Los objetos representados en «En verdad os digo» de Juan José Arreola

Sin embargo, toda interpretación es revocable; no hay símbolo sin interpretación, pero no hay interpretación sin impugnación

Gloria Prado G. Neohermenéutica y teoría literaria

A manera de introducción, una reflexión personal. Hace algunos años, durante un viaje en autobús procedente de la ciudad de Guadalajara con destino a Colotlán, Jalisco, con el propósito de participar en lo que sería el primer encuentro del «Seminario permanente de estudios de la Gran Chichimeca», compartí el asiento con uno de los organizadores del foro. El doctor Andrés Fábregas Puig, en aquel entonces coordinador del doctorado en ciencias sociales de El Colegio de Jalisco, me hablaba sobre la antropología, sobre la importancia de ésta y sobre la tradición académica en la que él se había formado. Me explicaba que los primeros estudios antropológicos en México datan del periodo colonial, mucho antes de que la disciplina existiera y, eran realizados fundamentalmente por los monjes franciscanos como estrategia de evangelización.

Como la conocemos ahora, la antropología llegó de la mano de antropólogos como Robert Redfield y Ángel Palerm. Las comunidades indígenas del centro y sur de México fueron el centro de atención para muchos antropólogos; así, comenzaron los primeros estudios académicos y pronto fueron creados centros de investigación y áreas o departamentos en las universidades, todo esto concentrado, casi exclusivamente, en la Ciudad de México. ¿Qué pasaba en otras partes del país? Lo que pasaba, me dijo, es que la literatura cubría desde hace mucho lo que la antropología ahora se propone. El llano en llamas de Rulfo, La Feria de Juan José Arreola, Los de abajo de Mariano Azuela, por ejemplo, contienen la esencia de lo que la antropología busca, conocer las formas, los sentidos, el lenguaje que constituye y perfila a las sociedades, determinándolas y definiéndolas en sí mismas.

Para el lector, conocedor de la literatura jalisciense a la que nos referimos, parcial o totalmente puede aceptar el valor antropológico de la obra literaria; sin embargo, esta afirmación ¿coincide con lo que los estudios literarios demuestran sobre la obra de arte literaria? ¿Podemos atribuirle elementos no contenidos en ella o que le son ajenos? En este ensayo nos proponemos aproximarnos al valor de la obra de arte literaria, desde el enfoque propuesto por Roman Ingarden en lo concerniente a los objetos representados. Nos remitimos a un ejemplo propuesto por este autor para mostrar la importancia de estos objetos y, en ello, la conexión entre el valor antropológico que nos proponemos encontrar, si es que lo existe: “Por ejemplo, si en un pequeño poema un solo objeto se representa en un solo conjunto o en una sola situación, con todo y ello se sigue representando como algo existente en una totalidad existente y objetiva: un trasfondo determinado en un grado mayor o menor, que junto con los objetos representados constituye una esfera óntica, siempre está presente”. Consideramos que es en el trasfondo donde podemos encontrar una respuesta, ese trasfondo que se nos presenta tenue, pero claramente definido e intencional, para ponerlo en términos propios a la obra de arte. Porque es en esa realidad objetiva donde la obra obtiene sentido, siendo autónoma a la vez.

Para profundizar y delimitar nuestro interés y análisis, partimos de la siguiente premisa: Ideológicamente hablando, el conservadurismo, entendido como el apego y observancia de la doctrina social de la iglesia católica, es una práctica cultural inherente a amplios sectores de la sociedad jalisciense. Que ésta es manifiesta en «productos culturales», tales como la literatura consciente e inconscientemente. «En verdad os digo», uno de los relatos que conforman el Confabulario que Juan José Arreola publicó en 1963, sin mencionar directamente la Biblia, desde su título alude a una de las parábolas de Jesús, descrita por Mateo el evangelista: «En verdad os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». En él, encontramos el primer objeto representado. Pero antes, es conveniente ahondar aún más en nuestra premisa teórica y metodológica.

La propuesta de Ingarden, ante todo, es de carácter filosófico y profundamente fenomenológico pues a través de él, es posible descubrir el valor inherente de la obra de arte literaria. Metodológicamente hablando, Gloria Vergara nos recuerda que para determinar el valor, «que se revela con el mundo opalescente en el momento de la lectura, debemos partir de dos fundamentos básicos de la teoría ingardeniana». Se refiere a dos afirmaciones importantes: «la obra de arte es un objeto, y la obra de arte es complejamente estratificada [en este sentido] la obra literaria se origina en los actos creativos conscientes del autor. No debemos confundir su existencia con su origen». Para existir, la obra de arte requiere del lector, de otra manera no es más que papel impregnado de tinta en forma de caracteres. «En verdad os digo», es un objeto cuyo origen es enteramente distinto a su existencia, corresponde al lector significarlo y crearlo con el acto de la lectura. Es ahí en donde el carácter estratificado de la obra irrumpe, en el momento en que el lector dialoga, construye e interpreta la que el sujeto lírico expresa. En ello la significación de las parábolas, características del nuevo testamento, se presentan como el trasfondo, como el esquema que el lector descifra y significa, puesto que la cultura, la idiosincrasia en la que se ha formado, por lo menos en el 86% de la población católica en México, está altamente influenciada por la doctrina social de la iglesia apostólica y romana.

