Res publica non dominetur (Lo que es público no puede ser privado)*

La Ilustración bajo la lógica Kantiana

Para Kant, la Ilustración significa la pérdida de la minoría de edad del «hombre»; misma que había sido celosamente resguardada por «los tutores, que tan bondadosamente, (…) cuidan muy bien a la gran mayoría». Una imagen poderosa que describe un elemento característico de la condición humana: la dependencia. La cual, consideramos, prevalece hasta nuestros días. De forma irónica, el filósofo habla de cómo el hombre renuncia a la capacidad de valerse de su propia razón; «si puedo pagar no me hace falta pensar: ya habrá otros que tomen a su cargo, en mi nombre, tan fastidiosa tarea». Una actitud que —dice— no es enteramente su responsabilidad, sino derivada del hecho de que, al ser un infante para las instituciones y valores anteriores a la Ilustración, nunca se le había permitido la aventura de entender al mundo por sus propios medios. Pocos son los que han logrado, por esfuerzo y mérito propio, superar esa incapacidad. La Ilustración, para el autor, permite que el público se ilustre por sí mismo y hasta, «si se le deja en libertad, es casi inevitable».

El valor de pensar por sí mismo, cuando no está acompañada de libertad, encierra un peligro para la gran mayoría o para los propósitos de la ilustración del público.

Mediante una revolución acaso se logre derrocar el despotismo personal y acabar con la opresión económica o política, pero nunca se consigue la verdadera reforma de la manera de pensar; sino que, nuevos prejuicios, en lugar de los antiguos, servirán de riendas para conducir el tropel.

Entendemos a la libertad como el instrumento por el cual la ilustración se ve realizada. Aquí, un aspecto de interés en esta reflexión: Kant construye la libertad a partir de la distinción entre el uso público y el uso privado de la razón: «el uso público de su razón le debe estar permitido a todo el mundo y esto es lo único que puede traer ilustración a los hombres». La expresión latina res publica non dominetur (lo que es público no puede ser privado), adquiere relevancia en la comprensión sobre el papel de la razón en las relaciones humanas. Al ser universal, pública, la razón se vuelve una cualidad innata del ser humano; para relacionarse con y descifrar su entorno. Es posible que en lo personal, cualquier ser humano decida normar su vida en función de la vida anterior al de las ideas de la Ilustración, sin embargo, «la simple y pura renuncia, aunque sea por su propia persona, y no digamos por la posteridad, significa tanto como violar y pisotear los sagrados derechos del hombre». La Ilustración, se presenta como la oportunidad histórica de construir valores que vayan más allá de ser una «buena» persona, por encima —incluso— de las creencias religiosas. Hablamos de la igualdad que otorga a los seres humanos saberse mutuamente como capaces. Ese es el alcance vislumbrado.

Para el año de 1784 Kant se pregunta: «¿es que vivimos en una época ilustrada?» contesta: «No, pero sí en una época de ilustración». Se refiere a la apertura que en materia de «libertad religiosa», la época de Federico** permite: «percibimos —dice— inequívocas señales de que van disminuyendo poco a poco los obstáculos a la ilustración general o superación, por los hombres, de su merecida tutela». De entre todas las tutelas combatidas por la Ilustración, la tutela religiosa es la más «funesta» y «deshonrosa». En este punto, el filósofo de Königsberg, orienta su análisis sobre la Ilustración en su relación con el Estado, en particular con el reinado de Federico II de Prusia.

(…) el criterio de un jefe de estado que favorece esta libertad va todavía más lejos y comprende que tampoco en lo que respecta a la legislación hay peligro porque los súbditos hagan uso público de su razón, y expongan libremente al mundo sus ideas sobre una mejor disposición de aquella, haciendo una franca crítica de lo existente; también en esto disponemos de un brillante ejemplo, pues ningún monarca anticipó al que nosotros veneramos.

La libertad religiosa constituye un elemento imprescindible para el cumplimiento de las ideas ilustradas. Esta libertad, deriva de la voluntad del ser humano para actuar bajo el árbitro de la razón y, además, en el marco que el Estado permite. Para Kant, el Estado, el gran tutor de la modernidad, se presenta como el garante de la libertad; en él, incluso los clérigos «en su calidad de doctores», reciben el beneficio de pensar libremente sin verse limitados o coptados por ningún «deber» u «oficio». En este sentido, no habrá de temerse a la censura o a censor alguno; ya que sólo aquellas ideas sustentadas en la razón, lograrán un lugar en el pensamiento del género humano. El Estado auténticamente libre, es aquel que puede convidar a sus ciudadanos a ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!. La fuerza de esta invitación, radica en el alcance de las ideas de la ilustración, o bien, en una paradoja: La Iglesia, mantuvo su control sobre los hombres a través de la espada de los príncipes laicos y por el poder de sus ministros para «atar o desatar» sus almas. La fuerza como argumento. Por ello, el Estado necesita de la Ilustración para cumplir su función; o bien, de la fuerza para mantener su control. El curso de las cosas humanas —nos dice Kant— lo encontramos siempre lleno de paradojas.

Kant, en su ética, nos dice que no importa si el hombre se siente cómodo o no con lo que hace. Existe una ley ética que le es innata y a ella debe apegarse en su actuar y la Ilustración es el momento histórico en el que adquiere conciencia de ésa ley y de su papel en sociedad. La libertad, le es dada, en primera instancia, por su propia decisión, por la inclinación y oficio de libre pensar y en busca de su propio desarrollo. En segundo lugar, por el Estado, ya que las cosas del «hombre», siempre están dadas bajo el arbitro la autoridad o del gobierno. Éste último, concluye el autor, encuentra compatible dar al hombre, que es algo más que una máquina, un trato digno de él.

*Reflexión sobre «¿Qué es la Ilustración?» de Immanuel Kant. En Kant, Immanuel, Filosofía de la Historia, FCE, México DF, 2010

**Federico II «El grande» (1712/1786).

 

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