Ideologías políticas totalizantes*

«¡Veo subir la pleamar del nihilismo!», gritaba desde un risco de la Engadina el mostachudo Nietzsche

 José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

Der Stürmer  "El Atacante"

A partir de las recurrentes crisis económicas que han sucedido en la última década del siglo XX y los años posteriores del siglo XXI, los gobiernos de países de centro y periferia del sistema mundo —en los términos que Immanuel Wallerstein lo define (Wallerstein, 1998)—, se han visto cuestionados por la acción y movilización de grupos con demandas y reivindicaciones de distintas índoles, que van de las de tipo ambiental, sexual y, desde luego, políticas y económicas. Resaltan aquellos grupos que han logrado instituirse, en los marcos legales de sus respectivos estados, a partir de discursos populistas, conservadores, nacionalistas e, incluso, nacionalsocialistas (Nazi). En ello, comprender los orígenes e influencia de estas corrientes ideológicas se vuelve una tarea necesaria debido a que, en su momento, estas ideologías totalizantes han logrado ascender a la toma del poder político. En este sentido, la revisión que nos presentan Roy Macridis y Mark Hulliung del nacionalsocialismo, el fascismo, el conservadurismo y la derecha, resulta una aproximación general y sintética del contexto histórico, social y político en el que han ocurrido.

A manera de introducción, los autores invitan a no perder de vista las características que distinguen y diferencian al fascismo y al marxismo. El devenir en un régimen totalizante, aprecian, ha ocasionado una tendencia a equiparar a ambas corrientes ideológicas, nada más lejos de la verdad. Distintos autores infieren este hecho por los antecedentes militantes de sus líderes, como el caso de Benito Mussolini quien participó en grupos socialistas. Para evitar confusiones, es necesario adentrarnos a los antecedentes ideológicos de uno y otro para darse cuenta de las sustanciales diferencias.

La primera y más notoria es el de el uso de la violencia. El fascismo glorifica la guerra, a la cual considera moralmente «engrandecedora» del espíritu. Para el marxismo, la violencia revolucionaria, la guerra es sólo un medio que, paulatinamente, debe ser eliminado. La diferencia parte del propósito que se persigue, al proclamar la abolición de las clases, el marxismo atiende aspectos universalistas e internacionalistas, mientras que, para el fascismo, estas ideas son irrealizables.

Las ideas sobre el sindicalismo de George Sorel, «pensador francés», es de quien el fascismo de Mussolini abreva sus ideas originales. Para este ideólogo, los postulados de la ilustración y, particularmente, el liberalismo resultaban aberrantes; al grado de apoyar las ideas extremadamente nacionalistas de la Action Françoise de Charles Maurras. De ello, consideremos que el fascismo italiano, tiene sus orígenes en el nacionalsindicalismo francés. La interpretación de los fascistas sobre el sindicalismo, les situaba en la creencia de que a través de éste era posible imponerse a las ideas socialistas e individualistas de las que eran antagonistas.

Mientras que la Revolución Francesa había enarbolado la idea de ser representante del pueblo, para las ideas fascistas y nazis, el objetivo era la defensa de éste. Se autoproclamaban como «revolucionarios conservadores», sus figuras son Paul Lagarde, Julius Langbehn, Moeller van den Bruck, entre otros. Para el caso de los nacionalistas alemanes, las ideas de Hegel y la práctica de Bismarck, incluso, resultaban demasiado progresistas para sus propósitos. En este punto, resalta la idea de que para los portadores de ideas fascistas o nazis, el análisis histórico no requiere de atender aspectos empíricos; por el contrario, su visión de la historia es la de adecuarla a sus propósitos y objetivos. Sobre esto, los autores citan a Paul Lagarde cuando dice: «Vivo suspirando por un pasado que nunca fue y que es el único futuro que ansío. Soy un extraño en todas partes» (Macridis & Hulliung, 1998, p. 187). La historia, en tanto, debía ser cómoda y no alienante.

El sindicalismo socialista no fue el único campo tergiversado por los ideólogos nacionalistas del siglo XIX, además, las ideas de Johann Gottfried von Harder sobre la ilustración, de la cual era un convencido creyente –nos dicen los autores- fueron adecuadas a su particular visión del nacionalismo e imperialismo. A partir de él, varios filósofos e historiadores en contraposición al historicismo de Harder, construyeron un discurso racista enfocado de manera exclusiva en Alemania, en repudio de otras nacionalidades y de judíos, negros y orientales. Los nacionalistas románticos posteriores a las guerras napoleónicas, son quienes podemos considerar como precursores de una «ideología alemana» y, es Moeller van den Bruck en su libro El Tercer Reich, quien proporciona la base de lo que habría de ocurrir durante la República de Weimar, posterior a la Gran Guerra de 1914.

