Rousseau en Wall Street*

El «buen salvaje» como arquetipo de los «indignados»

 Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío

Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

En diferentes plazas públicas de ciudades como Buenos Aires, Francfort, Los Ángeles, Madrid, Ciudad de México, Nueva York, París, Roma, Santiago de Chile, São Paulo, Sidney, Tokio, Washington, entre otras, miles de personas se han congregado (algunas por horas, otras han decidido acampar y permanecer en ellas), con la intensión de protestar contra los bancos y los políticos, a los que acusan de provocar la crisis de la economía global y condenar a millones de personas al desempleo y la pobreza. Estas manifestaciones, fueron realizadas de manera simultánea el 15 de octubre de 2011 y, tienen como referente inmediato las acontecidas el 15 de mayo de 2011 (15-M) en Barcelona y Madrid, España. Autonombrados como «indignados», mujeres y hombres, niños, jóvenes, adultos y ancianos reclaman un cambio de sistema profundo. Que la democracia actual no funciona. Que precisa de una revisión urgente. Destaca el hecho que las ciudades donde se registran estas congregaciones, son de países de primer mundo y de economías emergentes; es decir, aquellas que participan de forma directa en el sistema financiero internacional, representado por la actividad bursátil en Wall Street. La desigualdad llama a sus puertas; ésta, se torna visible y se presenta como elemento común en el discurso y como causa de estas movilizaciones.

Como tal, la desigualdad no es un fenómeno exclusivo de la posmodernidad; ésta, ha estado presente en diferentes momentos de la historia de las sociedades humanas. Sin embargo, el alcance que hoy en día ha logrado, ha llegado a sectores de población hasta entonces «ajenos» a la exclusión, que la acumulación de capital a gran escala ocasiona. Jean-Jacques Rousseau, avizoró el impacto que la desigualdad ocasionaría en el naciente sistema mundo y, en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, nos legó una herramienta para entender la coyuntura contemporánea. Por ello, partimos de los acontecimientos actuales, para aproximarnos al discurso. El «buen salvaje» de Rousseau, se muestra como arquetipo de los «indignados» y su relación con la desigualdad. La Real Academia Española define «arquetipo», en una de sus acepciones, como: «Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad».

En su discurso, Rousseau concibe dos tipos de desigualdad: «una, que llamamos natural o física (…) y que consiste en la diferencia de edades, salud, fuerza corporal y de las cualidades del espíritu o del alma». El ser humano, previo a su organización en sociedades complejas, en su estado «natural» ninguna importancia brinda al trabajo, la familia o a su rol como individuo. Su existencia se orienta a la satisfacción de sus necesidades biológicas; por tanto, su supervivencia depende de sus cualidades físicas para cazar o ser cazado, para reproducirse o adaptarse a las transformaciones de su entorno. A diferencia de Hobbes –quien afirma que en su naturaleza el hombre es el lobo del hombre (homo homini lupus)–, Rousseau sostiene que el hombre «salvaje» carece de nociones como el odio, la envidia, el crimen, la autoridad y, por tanto, obra de manera que su propio bien es el bien de sus semejantes. A esta condición nos referimos cuando hablamos de «buen salvaje». El otro tipo de desigualdad es la «moral o política (…). Esta consiste en los diferentes privilegios de los que algunos gozan en prejuicio de los otros, como ser más ricos, más honorables, más poderosos que ellos o incluso capaces de hacerse obedecer». La organización del hombre en sociedad, en su origen y devenir histórico, se ha sustentado en la familia, el trabajo y la propiedad. Esta última, es el objeto del filósofo y a la cuál atribuye la causa de la desigualdad:

El primero al que, habiendo cercado un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró gente lo bastante simple como para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que, desenterrando los postes o rellenando el foso, hubiese gritado a sus semejantes: guardaos de escuchar a este impostor! ¡Estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie!

Del concepto de propiedad derivan el de pobreza y riqueza. Ser lo uno o lo otro, sólo es posible en sociedad; y no en función de las cualidades que en estado salvaje distinguían a los hombres. Ser pobre o rico depende del trabajo, de su escala e impacto en la vida organizada. En su origen, la sociedad logró el equilibrio entre el trabajo, la domesticación de animales, de las semillas y la vivienda. Cuando la fuerza o la astucia sustituyeron al trabajo individual, como proveedor de estas necesidades adquiridas, apareció la guerra, la esclavitud, la servidumbre. Es entonces cuando el hombre se siente despojado, se vuelve más fuerte su necesidad de vivir en sociedad, para resistir el embate de quienes pretender arrebatar sus bienes o bien, arrebatar los de otros. El autor, para ilustrar su idea evoca a John Locke: no podría haber injuria, allí donde no hay propiedad. Sin nombrarla como tal, Rousseau habla de una división social del trabajo, los hombres adquieren roles y posiciones; se da y se recibe estatus. Si tenemos un príncipe, es para que nos preserve de tener un amo.

