimiento de los Estados Unidos de América (EUA) como nación, y de cómo esta, adoptó e instrumentó el modelo de república y a la democracia como valor fundamental; una característica intrínseca –dice–, de los angloamericanos. Para ello, parte del análisis del estado social. En su introducción, Tocqueville señala que «para conocer la legislación y las costumbres de un pueblo es necesario comenzar por estudiar su estado social», este es producto de un hecho, a veces de las leyes y frecuentemente de ambos unidos. Lo cual, por un momento nos remitió al contrato de Rousseau; sin embargo, pronto encontramos profundas diferencias entre los autores. El pacto social que da origen al soberano, poca o nula influencia parece ejercer en el argumento de Tocqueville; este, construye sus propios conceptos y los sustenta en el hecho empírico de su objeto: la sociedad angloamericana. Ve en la forma de propiedad y en la «ley de sucesiones», la evidencia más clara de una vocación democrática con los aciertos y errores que tal condición produce.

II

En su momento, la democracia norteamericana fue el modelo bajo el cual, los nacientes estados latinoamericanos buscaron constituirse luego de sus respectivos procesos independentistas. Hoy en día, seguimos buscando esa utopía y los Estados Unidos conservan un lugar privilegiado como modelo de referencia; pero, ¿cuál es la etapa que guarda el estado social de aquel país? ¿La advertencia que lanzó Tocqueville sobre la «tiranía de la mayoría» ha sido escuchada? O, por el contrario el «otoño americano», ¿es una respuesta de la sociedad civil americana, ante la transformación o la pérdida sus valores democráticos?

El autor, nos dice de la tiranía de la mayoría: «cuando veo conceder el derecho y la facultad de hacerlo todo a un poder cualquiera, llámese pueblo o rey, democracia o aristocracia, digo: ‘Aquí está el germen de la tiranía, y trato de ir a vivir bajo otras leyes.’» En un sistema democrático, la opinión pública representa el único medio por el cuál, los ciudadanos pueden encausar las acciones y las decisiones de sus legisladores. Es la opinión pública donde se expresa la libertad, pero, a su vez, es donde se acota. En su inicio, en los EUA, opinar de manera contraria a los valores y principios democráticos, significaba la pérdida de ciudadanía; aquel que pensase de manera distinta y lo expresara, lo hacía sabiendo que perdería su lugar en la sociedad. Así, las leyes, más que a la institucionalización de un sistema político funcional, capaz de crear jurisprudencia, tendería más a preservar el estatus o el rol de legislador; temeroso de la omnipotencia de la opinión pública, a través de la cual se ejerce la tiranía de la mayoría, la libertad está perdida. Sobre ello, Tocqueville es categórico: «No conceder a nadie, con la omnipotencia, el poder soberano de envilecidos.»

Cuando las coyunturas políticas, económicas y militares, al interior y al exterior del estado norteamericano, por conveniencia, lo han requerido, la primera acción ha sido justamente el de la construcción de una opinión pública favorable a sus intereses, por «el bien de la nación y en defensa de la libertad». Desde la Doctrina Monroe (1823), en la que el presidente James Monroe, reservaba para su país la exclusividad de intervenir militarmente en los asuntos de estado en el continente: «América para los americanos [del norte]», hasta la ley USA Patriot, impulsada por el presidente George W. Bush, por la cual se suprimen las libertades civiles y políticas de toda persona sospechosa, fundada o infundadamente, de pertenecer a grupos terroristas, luego del atentado del 11 de septiembre de 2011, la opinión pública es la primera y más importante justificación. Los medios masivos de comunicación, desde su irrupción en diferentes etapas, han colaborado de forma determinante en el desenlace de las intervenciones políticas y militares de los EUA en el mundo. ¿En qué medida, la tiranía de la mayoría de la que habla Tocqueville, no es si no la manifestación de la voluntad personal, trascendida a nivel del estado social de forma artificial por los medios masivos de comunicación? Los medios, argumentaron la importancia de la intervención militar en Vietnam. De la misma manera, luego de su fracaso, promovieron su retirada.

III

Lo que Rousseau define como la voluntad personal, para Tocqueville es la individualización y a diferencia del primero, ésta es un estado deseable en el ciudadano. Ahí, donde reside el peligro de la omnipotencia de la mayoría, el individuo es capaz de actuar y preservar las instituciones democráticas; para ello, cuenta con un sistema de valores dados, por la inclinación del angloamericano por la religión. «Los hombres que viven en los tiempos democráticos están, por esta razón, muy inclinados a substraerse a toda autoridad religiosa. Pero si consienten en someterse a alguna, quieren, al menos, que sea única y uniforme (…)». Aquí, nos permitimos señalar, de forma especulativa, el valor del significado de la frase más emblemática de su unidad monetaria, el dólar: In God We Trust. De acuerdo con el autor, la religión, como se concibió en los EUA, es congruente con las instituciones democráticas, ya que ésta sólo se ocupa de las cuestiones espirituales, y deja a los hombres los asuntos terrenales; las creencias derivadas del catolicismo, pese a sus diferencias, comparten una idea común, misma que impregna la moral angloamericana. En su carácter universal, «verdadera», la religión está por encima de cualquier interés.

