«La basura de unos es el oro de otros»

Adversus populus (6)

I

En una breve pero afortunada visita a Lagos de Moreno, en ocasión de los días de asueto, durante «el puente» otrora dedicado a celebrar el episodio histórico de la Revolución Mexicana, hoy venida a menos por «el buen fin», tuve la oportunidad de andar por sus calles y conversar con amigos y familiares sobre temas varios.

Así, a primera vista, resalta la suciedad que en cada calle del ahora «pueblo mágico» se aprecia a lo largo de banquetas y arroyo vehicular, amén de los cestos de basura rebosantes de unicel en las más variadas presentaciones como vasos y charolas con restos de cualquier tipo de bebida y comida, algunos botes incluso exudaban lixiviados, muestra de la añeja podredumbre a su interior. Una imagen por demás bárbara por parte de nosotros los laguenses hacia los visitantes que, por el Campeonato Nacional Juvenil de Béisbol, como yo, tuvieron el gusto de recorrer sus calles. Habrá quién considere esto como problema del municipio o reflejo de ausencia de educación. Lo cierto es que además de exhibir nuestra incapacidad por ofrecer al visitante una ciudad limpia, ese estado de las cosas puede servir como una metáfora de lo que en otros órdenes ocurre.

II

No todo lo que cae en una alcantarilla es basura, esto lo saben muy bien todas aquellas personas que de manera ocasional o dedicadas de lleno a ello, recorren la ciudad en busca de plásticos PET, cartón, aluminio y demás objetos reutilizables o con algún valor monetario o de intercambio. Pese al valor o utilidad que de esos residuos se puede obtener, para muchas personas es preferible deshacerse de ellos en la calle, arrojarlos por las ventanas de sus autos o encomendar a alguien más su manejo. «La basura de unos es el oro de otros» podríamos decir, el mismo «recurso» con distintas apreciaciones sobre como manejarlo o qué hacer con él. Esta postura podría derivar de la posición que socialmente proyectamos de nosotros mismos, si aceptamos el hecho que en la basura, incluso, podemos encontrar algún bien ¿por qué, entonces, hay quines la botan y hay quienes viven de ella?

Si algo distingue a las sociedades humanas es el tipo de residuos que genera, los arqueólogos pueden constatar cómo, en realidad, muchos de los objetos recuperados en sitios arqueológicos son basura, restos tepalcates que en otro momento fueron vasijas de barro por ejemplo. La basura no es una novedad de las sociedades industriales o posmodernas, la novedad en ella radica en su generación a gran escala y la incapacidad que ha generado en nosotros por ser responsables de ella. Esto obliga a contar con grupos u organizaciones dedicados a su manejo; la administración de algo que nos es desagradable o simplemente ajeno a nuestro estatus o posición social. En la segunda mitad del siglo XIX, el sociólogo Emile Durkheim (Colofón, 1999), observó como la división social del trabajo condujo a la especialización de las personas en varios ámbitos de la vida cotidiana y asigna el papel que estamos destinados a representar.

Al igual que los recolectores de basura, otros «prestadores de servicios», a lo largo de la historia, no son o han sido, digamos, populares. Fue el caso de los verdugos, los porqueros, los carceleros, los sepultureros y un largo etcétera; podemos decir que pese a la importancia de la función que se cumpla, el reconocimiento que de ello se obtiene no siempre es proporcional o equivalente.

III

Arrojar basura en la calle, abandonarla en la esquina o cualquier práctica similar, desde luego, es un problema que puede ser resuelto con educación, sin embargo, y en esto distingo el mayor problema, en parte es reflejo del tipo de relaciones que socialmente hemos construido, donde nuestra posición social o económica nos exime de cualquier responsabilidad. Los influyentes abundan y pese a lo detestable de esa práctica gozan de cierta aceptación en varios niveles. Cuántos de nosotros nos hemos visto pidiendo «el favor» de agilizar un trámite o resolver cualquier asunto: «es un chingón» decimos cuando el resultado es el deseable o «es un pendejo» cuando resulta en revés.

Tirar basura como cualquier otra práctica nociva, puede ser entendida como una total falta de reconocimiento hacia «el otro»: «Ensucio tu calle, hurto tus bines, te privo de tu libertad o de tu vida porque simplemente puedo hacerlo y a nadie le importa; a quienes debería importarles, incluso, les es indiferente». Esta lógica de pensamiento, considero, es más o menos reproducida en distintos niveles y de varias formas. La vida cotidiana moldea y da sentido a la manera en la que nos relacionamos y resolvemos nuestros conflictos; en ella están contenido lo mejor y peor de nosotros como seres humanos, reservamos lo primero para nosotros mismos y para nuestros cercanos y lo segundo para los demás.

Tendríamos que construir extensas redes de solidaridad y confianza para privilegiar el tipo de relaciones benéficas, dejar a un lado la individualización que ha conducido a la nociva sociedad de la que somos prisioneros y captores a la vez. Así como la basura de unos es el oro de otros, la víctima de hoy puede ser el victimario de mañana, evitarlo es complejo, pero podemos comenzar a hacerlo con el sencillo reconocimiento del otro. ¿Cómo?, respetando su derecho a transitar en una calle libre de basura.

 

Puedes leer esta columna en la edición digital e impresa del «Periódico AM» en su edición Lagos de Moreno del viernes 22 de noviembre [haz click en la imagen].
Puedes leer esta columna en la edición digital e impresa del «Periódico AM» en su edición Lagos de Moreno del viernes 22 de noviembre [haz click en la imagen].
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Publicado por

Raúl Valencia Ruiz

Profesor de sociología en Universidad Iberoamericana León.

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