Hasta este punto, hemos tratado de esbozar la idea central de Rousseau en su discurso; pero, ¿qué relación guarda –si es que la tiene– el «buen salvaje», anterior al surgimiento de la propiedad y disperso en las diferentes regiones del mundo, con los «indignados» de la llamada aldea global? Para dar respuesta, atendemos la pregunta que nuestro autor se plantea para describir la necesidad del gobierno de la vida en sociedad:

(…) ¿para qué han nombrado a hombres superiores sino para defenderlos contra la opresión y proteger sus bienes, sus libertades y sus vidas, que son por así decir, los elementos constitutivos de su ser?

(…) Las diversas formas de gobierno toman su origen de las diferencias más o menos grandes que se encuentran entre los particulares en el momento de la institución. (…) El tiempo verificó cuál de estas formas era la más beneficiosa para los hombres. Unos permanecieron sometidos únicamente a las leyes, otros obedecieron rápidamente a los amos.

Al igual que las primeras sociedades y formas de gobierno arriba descritas, los «indignados» y en general, quienes nos encontramos inmersos en la lógica del mundo occidentalizado, global, atravesamos una época de definición. En su momento, en el tránsito del estado natural al de la vida en sociedad, el «buen salvaje» adquirió una moral política, en la que sus necesidades biológicas trascendieron el orden natural y, para su satisfacción, fue necesario instituir la propiedad. La «libertad» fue entendida como el derecho de poseer o despojar a otros de bienes; cuyo monopolio y acumulación generan riqueza, la cual ocasiona la desigualdad. Esto definió las formas y tipos de organización política: democracias y monarquías por ejemplo. Los ciudadanos o súbditos, por voluntad o por la fuerza, suscribieron el establecimiento de la ley y del derecho, por acción u omisión definieron el cause de la institución de la vida en sociedad. El estado de rico y pobre, el de poderoso y débil y el de amo y esclavo ilustran los extremos de la desigualdad. En su acción ¿qué es lo que demandan los «indignados»? Dicen aborrecer la desigualdad. Observemos a quién dirigen sus demandas y, con ellas, qué valores reivindican.

Las movilizaciones, arremeten contra la clase política y financiera, a ellas también presentan sus  demandas: trabajo, educación, vivienda y no por que éstas, en algún momento, hayan sido bienes al alcance de los habitantes del orbe entero. En sus exigencias, al igual que otros movimientos de excluidos en diferentes momentos de la historia, los «indignados» rechazan el rumbo que el sistema político y económico toma. Al ser ciudadanos o habitantes de los países donde la propiedad y el acceso a bienes se encontraba garantizado por el Estado, rehusan la probabilidad de convertirse ellos mismos en excluidos. Exigen a su respectiva clase gobernante, reafirmar el pacto que da sentido a su existencia, garantizar a sus habitantes la «libertad» de poseer. Bajo la lógica del discurso, toda acción que vaya encaminada a preservar la propiedad, por definición, perpetúa la desigualdad. Es aquí donde encontramos la equivalencia entre el «buen salvaje» y los «indignados», lo que están dispuestos a ceder y lo que obtendrán de ello, habrá de definir el rumbo de la sociedad occidental. Rousseau, concluye diciendo que la desigualdad, al no ser parte del estado natural del hombre, sólo el espíritu de la sociedad y de lo que ella nace, es el que habrá de caracterizar su forma de organización y de gobierno. El consenso o la indiferencia permitieron la desigualdad; y la desigualdad tiene límites. Éstos, al ser alcanzados se expanden y trastocan la vida de cada vez más sociedades y entornos. ¿Cuál es el alcance de la ambición que genera la desigualdad entre los hombres? La misma que su voluntad permite, la misma que su sistema de organización económica, política y social exige para prevalecer frente a otros.

Tal es, en efecto, la verdadera causa de todas aquellas diferencias: el salvaje vive en sí mismo, el hombre sociable, siempre fuera de sí, no hace más que vivir en la opinión de los demás y, por así decir, únicamente del juicio ajeno toma el sentimiento de su propia existencia.

Si el movimiento de «indignados» no toma conciencia del alcance de su protesta, se corre el peligro de que la indignación termine evaporándose. El sistema económico imperante, ha reencontrado en las sociedades que le dieron origen nuevos «salvajes» qué civilizar; y esto, en verdad, es un problema tuyo y mío.

*Reflexión sobre «Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres». En: Rousseau, Jean-Jacques, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Buenos Aires, Argentina, Prometeo libros.

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