IV

El análisis y método con el que Tocqueville aborda la «posición que ocupa la raza negra en los Estados Unidos; (…)», aunque breve, es sumamente complejo y debe ser entendido en su contexto, para valorar el alcance que estas ideas tienen en el gobierno actual. Ahora, no sólo son los afroamericanos; en varios estados de la Unión, los latinos, predominantemente mexicanos, representan la primer gran minoría. La relación entre razas, en la democracia, está estrechamente vinculada con nociones como propiedad, riqueza, desarrollo, ciudadanía, derecho, justicia y libertad; en su origen, el estado anglosajón debió definir su posición frente a la esclavitud. «Librarse» de los esclavos resultaba una condición necesaria para la instauración de la democracia, pese a que habían sido lo esclavos la fuente primaria de riqueza, cuando ésta se obtenía de la producción agrícola, antes del desarrollo de la actividad industrial. La clase media, entendida como los pequeños propietarios, aquellos quienes desarrollan oficios y prestan servicios, son quienes generan las condiciones necesarias para la domesticación del entorno y la producción a gran escala de mercancías; en busca de su bienestar personal (inspirado por las ideas de Adam Smith), los hombres generan desarrollo para sí, y con ello para la nación. Por otra parte, los esclavos, además de la «vileza» que representa esta práctica, se vuelven onerosos y al no esperar nada a cambio por su trabajo, nada ofrecen al progreso.

La respuesta que el libro ofrece sobre las acciones que los primeros estados de la Unión tomaron para afrontar «la cuestión negra», proponían una encrucijada para los estados que decidieron preservarla. Las instituciones democráticas, tarde o temprano alcanzarían a los esclavos del sur de la Unión y éstos tendrían en sus manos el destino de aquellos estados, por su número y por la fuerza que de ello se obtiene y no por la razón o las «luces» que poseen los blancos. La Guerra Civil Americana, en la segunda mitad del siglo XIX, resolvió el debate. Un acontecimiento que Tocqueville no presenció, pero definió las dudas que sobre esta cuestión se plantea. Al igual que sus bisabuelos y los abuelos de estos, los afroamericanos de hoy, en su mayoría, aún coexisten hacinados en guetos, deambulan al margen de la vida política de la América contemporánea.

¿Los mexicanos, junto con el resto de los migrantes latinoamericanos ilegales, guardan un estado similar al que la democracia concede a los afroamericanos? Su presencia y el lugar que reclaman en la nación americana, ¿habrán de ser definidos por un acontecimiento similar al de la Guerra Civil? En el siglo XIX, el gobierno americano se libró de los esclavos dándoles su libertad, con ello, se libró él mismo de la esclavitud ¿desean, ahora, librarse de alguien más? ¿para qué?

La respuesta, si se quiere preservar a las instituciones democráticas, como las describe Tocqueville, nos acercan, peligrosamente, a las ideas de Samuel Huntington sobre el «peligro» que las sociedades latinoamericanas representan para la identidad angloamericana. Alabama ha dado el primer paso.

V

La corporación, organización surgida en los EUA, se ha erigido como la institución dominante del mundo contemporáneo, en su origen, también es descrita, aunque no con ese nombre, por el autor. Apreciemos en las asociaciones, su antecedente histórico. Coca Cola, Ford Motor, General Electric, son sólo algunas de las corporaciones más influyentes del mundo globalizado, su estudio, consideramos, puede partir del lugar que Tocqueville da a esta forma de organización.

 Las asociaciones son las que en los pueblos democráticos deben ocupar el lugar de los particulares poderosos que la igualdad de condiciones ha hecho desaparecer.

(…) No hay nada, en mi concepto, que merezca más nuestra atención que las asociaciones morales e intelectuales de Norteamérica.

VI

Por último, como el mismo autor señala: «(…) la diversidad de asuntos que he tenido que tratar es muy grande (…). Quisiera tan sólo que se me haga el favor de leerme con el mismo espíritu que ha presidido mi trabajo, y que se juzgue el libro por la impresión general que deje, como me he decidido yo también, no por tal o cuál razón, sino por la mayoría de las razones.» Su esfuerzo, esbozó acertadamente al sistema democrático anglosajón; lo ha mostrado tal como es hoy en día, democrático, sí. Pero también contradictorio y excluyente.

*Reflexión sobre «La democracia en América». En: De Tocqueville, Alexis, La democracia en América, México DF, FCE.