Macbeth y los Movimientos Sociales

Si aceptamos el hecho que, durante los últimos treinta años del siglo XX y la primer década del siglo XXI, los distintos ámbitos de la sociedad —producción, trabajo, distribución, desarrollo, consumo, roles, género, familia, empleo, entre otras— se han visto transformados por efecto del avance y uso de las nuevas tecnologías. ¿Aceptamos con ello una transformación de la condición humana? Es decir. ¿La subjetividad que caracteriza al sujeto o al individuo también se ha transformado y, con ello, somos seres sociales, cognoscentes distintos? ¿Más racionales? Pensemos, por ejemplo, en las comedias o tragedias clásicas o shakesperianas. ¿Habría diferencia si Ajax hubiera tornado en cólera por no obtener el rifle y la pistola de Aquiles, en lugar de su espada y escudo? ¿Hoy en día es impensable un magnicidio como el cometido por Macbeth? Dejemos la literatura y volvamos al mundo de lo social.

En los albores del siglo XIX una serie de acontecimientos inauguraron la modernidad. En ella, o la par de ella, como en nuestros días, se desarrollaron nuevas tecnologías producto del azar (las más novedosas), o por el conocimiento científico cada vez más recurrente por la organización de academias y universidades al interior del moderno estado nación, y que compartieron, como en nuestros días, escenarios de pugnas por el control de éste. En este escenario, la observación y estudio de estos hechos, por interés ideológico o académico, dio origen a la sociología y las ciencias sociales en general. De los primeros estudios que nuestra disciplina considera como clásicos, hasta nuestros días, algo hemos aprendido sobre las revoluciones. Que éstas ocurren por la acción de sectores o grupos de la sociedad, que se encaminan hacia la toma del espacio público, que éste radica en el Estado Nación y que éste existe en función del devenir histórico de las sociedades que lo integran, respecto así mismas y respecto a otras sociedades y estados nacionales. Manuel Castells nos ofrece una definición de movimiento social: “las acciones colectivas conscientes cuyo impacto, tanto en caso de una victoria como de derrota, transforma los valores y las instituciones de la sociedad” (Castell, 2000, p. 25).

Observar a los grupos volcados a la toma o transformación del espacio público, y los acontecimientos derivados de ello, ha enriquecido ampliamente a las ciencias sociales y, desde nuestra perspectiva, continuará haciéndolo en la medida que nuevos enfoques y nuevas formas de acción social, por efecto o a través de nuevas tecnologías, irrumpan en nuestras sociedades. Para ello, el sentido de la acción de la movilización constituye un elemento fundamental para entender la causa que origina un movimiento social. Entendemos por sentido la siguiente definición: “La identificación simbólica que realiza un actor social del objetivo de su acción”; y en ella se construye identidad: “La construcción de identidades utiliza materiales de la historia, la geografía, la biología, las instituciones productivas y reproductivas, la memoria colectiva y las fantasías personales, los aparatos de poder y las revelaciones religiosas” (Castell, 2000, pp. 29–34). Sin embargo, poca atención hemos brindado a la organización de estas experiencias. Los pensadores decimonónicos buscaron en las ideologías y en el desarrollo las causas de las movilizaciones; encontraron en la “conciencia” y en la “racionalidad” explicaciones sobre el sentido de las protestas sociales. Durante el siglo XX, concedimos a nuestro análisis la flexibilidad de incluir la “subjetividad” de los sujetos involucrados en las protestas, incluimos las “funciones” y “significados”, la “memoria” que en lo individual o en lo colectivo se guarda de la acción; pero, contamos con poca información sobre la manera en que se organiza y ejerce la protesta, sea a niveles locales, regionales o nacionales.

¿Qué ocurre con un movimiento social una vez que el Estado se transforma? ¿Puede un movimiento social trascender el ámbito de la movilización, para permanecer, como una fuerza ideológica capaz de revitalizarse a sí misma? ¿Qué relación guarda la institucionalización de un movimiento social con la base social que lo forma?

El resultado electoral de 2000 en México, mostró la capacidad de los movimientos sociales y el efecto de éstos en la evolución de un sistema político, de cómo los movimientos convierten sus estrategias de movilización y, con ello, cambian ellos mismos. Para políticos y analistas del “nuevo régimen”, y descrita en el Plan Nacional de Desarrollo (PND 2001-2006), inauguró la “transición política”. Entendida como la conclusión del periodo hegemónico que, desde 1929 ejercía el Partido Revolucionario Institucional (PRI) como partido de estado, frente a la coalición que encabezó el Partido Acción Nacional (PAN) junto con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Esta transición supone la alianza de fuerzas de oposición, políticas y sociales, en busca de la concreción de un “nuevo régimen”: “El cambio se inició en niveles locales y regionales con la alternancia en los cargos de elección popular en municipios y en las entidades federativas, así como con frecuentes situaciones de gobierno sin mayoría en diversos estados” (México. Poder Ejecutivo Federal., 2001, p. 33).

