Pez abismal (1977)

Pez abisal (La emergencia de nuestra condición humana)

Mucho hay de extraordinario en la condición humana, más aún en las maneras que se expresa. Borges, por ejemplo, encontró en el libro una extensión de la mente y la imaginación, expresión máxima de lo que puede concebirse como humano. Así, las artes plásticas, la danza, la música, pero también el trabajo, el comercio, la artesanía, en fin; todo aquello que, por sencillo o sofisticado, sublime o grotesco, artístico o mundano se nos muestre, llamamos cultura.

En nuestra posmodernidad, el arte ha adquirido una propiedad de la que ya alguna vez el filósofo y sociólogo alemán Walter Benjamin, en la primera mitad del siglo XX, advirtió: «hoy la preponderancia absoluta de su valor de exposición le asigna funciones enteramente nuevas, entre las cuales bien podría ocurrir que aquella que es para nosotros la más vigente —la función artística— llegue a ser accesoria» (Benjamin, 2003). El efecto de la «intervención» que Cecilia Giménez realizó a la pieza Ecce Homo, pintada hace un siglo por Elías García Martínez y resguardada en una iglesia de la comunidad zaragozana de Borja, España, ha venido a corroborar tan peculiar sentencia, el arte ha perdido el valor de culto que originalmente le envestía y, ahora también el artístico.

¿Es así? ¿La cultura de masas erigida en el siglo XX ha culminado con el proceso civilizatorio; al menos de la manera en que filósofos como José Ortega y Gasset (2005) lo entendieron? ¿No es —incluso— el nihilismo una expresión más de lo humano? En este ensayo, exploramos la implicación del arte en la constitución del mundo contemporáneo, al menos del que somos conscientes e intentamos conocer. Creemos en la importancia del arte y la función que cumple a escala societal e individual, pero a un nivel mercantil, aquello que hoy se nos presenta con valor artístico, ¿lo es en sí? O bien, ¿lo es por el escaparate en que se nos muestra?

Hacia finales de la década de los años noventa del siglo XX, la expansión del capital a escala global, a decir de la inclusión de los países y regiones otrora bajo el dominio del paradigma económico-político de la Unión Soviética, en una economía de mercado, fue definida como «globalización». En ello, ocurrió una gran crisis en el plano ideológico, político y, desde luego, económico. Sin embargo, el mayor cambio se aprecia en las manifestaciones culturales, artísticas de las sociedades periféricas, es decir, aquellas que no participan en la toma de decisiones sobre su papel en este nuevo orden global.

Presenciamos, sin saberlo quizá, un cambio de época. El legado de la modernidad, nos conduce hacia un nuevo estadío de la sociedad, justificado en el conocimiento y el dominio del entorno. Según Maurice Blanchard, «todo el pensamiento moderno, desde Descartes hasta Hegel y Nietzsche, es una exaltación del poder, un esfuerzo para hacer el mundo, concluirlo y dominarlo. El hombre es una gran potencia soberana a la medida del Universo, y, merced al desarrollo de la ciencia, al conocimiento de los recursos desconocidos que posee, es capaz de hacer todo y de hacer el todo» (Hsun, Lu, 2011). El poeta francés no se equivocó en su juicio sobre la búsqueda de poder, sin embargo, en lo concerniente a la cualidad del hombre o, en este caso el sujeto (aquel que su condición social, política y económica no le permite discernir cuestiones de esta índole); es decir, el hombre de nuestro tiempo ¿es tal potencia soberana?

La modernidad, un proyecto incompleto de Jürgen Habermas (1998), tiene como tesis central la interrupción del proyecto histórico de la Ilustración, tal como fue descrita por Condorcet y otros filósofos del siglo XVIII. La modernidad, desde el punto de vista cultural, distingue de la razón tres esferas autónomas: ciencia, moral y arte. Estas esferas específicas de saber, reemplazaron a las visiones unificadas de la religión y de la metafísica, hecho que posibilitó entonces la institucionalización del discurso científico, de las teorías morales, de la jurisprudencia, y de la producción y crítica de arte.

Para Habermas, la Gran Guerra y la segunda Guerra Mundial, la crisis ambiental y, en general, todos los acontecimientos que echaron por tierra los supuestos de que la Ilustración dotó a la modernidad, parecieran hechos incuestionables de su fracaso y, por tanto, evidencia de la urgencia por desarrollar un proyecto alternativo. Para este autor, empero, las ideas ilustradas bien merecen ser revaloradas. Sin embargo, no es nuestro propósito abonar a este debate, baste sólo señalar que en el plano histórico (¡de un proyecto histórico!), nos encontramos ante un problema de definición, tan complejo como el cúmulo de conocimientos logrados en los últimos años. Poca ciencia aparta, mucha nos devuelve.

