La cosa pública, el común o su utilidad*

Los criollos «hablan de los españoles como quien habla de  extranjeros, no de compatriotas. Pero tampoco se sienten indios, ni sueñan con un imposible retorno al imperio azteca. No son españoles, no son aztecas. ¿Qué son entonces, y cuál es su patria? Son y quieren ser mexicanos, nada más, y nada menos»

Gabriel Méndez Plancarte, Humanistas del siglo XVIII*

Algunos años han transcurrido desde que, en 2010, tuvieron lugar diversas actividades conmemorativas por los 200 años de los procesos independentistas en Iberoamérica. Sobre este hecho, Carmen Bohórquez (Roig, 2000), nos propone un análisis del denominador común para la mayor parte de los países en el continente: La tradición republicana.

Como ideal y en la práctica, la adopción de un modelo de República ocurrió en el marco de procesos políticos y sociales diversos; donde la definición y tipo de régimen republicano por adoptar, derivó en debates y conflictos entre los grupos dedicados a la conformación y control de los nacientes estados americanos. Para comprender, en su justa dimensión, la complejidad del escenario en el que ocurren las luchas independentistas, la autora atiende los documentos políticos producidos en el periodo que va de 1770 y 1830. En particular –nos dice- se avocará a los «que tienen que ver con planes y proyectos de gobiernos aplicados o por aplicar en la América meridional una vez consolidada la independencia» (Roig, 2000, p. 66); con ello, muestra la profunda influencia que las ideas de la Revolución Francesa y Americana tuvieron en nuestros países.

Las primeras décadas del siglo XIX, constituyeron el marco temporal y espacial en el que la crisis del modelo Absolutista, heredero del régimen feudal (Anderson, 1979), afrontó la expansión de las ideas revolucionarias que, de manera relativamente rápida, encontraron en las colonias americanas un campo fértil. Ante ello, por primera vez, quienes aspiraban a la independencia de la metrópoli, afrontaron un dilema de definición. Por una parte, Bohórquez enfatiza la ausencia de referencias políticas alternativas al modelo monárquico que, para el momento histórico en el que se encontraban, se presentaba como el sistema «natural» de gobierno. En esto, un dilema de tipo ideológico pernearía a lo largo del siglo XIX a varios de los pensadores más influyentes, en busca de una identidad propia. Para superar la idea de legitimidad que durante tres siglos gozó la corona, la autora nos habla de una desidentificación política, que confiriera la capacidad de proponer un modelo alternativo de gobierno. Sin embargo, la idea de instaurar una monarquía americana fue una constante a lo largo de Iberoamérica.

Las primeras ideas revolucionarias —y de identidad propia— respecto a la corona española, fueron las de Francisco de Miranda (1750-1816), «cuando a fines de 1783, Miranda expresa por primera vez su intención de ‘hacer la revolución en las provincias españolas de la América del Sur’, enuncia al mismo tiempo el proyecto de que éstas, una vez emancipadas, constituyan una sola nación que lleve el nombre de Colombia» (Roig, 2000, p. 69). Sobre el nombre, nos dice la autora, es notoria la influencia de la figura de Colón cómo aglutinante y referente único de la influencia española. Para 1801, el ideólogo venezolano publica su Proyecto de Gobierno Federal; en el, se distancia de sus ideas iniciales de adoptar el modelo constitucional inglés, frente a la opción de un modelo enteramente republicano.

Posteriores a la propuesta de Miranda, irrumpieron otros actores en el debate sobre la independencia económica y política; la «Conspiración de Gual y España» en la Venezuela de 1797, denunciada antes de ocurrir, contó con un programa político expresado en el Discurso preliminar dirigido a los americanos; el cual, buscaba la formulación de un nuevo pacto social basado en valores democráticos. En este documento, encontramos los antecedentes directos del Decreto de Guerra a Muerte de Bolívar. En ellos, claramente se muestra la tendencia republicana, donde la autoridad debía ser colectiva, electiva, alternativa y momentánea. Es decir, una Res publica común y utilitaria en el sentido de proveer el marco de desarrollo para los pueblos americanos. Para este momento, los radicalismos comienzan a manifestarse, influidos quizá, por el radicalismo que la Revolución Francesa adoptó en la época del Terror. Lo cual, en muchos sentidos, reforzaba la idea de mantener un gobierno amplio, central que, en buena parte, conservara algunas de las estructuras administrativas, económicas y políticas de la corona.