Si el autor practica o profesa cualquier doctrina política, ideológica o religiosa, ello no significa que la obra lo posea, ella cuenta con otra característica que es la intencionalidad. No debemos confundir, tampoco, entre ‹los objetos puramente intencionales› y los ‹también intencionales›. Sobre esto, Ingarden nos dice: «Los objetos puramente intencionales son ‹trascendentes’ con respecto a los actos correspondientes y, en general, a todos los actos conscientes en el sentido de que ningún elemento real (o momento) del acto es elemento del objeto puramente intencional y viceversa». Arreola, claramente distingue la intención del relato al inicio:

Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.

Así, sin mayor preámbulo, el sujeto lírico introduce al lector en el mundo de la ciencia y la teología; de la física y de la metafísica; del vasto universo que atañe a uno y a otro. El relato es claramente intencional, pero ¿de qué tipo? Cuando hablamos del «mundo opalescente», evocamos las propiedades de las piedras de ópalo; en su cuarta acepción el diccionario de la Real Academia Española, sobre ella dice: «Ópalo: que es casi transparente, con juego interior de variados reflejos y bellísimos colores». Para Ingarden, esta propiedad es análoga al efecto que produce la obra de arte literaria al momento de ser leída, así, como el ópalo luce y se presenta distinto a quien lo posé y admira, así la obra significa y estimula a través del pacto ficcional al lector; sin embargo, los objetos representados como la Biblia están ahí, si prestamos atención se revelan claros y hablan de la intensión del relato.

Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.

Gloria Vergara en Hermenéutica y Literatura: «¿Qué aprendemos de la ficción? Parece obvio que adquirimos, de las novelas y cuentos que leemos, creencias fácticas (o factuales) acerca del mundo en que vivimos. Estas creencias —creencias que son propuestas acerca de nuestra realidad—, por estar en forma de proposiciones pueden ser correctas e incorrectas». Un tipo u otro de proposición, nos muestra que la ficción puede ser tan objetiva como un experimento científico, tal como el experimento Niklaus, los aciertos y los errores están presentes en la ficción y en la ciencia, sólo que esta última requiere distanciarse de ellos para legitimarse mientras que la ficción se vale de ellos para proyectarse así misma en términos fenomenológicos. El programa lógico de Hegel, donde la sustancia se desarrolla como sujeto, nos ayuda a comprender cómo la ficción torna en sí misma; cómo las contradicciones que la integran la definen. No porque las contradicciones no alienten el desarrollo de la ciencia, sino por que la ciencia busca librarse de lo que le es contradictorio. Mientras, la contradicción y el acierto en la ficción son elementos inherentes al mundo contenido en el relato.

La doctrina social católica con su amplia tradición, en contraposición al mundo derivado de la energía atómica, aparecen representados en este relato. ¿Qué intención guarda vincular dos saberes, tradiciones y estilos de vida aparentemente antagónicos? Desde el juicio de Galileo, y a lo largo de la historia del mundo occidental, esta relación se muestra como difícil, tortuosa, imposible, por decirlo de algunas maneras, pero el relato construye un mundo metafísico en el que las diferencias de diluyen, para abonar al origen y propósito de ambas: El género humano. A través de los aspectos esquemáticos conocemos los objetos representados, el sujeto lírico nos habla desde una realidad traslúcida, objetiva respecto al mundo en el que ocurre el relato, nos corresponde significarla, pero para el lector esteta es obligatorio comprenderla. En La comprehensión Ingarden observa: “Tenemos que usar los distintos tipos de percepción para conseguir conocimiento de los distintos tipos de atributos del objeto”. Los atributos “resplandecen” dando cuenta del objeto que los proyecta, lo que es y no es ciencia, lo que es y no puede ser “piadoso” de la manera en la que el lector comprenda, más allá del valor estético y literario el valor del relato:

Como puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que peca de científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía no confirmado oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en Londres el eminente Olaf Stapledon.