En el discurso, el “nuevo régimen” postula la reivindicación de las luchas sociales sucedidas durante los 71 años que el PRI gobernó al país, el cambio iniciado “en niveles locales y regionales” alude a los primeros logros que electoralmente logró el PAN, como si éste hubiese sido la única experiencia de movilización social partidista opositora. Las exigencias de igualdad, inclusión y participación en el diseño y toma de decisiones del Estado mexicano, no han sido exclusivamente partidistas. Otras organizaciones, de izquierda y de derecha, desde la clandestinidad o a la luz pública, participaron en la transformación del sistema político. Algunas de ellas continúan en la actualidad y otras han dejado de existir. Consideramos que la “transición política”, fue posible sólo gracias a la disposición del régimen a transformarse, influido por la acción de individuos y grupos en diferentes momentos de la historia del país, no de un solo grupo o partido. Como señala Soledad Loaeza “el PAN sobrevivió al periodo autoritario porque no presentaba ninguna amenaza al PRI ni al Estado” (Mainwaring & Scully, 2010, p. 269). Por tanto, el análisis del PAN, por sí solo, no describe la relación entre individuos, sociedad civil y estado. Antonio Gramsci, en su estudio sobre la historia de las clases subalternas, sostiene que “la unidad histórica, por su concreción, es el resultado de las relaciones orgánicas entre Estado o sociedad política y ‹sociedad civil’” (Gramsci & David, 2008, p. 35); con ello, sugiere que todo esfuerzo por comprender y analizar el cambio en las sociedades, es necesario hacerlo a partir del resultado de esas relaciones; en el contexto de su obra, todo cambio en la sociedad, se lograba exclusivamente a partir de la toma del poder político, “la unidad histórica” es el estado y su historia está entrelazada a la historia de las clases dirigentes, las clases subalternas, por definición, no están unificadas y no pueden unificarse mientras no puedan devenir en “Estado”, convertirse en dirigentes.

El “nuevo régimen” ha significado la irrupción de nuevos movimientos sociales y el resurgimiento de otros que se creían agotados. En ello, la relación entre Estado e Iglesia ha adquirido especial notoriedad, por la influencia que ésta última ha logrado en ámbitos del espacio público. Como Fernando Calderón apunta: “El adversario, el blanco de la propuesta cívica, es el Estado, en cuanto administrador y garante del equipamiento colectivo” (Calderón Gutiérrez, 1995, p. 53); es, por tanto, a través del Estado que la Iglesia Católica en México ha recuperado espacios perdidos durante el siglo XX y, en buena medida, muchas de las protestas actuales (a favor o en contra) son efecto de este hecho.

¿Cómo se articula la relación entre el sistema de participación política y un movimiento social?

Desde la década de los setenta del siglo XX, se comenzó a observar aspectos que, poco o ningún interés, había mostrado la investigación sobre las protestas y movimientos sociales. La observación empírica, mostró la conjunción de varios elementos para la realización de la protesta social y la activación de movimientos sociales. Estos son las oportunidades políticas, las estructuras de movilización y, un aspecto aún menos estudiado, los procesos enmarcadores. Diether Rucht propone que: “Las formas de protesta son influenciadas, mas no determinadas por las estructuras de movilización. Solamente un análisis más amplio que, entre otras cosas, también tome en cuenta las oportunidades políticas, tiene ocasión de proporcionar una explicación más satisfactoria de la evolución de formas y de tácticas de grupos de protesta” (Dieter Rucht, s. f.). Este mismo autor, observa que: “Comparado a la riqueza de información relativa a acontecimientos de protesta, los datos sobre la organización de la protesta son escasos” (Dieter Rucht, s. f.).

Desde este paradigma teórico, podemos comprender las causas por las que los movimientos sociales se forman, adquieren capacidad de negociación y cómo en otros momentos la pierden. Nos enfocamos en los cambios de la estructura institucional y en las relaciones informales de poder de un sistema político, puesto que, se concibe a los movimientos sociales como “un conjunto de opiniones y creencias en una población que representa preferencias para cambiar algunos elementos de la estructura social y/o la distribución de recompensas en una sociedad” (McCarthy y Zald, 1977).

Desde la óptica de las Oportunidades Políticas y todo el paradigma teórico del que se desprende, podemos comprender las causas por las que los movimientos sociales adquieren capacidad de negociación y cómo en otros momentos la pierden. Esta teoría apunta hacia los cambios en la estructura institucional y en las relaciones informales de poder de un sistema político (McAdam, McCarthy, Zald, & Chaparro, 1999, pp. 71–99).

En suma. Suponemos que el estado actual de la sociedad y el estado mexicano se encuentran en un momento de crisis, que esta comienza a partir de la Reforma Política de 1977 y no con las elecciones del año 2000. Proponemos que la estrategia del “nuevo régimen”, basada en un sistema de representación partidista y de instituciones políticas, no ha sido suficiente para lograr la inclusión de todos los ámbitos de sentido y significado para la vida en sociedad en México, ahí la continuidad de movimientos sociales.

Los movimientos y las protestas sociales no sólo persiguen cambios revolucionarios, también ocurren en función de aspectos muy específicos de su realidad, lo que nos lleva a suponer que éstos no pueden ser entendidos desde perspectivas exclusivamente clasistas, étnicas, comunicativas o culturales. Sobre esta cuestión, Castells considera: “La construcción de sujetos, en el núcleo del proceso de cambio social, toma un camino diferente al de la modernidad y modernidad tardía ‹los sujetos, cuando se construyen, ya no lo hacen basándose en las sociedades civiles, que están en proceso de desintegración, sino como una prolongación de la resistencia comunal’”. Por tanto, se requiere de un modelo teórico capaz de explicar no sólo las causas y los efectos de la movilización; además, es necesario contar con las herramientas conceptuales, aplicadas a situaciones empíricas, que den cuenta de su instrumentación y alcances en la evolución de su entorno y de éstos (los movimientos) respecto a la estructura con la que antagonizan.

Macbeth, en su subjetividad atendió a las “hermanas fatídicas” para cometer un crimen y erigirse como Rey, con ello crea una guerra civil. Para derrocarlo, Malcom no sólo requirió de la acción individual y conjunta de todos sus soldados en lo bélico, requirió, además, trasladar el bosque de Birnam completo. ¿Cómo formó, adiestró, trasladó, alimentó, organizó e instruyó a su ejército? Shakespeare no nos lo dice.

Responder a este tipo de cuestiones es cuando podremos ofrecer alguna contribución novedosa a nuestra disciplina.

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