El racismo, como tal, niega la herencia cultural y espiritual colectiva, transmitida de generación en generación; por el contrario, afirma que los productos culturales devienen de aspectos genéticos a partir de su origen físico (Macridis & Hulliung, 1998, p. 190). En la segunda mitad del siglo XIX, estas ideas se propagaron entre varios jóvenes alemanes y, al finalizar el siglo, constituían un fermento del totalitarismo que habría de sustituir la República de Weimar, de insipiente vocación democrática y parlamentaria.

La importancia del fascismo y el nacionalsocialismo parte de la interpretación que ofrecen de las formas de gobierno y de la posición social que, a partir de diferencias raciales, los miembros de una sociedad ocupan. Estas ideas, al igual que en el escenario de crisis y guerra de principios del siglo XX, hoy en día, parecen ofrecer respuestas a la encrucijada de la crisis económica de las dos primeras décadas del siglo XXI. La ideología y el orden político Nazi antagonizan abiertamente con las instituciones democráticas, mismas que en el contexto actual se encuentran en un momento de definición en países como Grecia que han albergado el ascenso del partido Aurora Dorada (Sánchez-Vallejo, 2012).

El Tratado de Versalles, con el cual se puso fin a la Gran Guerra y colocó a Alemania en una posición marginal respecto al resto de las naciones de Europa Occidental, significó para los nacionalistas alemanes el gran pretexto para emprender el camino hacia la toma del poder político y, para ello, en 1921 se funda El Partido Nazi que, en un principio fue el Partido Obrero Alemán. En 1924 esta organización obtuvo en las elecciones legislativas de mayo de 1924 el 6.9% y en diciembre de ese mismo año el 3%; es a partir de 1930 que comienza su auge entre el electorado alemán, alentado por el impacto de la crisis económica de 1929 y la incapacidad de Paul von Hindenburg de controlar el descontento social.

El programa político del Partido Nazi se pronunciaba en contra de: 1) la lucha de clases, 2) el gobierno parlamentario, 3) el sindicalismo, 4) los partidos políticos, 5) el Tratado de Versalles, 6) los judíos, rusos, así como otras etnias y grupos sociales y 7) el comunismo. Por otra parte, apoyaba al 1) nacionalismo y racismo, 2) al expansionismo, 3) al comunitarismo y 4) el liderazgo (en este caso el de Hitler) y al partido (es decir, el único legal: El Partido Nazi).

El apoyo, en distintos niveles que logró el aparato del nazismo, vino de sectores bien delimitados que, de buena o mala gana, atendieron al llamado del Führer: el ejército, la Iglesia, la burocracia, el empresariado, la clase media, agricultores y trabajadores desempleados. Es importante resaltar que, luego de la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, fue evidente que la vocación liberal de sectores de la población alemana no fue del todo acallada por el régimen nazi, de ello podemos inferir la lenta, pero constante recuperación de aquel país; sin embargo, los autores plantean una interrogante pertinente: ¿Cuáles son las perspectivas de futuro del autoritarismo?

Las prácticas xenófobas ocurren a distintitos niveles, incluso, sin que las reconozcamos en nuestro discurso o acciones. Autores como Karl Mannheim (Mannheim, 2004), han dedicado especial atención al papel que guarda la ideología en la vida cotidiana; de cómo ésta permanece en periodos bien delimitados pero, sin que ello implique su ruptura o disolución. Posterior a los regímenes fascista y nazi, otras corrientes ideológicas de marcada tendencia nacionalista o intolerantes, en el más amplio sentido de la palabra, han encontrado espacios de acción en el discurso y práctica política, por lo regular, son generalizadas en el concepto de «derecha».

Ante problemas concretos de sus respectivos países, señalan a grupos minoritarios como responsables y actúan contra sus derechos desde los marcos jurídicos o sociales como son el acceso a la educación, al empleo y la seguridad social. Países como los Estados Unidos, cuentan con grupos que se han pronunciado en contra de los derechos civiles de afroamericanos y, desde luego, en contra de la abolición de la esclavitud que llevó a la Guerra Civil americana en la segunda mitad del siglo XIX.

La derecha norteamericana encuentra sus antecedentes en el Know-nothing Party, creado en el año de 1820; el Ku Kux Klan (KKK) que irrumpió como una fuerza local para resistir a las medidas implementadas después de la Guerra Civil; para las décadas de los veinte y treinta del siglo XX, surge el movimiento encabezado por el extremista Charles E. Coughlin, de profunda influencia antisemita y en contra de las instituciones norteamericanas. La derecha americana, en contraposición a la «amenaza» comunista, también contó con organizaciones como la John Birch Society, creada por Robert H. W. Welch Jr., que incluso, denunciaba a la seguridad social como una variante del socialismo; sus ideas quedaron plasmadas en un documento titulado como el Libro azul de la John Birch Society.