En el mundo metafísico contenido en la obra que nos ocupa, coexisten el sujeto lírico, Arpad Niklaus, la señora Niklaus, Olaf Stapledon; en ellos, se manifiesta la síntesis de la experiencia humana concerniente a la doctrina social católica y el conocimiento sobre la energía atómica. El género humano, por lo menos el que pertenece al mundo occidental, está presente a través de Londres y Nueva York; el comité especial, las sociedades protectoras de animales y zoológicos; los ricos, los obreros, los técnicos, los gerentes, los charlatanes. Y, desde luego, la aguja y el camello. Al respecto Ingarden nos dice: “Cada objeto, persona, cosa, evento, etc., presentado en una obra literaria contiene un gran número de estos lugares de indeterminación, especialmente en las descripciones de lo que pasa a personas y cosas”. Los “lugares de indeterminación” es un concepto fundamental en la obra de Roman Ingarden, se refiere a todo aquello que no está específicamente determinado en el texto. Es decir, el esquema y los estratos a partir de los cuales el lector crea una significación de la obra. Sobre la indeterminación, recuperamos la siguiente cita de Ingarden:

(1) cada objeto real es determinado inequívoca y universalmente. […] (2) Todas las determinaciones de los objetos reales constituyen una unidad primaria concreta. (3) Cada objeto real es absolutamente individual […] En consecuencia: el objeto representado, que es ‹real’ según su contenido, no es, en el sentido estricto del término, un objeto individual inequívoca y universalmente determinado que se constituye en una primera unidad; más bien, es solamente una formación esquemática con puntos de indeterminación de distintos tipos y con un número infinito de determinaciones positivamente asignadas a ella, aunque formalmente esté proyectada como un objeto individual plenamente determinado y se espera que simule tal individualidad.

Hasta ahora, algo hemos encontrado en “En verdad os digo”. Por encima de respuestas psicologistas a la interpretación que damos a la obra, los esquemas representados, como lo muestra la cita anterior, son reales, en la medida que se construyen a partir de una realidad existente, objetiva, pero esa realidad lo es de manera esquemática, representada, aunque se trate de un objeto único, original. Silvia Ruiz Otero en su estudio “Las cualidades metafísicas en la obra de arte literaria, según Roman Ingarden” nos ayuda a comprender la propuesta ingardeniana y nos aproxima a una respuesta a nuestro diálogo con Arreola: “Nunca, sin embargo, podremos definirlo como se definen los fenómenos en las ciencias; son experiencias que no apelan sólo a la razón, sino a la totalidad de nuestro ser”. ¿Podemos hablar de una cultura o ideología conservadora, contenida en el texto de Juan José Arreola? La pregunta, siquiera, ¿puede enunciarse de esa manera?

Como tal, la literatura contiene todos los mundos posibles que le son dados por el autor, “En verdad os digo” contiene, de forma esquemática, representada, al mundo de la ciencia atómica, la filantropía, la doctrina social de la iglesia católica, pero ello no muestra que el autor o la sociedad de la que proviene profesen o militen ideología o creencia alguna. Sólo habla de sí misma, del mundo, “de la esfera óntica” en los términos que el filósofo alemán Heidegger confiere al término. El conservadurismo, como líneas arriba lo definimos, existe en ese mundo metafísico, pero en nada describe la realidad objetiva de la que parte. Como tampoco el conocimiento atómico existe en función de lo que el relato habla de él, pero existe contenido en él y lo dota de sentido, significa el relato para que el lector lo aprecie en su sencilla complejidad o lo interprete sólo como el transfondo a partir del cual se nutre el relato, de la misma manera como ocurre con la doctrina social.

Así, los esfuerzos de Niklaus, la aguja y el camello, contienen todos los objetos representados en la obra; los esquemas de los que el sujeto lírico habla sin profundizar en ellos, construyen el relato, independientemente de cualquier “cualidad” del autor o del mundo del que éste proviene. El relato es intencional en la medida que esa intención se orienta en construir un mundo metafísico posible en los que la ciencia y la teología se conjugan para un propósito común, sea cual sea el resultado puesto que:

Si Arpad Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la aguja), aunque el camello no pase.

La obra de arte literaria, es enteramente distinta en su origen a su existencia; como tal, el mundo del que se construye y en el que ocurre existe, si no fuera así, estaríamos ante un autor extraordinariamente original. Pero el mundo que contiene, el que significamos, no es producto de una mera interpretación o lectura personal, esto implicaría que no existe un sólo relato sino cientos, miles de relatos bajo el mismo título, autor o edición, la obra es una, original, en todos los casos irremplazable. Por tanto, las cualidades antropológicas de la obra existen, pero sólo en ella. La intencionalidad del relato se distingue en la medida que encontramos y apreciamos los objetos representados y construimos e interpretamos los esquemas que abonan a esa intencionalidad. Entre la segunda y tercer década del siglo XX, se desarrolló el trabajo del escritor chino Lu Hsun, quien sobre este debate apuntaba: “Hay quienes sostienen que la literatura tiene una gran influencia sobre la revolución. En cuánto a mí, lo dudo. La literatura es a fin de cuentas un producto del ocio que expresa la cultura de una nación”.

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Publicado por

Raúl Valencia Ruiz

Profesor de sociología en Universidad Iberoamericana León.

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