The Wall Live (Ciudad de México 19 de diciembre de 2010, preámbulo)

Las ediciones dominicales de los periódicos capitalinos ofrecían muy poca información: una fotografía del emblemático egresado de Cambridge y nada más. «El miedo construye muros», apuntaba un titular que no decía más. Asumí que era mejor así, que debía acudir a la cita sin noción previa alguna, sin ningún antecedente sobre lo que podía o debía esperar.

El día fue ecléctico. Comenzó cuando súbitamente caminábamos por la Calzada de Tlalpan hacia el Eje Central. Hugo había acordado que desayunaríamos en casa de Carlos, pianista, arreglista y compositor, quien había padecido un revés en su salud y —como sucede en estos casos— las visitas de sus amigos le hacían tanto o más bien que los medicamentos prescritos. Nos recibió con buen semblante, el peor momento de su enfermedad había pasado y ahora se mostraba de buen ánimo y complacido de la visita; nos invitó a la mesa y el desayuno fue muy generoso, variado y delicioso. Cuando nos encontrábamos en la sobremesa, discutiendo el itinerario que seguiríamos, un llamado del timbre nos recordó que Alfonso y Lisset también partirían el pan con nosotros. Eran ellos. Alfonso había sido nuestro anfitrión el día anterior, abrió su casa para que descansáramos luego de cinco horas de viaje a la Ciudad de México y estableciéramos ahí la base de nuestro derrotero. Lisset (pareja de Alfonso) había insistido la noche anterior en que les acompañáramos a un salón de baile para demostrar nuestras cualidades «salseras», reto que quedó para mejor ocasión.

Carl Menger sostiene que una vez que los seres humanos satisfacemos nuestras necesidades más básicas (comer, dormir, etcétera) aparecen inmediatamente otras de un orden superior; podemos decir que este es el caso. Luego del desayuno y de levantar la mesa, el piano de Carlos se convirtió en el foco de atención de los jóvenes músicos. Un teclado «Korn» bien presentado, austero en su carcasa pero con teclas de peso, un sonido potente y claro. En ese momento el piano y Carlos se hicieron uno. Alfonso y el piano se hicieron uno. Hugo y el piano se hicieron uno. Alfonso y Lisset son uno.

Si tienes un hondo penar, piensa en mí; si tienes ganas de llorar, piensa en mí. Ya ves que venero tu imagen divina, tu párvula boca que siendo tan niña, me enseñó a besar. Piensa en mí cuando sufras, cuando llores también piensa en mí. Cuando quieras quitarme la vida, no la quiero para nada, para nada me sirve sin ti.

Sublime.

Lo dijo Einstein: «el tiempo sólo existe en nuestro reloj de pulsera», y del que disponíamos había expirado. Debíamos dirigir nuestros pasos hacia la terminal de autobuses del norte. Sería un recorrido largo en el trolebús, de ida y vuelta. Nos preocupaba el hecho de conseguir asientos para el viaje de regreso de la Ciudad de México y qué hacer con nuestro equipaje. Nuestro propósito: acudir a la segunda fecha del The Wall Live que ofrecía Roger Waters. Dudábamos de la pertinencia de presentarnos al Palacio de los Deportes con mochilas y aperos de viajeros. Optamos por utilizar el servicio de «guardaequipaje» de la terminal de la que partiríamos y proseguir el resto de nuestra jornada libres de bultos.

Hacía dos horas que el sol había abandonado el cenit y aún no había podido entablar comunicación con Tonio; había dado por hecho que no podría saludarle y charlar un poco. Tonio es un colega sociólogo y un extraordinario amigo, dedicado a la defensa de los Derechos Humanos, que en estos tiempos tan aciagos es un auténtico acto de congruencia y compromiso. Comimos un pozole que la más versada de mis tías en la materia envidiaría. Previo, nos habíamos encontrado en uno de los tantos cruceros que existen en la Ciudad de México, Eugenia y Eje Central. En compañía de Ricardo, Tonio acudió a nuestro encuentro en una pick up Chevrolet S-10 en perfecto estado. De un salto estábamos en la caja del vehículo y fuimos por el Pozole.

El recorrido fue breve pero ilustrativo, nunca había experimentado circular por las calles y avenidas del Distrito Federal en el cajón de una camioneta, lo he hecho en metro, trolebús, combi, micro ¡y hasta en bicicleta! pero nunca de esta forma. Ricardo es también un gran amigo tapatío, colaborador de la organización para la que trabaja Tonio y había acudido a la ciudad para recibir alguna información. Por lo que mi sorpresa y gusto fue doble, hacía tiempo —años— que no había ocasión de un encuentro tan afortunado.

Hablamos de los amigos, de las parejas, de los temas de coyuntura y de otros que, desafortunadamente, estimados lectores no puedo contar. Finalmente, se nos ofreció llevarnos al Palacio de los Deportes, sede del concierto, que comenzaría en un par de horas. Debo confesar que luego de la comida, ya sin tanta agilidad —trabajosamente, digamos— retomamos nuestros lugares en el cajón. Fue un recorrido vertiginoso, mejor que metro, combi, micro, trole o bicicleta.

Las condiciones del tráfico exigieron una despedida fugaz, a medio paso de avenida Churubusco, para después dar paso al ingreso. Ahí estaba, el domo del Palacio.

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Publicado por

Raúl Valencia Ruiz

Profesor de sociología en Universidad Iberoamericana León.

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