La historia, nos muestra que en todo cambio de época, se aloja una fuerza transformadora, hay quienes la llaman revolucionaria, para otros, desde el punto de vista de la significación, le llaman iconoclasta. En la película Batman de 1989, dirigida por Tim Burton, el Guasón irrumpe en el museo de Ciudad Gótica y destruye obras como Lección de anatomía de Rembrandt, El niño azul de Thomas Gainsborough, Ballerine alla barra de Edgar Degas, el retrato inconcluso que Gilbert Stuart realizaba para George Washington, entre otras. Sin embargo, hay una que merece su compasión —dice: «I kind of like this once. Leave it». Se trata de Figura con carne de Francis Bacon. Personalmente, comparto la idea de la necesidad de un movimiento iconoclasta, capaz de cimbrar las buenas conciencias, ¿quién será el desquiciado que lo haga y cuáles son sus valores?

Con todo la anterior, no afirmamos o sugerimos que exista un arte bueno o malo, por el contrario, lo que afirmamos es que el arte tiene un valor en sí, que el espectador es quien se encarga de significarlo y, en ello, radica su trascendencia. Nuestro argumento, si hasta ahora no hemos logrado hacerlo patente, radica en la influencia que el entorno tiene sobre la capacidad del ser humano de interpretar, de sublimarse, de crear. El joven Marx, en su Contribución a la crítica de la economía política, afirmaba: «No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad, por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia». La «realidad» en la que ahora vivimos es polisémica, pero no de una manera inscrita a la los valores de la razón, si no en un sentido fragmentado, desasociado, anómico en la definición que Durkheim (1999) confirió al término.

Tal condición ha derivado en una multiplicidad de identidades, cada una con sus propios códigos y reivindicaciones, lo cual, ratifica la cualidad de lo humano. Pero desde un enfoque común, colectivo, todas estas manifestaciones sólo son aglutinadas por la escala comercial de aquello que las nutre, o bien, por su anhelo de ser. Nos referimos a que en términos prácticos, la adhesión a un determinado conjunto de valores, implica la negación de otros. Pareciera que, en nuestros tiempos, el único valor universal que la razón ha logrado instituir es la individualización.

Nos encontramos ante un sistema que, basado en valores «universales», nos invita a crear, a desarrollar nuestra capacidad, sea en el campo que sea; al final, si todo sale bien, si se es capaz de sublimar a un público, cualquiera, vendrán los grandes tirajes editoriales, los conciertos multitudinarios y la producción de álbums discográficos, la publicación de catálogos e inauguración de exposiciones en las más prestigiosas galerías, entiéndase las dedicadas a la comercialización. Porque, al final, ¿qué otro propósito encuentras?

No es nuestra intención ser fatalistas, aunque nos sobran casandras. Es el arte, el ámbito de la razón que mejor ha resistido los embates de la torcida modernidad en que hoy coexistimos. O, acaso, ¿no han sido las manifestaciones artísticas ferozmente reprimidas por distintos regimenes a lo ancho del orbe? ¿No son el teatro, la danza, la música una constante en los diversos eventos de protesta en las afueras de Wall Street, la Catedral de Cristo Redentor en Moscú, en las Favelas de Río de Janeiro, la Cibeles en Madrid o en distintas capitales en México? Hace algunos años, durante la cátedra de filosofía latinoamericana que recibí del maestro Eduardo Quintana, comprendí que es el arte el último rescoldo de lo humano, lo último que puede ser reprimido, porque el arte, como el caos, se vitaliza así mismo.

Sobre el Pez abisal. Es una litografía de 1977, creada por Rubén Díaz Barriga Orozco. En ella, se aprecia un pez abisal, de trazos firmes y en un entorno ambiguo, como las profundidades en donde esta especie habita. Ese abismo, de donde los evolucionistas suponen inició la vida, al igual que los principios teológicos de los creacionistas, representa la inmensidad de nuestro desconocimiento sobre nuestro propio origen, causa y fin. Sea por obra y gracia divina o la cualidad de organismos unicelulares, en ese trabajo, aprecio la esencia del debate sobre nosotros mismos, al final, el saber más aceptado, la tesis más creíble, es, para nosotros, un acto de voluntad, de negar toda razón por la fe, o por el contrario, afianzar la fe por obra de la razón.

En ese abismo nos encontramos, a la espera de emerger de nuestra propia condición humana, para ser, finalmente, sólo humanos.

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Bibliografía:

Baudrillard, J., Crimp, D., Foster, H., y Habermas, J. (1998). La Posmodernidad. Barcelona: Kairós.
Benjamín, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. México, D.F.: Itaca.
Diario El País.
Durkheim, É. (1999). La división del trabajo social. México: Colofón.
Hsun, Lu. (2011) Diario de un loco. México: CONACULTA.
Marx, K. (1970). Contribución a la crítica de la economía política. Madrid, Comunicación.
Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Madrid: Espasa Calpe.

 

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Publicado por

Raúl Valencia Ruiz

Profesor de sociología en Universidad Iberoamericana León.

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