Este punto, resultaría crucial para los acontecimientos armados que habrían de ocurrir a partir de 1810. Autores como Ercic Hobsbawm (Hobsbawm, 2001), han observado cómo el caso mexicano, fue la única experiencia revolucionaria en la que las clases más bajas de la sociedad colonial, fueron convocadas e inmersas en un programa político incluyente; mientras que, en el resto del continente, esta empresa atañía de manera exclusiva a las clases altas, las cuales, constituían una gran minoría respecto a la población de sus respectivos países, pero de una influencia y capacidad económica irrefutable. Si bien, el poder emanaba del pueblo, para el caso de la América del Sur, éste continuaba siendo una especie de menor que, a diferencia de lo que afirman las ideas ilustradas, debía contar con un tutor que salvaguardara sus intereses, en este caso el Estado.

En este punto, la definición de qué clase de gobierno y qué tipo de régimen habría de ser impulsado, mostraba la viabilidad del republicanismo. En los diferentes programas políticos revolucionarios, se avizoraba «la necesidad de establecer un orden legal que por una parte pusiera fin a la incertidumbre y que por la otra permitiera la continuación y desarrollo de las actividades económicas, [por tanto] obligaba a redactar una Constitución que fijara las bases de un nuevo contrato social» (Roig, 2000, p. 78).  En este pacto, debían de concurrir los elementos necesarios para el paso de súbditos a ciudadanos libres, el cual, habría de ser el elemento central para la construcción de una auténtica conciencia republicana.

Junto con la tradición republicana, la idea del modelo Federal, para la organización política y administrativa de los nuevos estados, gozó de particular relevancia en los debates de las juntas constituyentes. El establecimiento de un pacto federal, por una parte, implicaría la fragmentación de la unidad de la incipiente nación, en menoscabo de un auténtico proyecto libertador y, sin embargo, también se reconocía la incapacidad de establecer un estado único que abarcara las otrora colonias españolas, en ese sentido, la Gran Colombia, sería la más grande utopía del cono Sur.

Por último, a diferencia de la interpretación otros autores han hecho sobre el origen y establecimiento del Estado-Nación en Iberoamérica, la autora plantea premisas por demás polémicas, sobre todo, en aquellas citas a los documentos independentistas como el de Morelos, donde, claro, si hacemos una lectura actual, contemporánea de frases como «a sangre y fuego» –seguramente-, pensaríamos en una vocación sanguinaria, por decir lo menos y en ello estaríamos asignando juicios morales o de valor, sobre discurso que habríamos de apreciar en más de un sentido, como el momento y sitio donde se escribe, con quién se escribe y, desde luego, cuál es la intención de utilizar expresiones de esa índole.

El lenguaje revolucionario no otorga concesiones, plantea el cambio; en muchos sentidos radical y profundo del orden social, político y económico.

En más de un sentido, la propuesta de la tradición republicana de Bohórquez, recupera la importancia del sentido y la significación que para los independentistas del siglo XIX, tuvo la construcción de un Estado-Nación. Además, sus afirmaciones sobre la incapacidad de los líderes por diseñar modelos verdaderamente incluyentes, resultan sumamente reflexivos y ayudan a entender de manera estructural las contradicciones de los modelos y sistemas políticos, económicos y sociales contemporáneos, ante los cuales, aún buscamos ofrecer opciones de cambio.

Bibliografía

Anderson, P. (1979). El estado absolutista. Madrid: Siglo XXI.

Fuentes Mares, J. (1982). Biografía de una nación: de Cortés a López Portillo (1a ed.). Ciudad de México: Ediciones Océano.

Hobsbawm, E. J. (2001). La era de la revolución, 1789-1848. Barcelona: Crítica : Grijalbo Mondadori.

Roig, A. A. (2000). El pensamiento social y político iberoamericano del siglo XIX. Madrid: Editorial Trotta : Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

* Reflexión sobre Bohórquez, Carmen, “La tradición republicana: Desde los planes monárquicos hasta la consolidación del ideal y la práctica republicanas en Iberoamérica”, en Roig, Arturo Andrés (2000). El pensamiento social y político iberoamericano del siglo XIX. España: Editorial Trotta. Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

** Citado en: Fuentes Mares, José (1982). Biografía de una nación: De Cortés a De la Madrid, México: Océano.

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