El nacimiento de la tragedia

Adversus populus (5)

 

I

Pese a la similitud en el título de esta colaboración, no me referiré al ensayo del mismo nombre donde el mostachudo Nietzsche, «un filólogo académico que, hablando de la Antigüedad clásica, trata de sondear los misterios de la existencia desde el espíritu de la música» (Edaf, 2008), mi pretensión es más modesta y menos lúcida. Atañe a los acontecimientos recientes y recurrentes por los cuales cientos, acaso miles de personas, pierden sus patrimonios o sus vidas bajo los escombros después de un terremoto, sepultados por algún alud de tierra o ahogados en los causes de lo que alguna vez fueron ríos recuperados por las lluvias; no encuentro mayor tragedia que la pérdida de vidas humanas y más cuando pudo ser evitado.

II

Una tragedia o catástrofe no es un evento natural. Su incidencia guarda más relación con la manera en la que socialmente producimos los alimentos que consumimos; «planeamos» y desarrollamos nuevos asentamientos humanos, sean rurales o urbanos, a costa de la deforestación; de la misma manera que se relacionan con la obtención de materias primas como la arena, para construir casas; mercurio, plomo y demás elementos que, mediante la minería, sostienen la producción y reproducción de la vida en sociedad como la conocemos. El río Verde que nace en Río Verde, San Luis Potosí, por ejemplo, cuyo cause recorre varios municipios de los Altos de Jalisco hasta su afluencia con el río Lerma que, a su vez desemboca en Santiago Ixcuintla, Nayarit, cuando la actividad humana aún correspondía con los ciclos de la naturaleza, fue una fuente diversa de recursos. Además de agua para el cultivo, ganado y consumo humano, el río proporcionaba, por temporadas, algunas especies para la pesca y actividad recreativa favorable a los asentamientos humanos en sus márgenes, amén de las especies animales silvestres que abrevaban de sus aguas. Lejos estaba, entonces, de ser la gran cloaca en la que lo hemos convertido.

Una tragedia no puede ser natural debido a que la naturaleza, el entorno físico donde social y humanamente nos reproducimos, es ajena a lo que esperamos de ella. El impacto de sus ciclos pluviales, o la ausencia de éstos, devienen en tragedias cuando las zonas afectadas son erigidas en donde antes hubo una ciénega, un río o un valle y hoy en día hay establos, plantíos, colonias, fraccionamientos o centros comerciales. Lagos de Moreno, hoy en día, presenta un paisaje natural semiárido; varios de nosotros podríamos pensar que esto fue siempre así, que nuestra ciudad, desde su fundación se impuso a las condiciones «adversas» de la naturaleza.

En La formación de los latifundios en México (FCE, 1976), François Chevalier a partir de los archivos de varias haciendas, entre las que se incluye la de Ciénega de Mata, reconstruye el proceso que dio lugar a esa particular forma y acumulación de propiedad en nuestro país, merced de las concesiones que la Corona otorgó a quién pudiera defenderlas de los indios en resistencia, como lo fueron los chichimecas, o a quienes pudieran pagar por ellas y mantenerlas en producción de una renta suficiente para sostenerlas y pagar a la Corona su tributo. Al momento que el historiador coteja la descripción de las tierras «encomendadas», con las condiciones en las que al momento de su investigación se encuentran esos predios, resalta la dificultad de reconocer que aquellos sitios, en verdad, fuesen los mismos que dieron lugar a los latifundios.

Nuestro entorno físico, lejos de ser producto del «capricho» de la naturaleza o de un designio divino, se ha visto transformado por el empleo que de él hemos hecho.

III

En tanto, si reconocemos nuestra responsabilidad en la pérdida de bienes materiales y vidas humanas luego de un ciclón, terremoto o lo que sea, la pregunta que cabe hacernos, a saber, debería encaminarse cuestionar el alto costo material y humano de la vida «consumista» en la que estamos inmersos.

Porque, ha de saberse, que no se produce alimento para erradicar el hambre; de esa hay mucha y no sólo en lugares lejanos de donde los misioneros mandan postales, en México todos los días mueren niños por desnutrición o crecen con el mínimo de sus capacidades, de lo cual, de manera lamentable, también se hace un uso político. En el mismo sentido, varios de los asentamientos humanos que vemos afectados por inundaciones y demás, fueron resultado del favoritismo, del «agandalle» de políticos y contratistas faltos de ética y de cualquier responsabilidad sobre las acciones que al amparo de la ley o por su burla, cometen. Si no, pregúntenle a la regidora de Guadalajara Elisa Ayón, «Lady panteones» pa’ los compas.

Nosotros somos la tragedia.

Puedes leer esta columna en la edición digital e impresa del «Periódico AM» en su edición Lagos de Moreno del viernes 15 de noviembre [haz click en la imagen].
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