Ese extraño matrimonio y una huelga como epígrafe a un amor de barro

¿Qué sería, pues, esta vida, si vida pudiese entonces llamarse, cuando quitaseis de ella el placer? Veo que habéis aplaudido. Ya sabía yo que ninguno de vosotros era bastante sensato, quiero decir bastante insensato, mas vuelvo a decir bastante sensato, para no adherirse a mi parecer

 Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura

 Cuando se me invitó participar como comentarista de Historia de un matrimonio extraño y Amada de barro, por la admiración, el respeto y aprecio que tengo por su autora, Amelia García de León o su pseudónimo, Amelia Santa Cruz, acepté sin miramientos.

Una vez formalizada la invitación, pasado un rato pensé: «¿Y qué puede decir un sociólogo sobre un trabajo literario? ¿Hacia dónde conviene orientar la lectura? Definitivamente —me dije— el valor estético o literario no son campos en los que pudiera verter una opinión ‘objetiva’; aunque la objetividad poco entiende de lo que el arte transmite». En fin, abandoné las pretensiones y me entregué a la lectura, en ella, encontré el sentido de estas palabras, cuando, casi al final de Historia de un matrimonio extraño, Desiderio y Adelita, los protagonistas de esa extrañes, ante la adversidad, evocan una máxima del teólogo holandés Erasmo de Rotterdam: «la felicidad consiste en desear ser lo que se es». Así, encontré en lo que soy, la mejor lectura que les puedo compartir: soy, somos y seremos lectores.

En algún lugar, el sociólogo Wright Mills, ante la complejidad de los cambios socioculturales ocurridos en la primera mitad del siglo XX, por efecto del capital industrial, señaló que las mujeres y hombres, como individuos, afrontan los problemas que estos cambios conllevan sin la posibilidad de comprenderlos; vivimos, dice, con la sensación de estar atrapados. Esa sensación, que va de lo general a lo particular, permea los ámbitos laborales, familiares y de convivencia. Cuando el campesino se convierte en obrero, el aristócrata es liquidado o torna en un hombre de negocios, es porque la estructura de la sociedad así lo ha determinado. Es, en esa coyuntura, cuando el drama de nuestra condición humana queda de manifiesto; es, además, el momento en el que el arte irrumpe ajeno y cómplice a la vez.

Las dos historias que conforman el libro, nos hablan de ese drama, de la transformación que está por ocurrir en la sociedad mexicana, de cómo la aristocracia rural afronta los cambios políticos, económicos y sociales; manifiestos en la toma de conciencia de la clase trabajadora, rural y urbana, que, ávida de equidad y justicia, volcó a las plazas públicas y organizó huelgas. Por momentos, aunque son historias distintas, amada de barro e historia de un matrimonio extraño podrían empatar, ocurrir de manera simultánea y convertirse en una sola historia, a la manera en la que Agustín Yáñez narró las vidas de sus personajes en Al filo del agua; comparándolas con las canicas que aún ruedan por las ferias.

Nuestra autora, con la reserva de estar equivocado, busca recuperar, retomar el género literario posrevolucionario del que Yáñez, para muchos, es iniciador. De esta manera, en ambas historias, encontramos las dos caras de ese momento de nuestra historia. Por un lado, la sociedad porfiriana, versada en la vida de grandes salones, viajes por Europa, diálogos en francés, inglés, paseos a caballo por las alamedas. Por la otra, las circunstancias de la clase trabajadora, la peonada, cuyo anhelo de ser, se ve truncado por los beneficios de la primera, en una lectura que hacemos desde el materialismo histórico.

La obra de arte literaria, es enteramente distinta en su origen a su existencia; como tal, el mundo del que se construye y en el que ocurre existe. Pero el mundo que contiene, el que significamos, no es producto de una mera interpretación o lectura personal, esto implicaría que no existe un sólo relato sino cientos, miles de relatos bajo el mismo título, autor o edición, la obra es una, original, en todos los casos irremplazable. Por tanto, las cualidades sociológicas de la obra existen, pero sólo en ella. La intencionalidad del relato se distingue en la medida que encontramos y apreciamos los objetos representados y construimos e interpretamos los esquemas que abonan a esa intencionalidad. Entre la segunda y tercer década del siglo XX, se desarrolló el trabajo del escritor chino Lu Hsun, quien sobre este debate apuntaba: “Hay quienes sostienen que la literatura tiene una gran influencia sobre la revolución. En cuánto a mí, lo dudo. La literatura es a fin de cuentas un producto del ocio que expresa la cultura de una nación”.

Lagos de Moreno, Jalisco a 25 de octubre de 2012. Casa Serrano

Amelia

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Publicado por

Raúl Valencia Ruiz

Profesor de sociología en Universidad Iberoamericana León.

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