Por otra parte, lo nacionalismos –nos dicen- constituyen y han demostrado ser uno de los vínculos ideológicos más resistentes que une a los seres humanos en comunidades políticas separadas. Sin embargo, tomemos en cuenta que la nación, la nacionalidad y el nacionalismo son conceptos enteramente distintos; un estado es una unidad política que ejerce un poder «supremo» a través de instituciones y en un espacio territorial delimitado. La nacionalidad denota una identidad política que, no necesariamente sea étnica pero sí, de forma parcial, cultural.

Como elementos característicos de una identidad nacional, podemos enunciar a la religión, el lenguaje, la etnicidad, la raza, un pasado común y el apego a un territorio. Subjetivamente hablando, la nación ocurre en la medida que implica la creación de un estado. Además, no existe una forma única o lineal de nacionalismo, sobre este, es posible hablar de uno de tipo tradicional, en el que encontramos los casos alemán, británico y norteamericano.

Es a partir de la Revolución Francesa que el concepto de Estado-Nación irrumpe con fuerza y comienza a perfilar el mapa político de Europa y el resto del mundo. A partir de entonces han sucedido tres olas de nacionalismo. La primera, como ya se ha dicho es a partir de la Revolución Francesa, la segunda comienza después de la Gran Guerra en 1918 con la desintegración de El Imperio austro-húngaro, así como del Otomano y la independencia de otros países como Finlandia, Estonia, Lituania, entre otros. La tercer ola comienza al finalizar la Segunda Guerra Mundial en países de África y Oriente Medio. A partir de la desintegración de la Unión Soviética, una cuarta oleada de nacionalismos ocurrieron conforme las ex repúblicas soviéticas fueron proclamando su independencia.

Para el caso de las ex repúblicas soviéticas, su conformación como entidades políticas autónomas, ha generado «limpiezas» étnicas –como en el caso de Yugoslavia- bajo el pretexto de una identidad nacional. Es decir, a diferencia de lo que creían los ideólogos rusos, el socialismo no hubo de sustituir a la falsa conciencia (Marx & Engels, 1985) de la nacionalidad; por el contrario, la reivindicación de una identidad nacional constituyó uno de los primeros pasos para su independencia política. En contraposición, el caso de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos, lejos de buscar instituirse en una nación independiente, ha reivindicado su derecho a ser parte de la unidad política del Estado, con los mismos derechos y obligaciones; esto, pese al sometimiento que este grupo social ha padecido. No por ello, los Estados Unidos no han estado exentos de la aparición de grupos separatistas que, en los términos de Macridis y Hulliung, encontró en Malcom X y las Panteras Negras experiencias y discursos de diferenciación respecto a los valores y liderazgo norteamericano, como era entendido en la década de los sesenta del siglo XX.

Por último, en contraposición a ideas nacionalistas y racistas, existen corrientes ideológicas que buscan cumplir con principios internacionalistas y cosmopolitas. En ellos, es dónde se han establecido principios de convivencia y una ética internacional, como fue planteada por filósofos como Kant y que, en general, reflejan el legado de las ideas ilustradas. Pero, no perdamos de vista que los nacionalismos continúan como un elemento de diferenciación política, cultural y económica ante la cual, muchos lideres y sus seguidores, continúan estableciendo límites que, al parecer, resultan infranqueables, por lo menos hasta que logremos desarrollar un auténtico discurso universal.

Referencias:

Macridis, R. C., & Hulliung, M. L. (1998). Las ideologías políticas contemporáneas: Regímenes y movimientos. Madrid: Alianza Editorial.

Mannheim, K. (2004). Ideología y utopía: Introducción a la sociología del conocimiento. México: Fondo de Cultura Económica.

Marx, C., & Engels, F. (1985). La ideología alemana. México: Ediciones de cultura popular.

Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Madrid: Espasa Calpe.

Sánchez-Vallejo, M. A. (2012, mayo 7). Aurora Dorada: «Hay que minar las fronteras para frenar la inmigración». El País. España. Recuperado a partir de http://internacional.elpais.com/internacional/2012/05/07/actualidad/1336396231_244302.html

Wallerstein, I. M. (1998). Impensar las ciencias sociales: Límites de los paradigmas decimonónicos. México: Siglo XXI : Universidad Nacional Autónoma de Mexico.

* Reseña: Macridis, Roy C. y Hulliung, Mark L. “Tercera parte. La derecha autoritaria. 8. Las raíces intelectuales del fascismo. 9. La ideología y el orden político de los nazis. Cuarta parte. Viejas y nuevas voces. 10. Los nacionalismos”: pp. 171-262. En Macridis, Roy C. y Hulliung, Mark L. (1998). Las Ideologías Políticas Contemporáneas: Regímenes y Movimientos. Madrid, Alianza Editorial.

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