Mujeres en su contexto social*

Parto de las ideas publicadas por José Revueltas en su libro México: una democracia bárbara para esgrimir, lo que a mi juicio, es el origen de la moderna desigualdad entre hombres y mujeres. Nuestra sociead, producto del hecho histórico del colonialismo, e inmersa inobjetablemente en el canon del mundo occidental está altamente influenciada por el pensamiento político burgués que en su fase de ascenso revolucionario, la clase de la burguesía aparece en la escena histórica para inaugurar una época nueva. Es nada menos que la impetuosa, audaz, valiente, irreductible burguesía de la revolución francesa, que extrajo, desde el fondo de las entrañas sociales hasta la estremecida superficie de los acontecimientos históricos, a hombres de la impresionante talla de los Robespierre, los Marat, los Saint-Justs, los Desmoulins. La clase que estos hombres representaban se había propuesto barrer el pasado hasta sus últimos vestigios; eran una clase y unos hombres que edificaban, con los materiales vivos y sangrantes de la historia, las bases de una nueva sociedad. Ésta era la tarea en su etapa heroica, la tragedia en todo su espléndido patetismo, pero la misma sociedad nueva cuyos cimientos se establecían en medio del sobrecogedor derrumbe del viejo edificio social no iba a tener por su parte nada osado, ni de espectaculares proporciones trágicas.

Aquellos hombres del periodo jacobino de la revolución, y por descontado, la misma clase burguesa de que eran jefes, se habían visto en la necesidad, ante la carencia de un lenguaje político propio, que no se inventaba aún, de valerse de palabras -y no sólo esto, sino también estilos de vida, costumbres, arte, instituciones políticas y hasta modas en el vestir de las mujeres- que no eran las suyas. Para ganarse al pueblo en la lucha por el establecimiento de la nueva sociedad, los jefes jacobinos de 1793 tenían que remitir los precedentes de ésta a los ejemplos ecuménicos de otras sociedades del pasado. Se trataba, no de instaurar un régimen capitalista de producción de mercancías, no, sino de restaurar en toda su grandiosidad cívica, moral, filosófica, bajo la sagrada égida de la razón, la antigua República romana.

La Eneida, epopeya latina en la que se describe el mito fundacional de la estirpe romana, escrita en el siglo I a.C. por Publio Virgilio Marón, más conocido como Virgilio, aporta una característica, hasta la fecha atribuida exclusivamente a la mujer:

[…] «Hijo de una diosa, ¿y puedes dormir en este trance? ¿no ves los peligros que para lo futuro te rodean? Insensato, ¿no oyes el soplo de los Céfiros bonancibles? Resuelta a morir, Dido revuelve en su mente engaños y maldades terribles y fluctúa en un mar de iras. ¿No precipitas la fuga mientras puedes hacerlo? Pronto verás la mar cubrirse de naves y brillar amenazadoras teas; pronto verás hervir en llamas toda la ribera si te coge la aurora detenido en estas tierras. ¡Ea, ve! ¡no más dilación! La mujer es siempre voluble.» Dicho esto, se confundió con las sombras de la noche.
Virgilio,
La Eneida

«La mujer es siempre voluble» sugiere Mercurio, el de los pies ligeros, al progenitor del pueblo romano, sentenciando con ello un defecto -acaso una cualidad – de la mujer, que la convierte en un ser poco confiable. Es por ello que las contradicciones del mundo occidental, producto de la Revolución francesa, con respecto a la mujer, son tan profundas. Eduardo Galeano, una de las personalidades más destacadas de la literatura latinoamericana, en su último libro Espejos/ Una historia casi universal, evoca el trágico desenlace de Olympia:

Son femeninos los símbolos de la revolución francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.
Pero la revolución proclamó la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, la guillotina le cortó la cabeza.
Al pie del cadalso, Olympia preguntó:
Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?
No podían. No podían hablar, no podían votar.
Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de estado.
Y la guillotina volvió a caer.

Más adelante, Galeano dedica otra reflexión en torno a la mujer, con otra Revolución en contexto, la mexicana:

Mandaba la tradición que los ombligos de las recién nacidas fueran enterrados bajo la ceniza de la cocina, para que temprano aprendieran cuál es el lugar de la mujer, y que de allí no se sale.
Cuando estalló la revolución mexicana, muchas salieron, pero llevando la cocina a cuestas. Por las buenas o por las malas, por secuestro o por ganas, siguieron a los hombres de batalla en batalla. Llevaban el bebé prendido a la teta y a la espalda las ollas y las cazuelas. Y las municiones: ellas se ocupaban de que no faltaran tortillas en las bocas ni balas en los fusiles. Y cuando el hombre caía, empuñaban el arma.
En los trenes, los hombres y los caballos ocupaban los vagones. Ellas viajaban en los techos, rogando a Dios que no lloviera.
Sin ellas, soldaderas, cucarachas, adelitas, vivanderas, galletas, juanas, pelonas, guachas, esa revolución no hubiera existido.
A ninguna se le pagó pensión.

Tal vez esta actitud hacia la mujer era solo una característica del «amor a la mexicana» en su forma más pura. Al respecto, José Revueltas dice: Amamos «a la mexicana», es decir, con la entrañable ferocidad de dulces homicidas virtuales o en potencia, no ya sólo en el caso obvio del marido y la mujer que de consuno -como si se tratara de un sacrificio ritual ofrecido a quién sabe qué tenebrosas deidades- asesinaron al amante de la segunda, en demostración del amor más tremendo e inaudito, sino aun en el caso del insospechable caballero que por la mañana preside una reunión del consejo de su compañía, y por la noche casi mata a golpes a su querida; no, a su esposa no, de ningún modo, ella es algo diferente, tal vez casi un ser humano.

*Charla ofrecida en el Panel Mujer y contexto social, Centro Universitario de Los Lagos, 9 de marzo de 2009

Publicado en periódico de difusión universitaria Rapsoda

Publicado en elPeriódico de Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco

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4 comentarios en “Mujeres en su contexto social*”

  1. la mujer es lo mas maravilloso en mi parecer… por que ? porque gracias a ellas Nosotros estamos ocupando un lugar en est mundo . El hombre tal vez es algoo menos preciado por que ya esta perdiendo valor en la forma en que ellos se comportan RECUERDEN ustedes Hombres Valoren a la mujer que esta a su lado por que sin ella ustedes no vivirian mas .

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