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La cueva del Cíclope

Odiseo en la cueva de Polifemo, Jacob Jordaens, primera mitad del siglo XVII.

Inobjetablemente las formas y el modelo de producción adoptado, implementado y reestructurado a lo largo del siglo XX y principios del XXI, afrontan un auténtico momento de crisis estructural que posibilita la erradicación del mismo; sin embargo, para los líderes del mundo occidental abandonar el modo de producción capitalista no es una alternativa. Pese al empeño de innumerables teóricos orgánicos por convencernos de lo contrario -entre los que destacan los defensores de la teoría sistémica como Niklas Luhmann (1927-1998)-, el capital es el producto de relaciones sociales de explotación. El capital se moviliza por una inexorable lógica de generación de ganancias, cualesquiera sean los costos sociales o ambientales que ésta demande. A fin de maximizar las ganancias e incrementar la seguridad de largo plazo el capital viaja por todo el mundo, y es capaz de establecerse prácticamente en cualquier lugar (Boron, 2002).

Esto significa que la crisis por la que el actual sistema mundo atraviesa, implica una reasignación de la división internacional del trabajo; no una democratización político filosófica del papel que deben guardar los individuos con respecto a los Estados y la relación de éstos entre sí con base a su capacidad militar de preservar su forma de gobierno y recursos naturales al interior de sus territorios. En 1651 Thomas Hobbes afirmaba que «Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.» Tan contundente afirmación demuestra la línea política e ideológica bajo la cual se constituyó el sistema mundo que Immanuel Wallerstein y Ángel Palerm distinguieron en sus interesantes investigaciones; el primero de ellos bajo la visión sociológica y el segundo gracias al enfoque antropológico.

En suma, la economía es una actividad social condicionada, y no condicionante, de las formas de asociación humana. La mano invisible del mercado es solo una fantasía construida y enarbolada por un reducido grupo de personas enquistadas a todo nivel, bajo las diferentes formas de gobierno y división geo-política. El campesino o productor en general, arruinado por la competencia desleal, es condicionado a sobrevivir gracias a los programas de «apoyo» gubernamental creados implícitamente para mantener el control del sector productivo de un país; México por ejemplo, mantiene esta política no por que le permita transitar hacia mejores estadíos de la población en general, si no por que le permite actuar en el mercado internacional como una variable a considerar a la hora de tasar el precio de las mercancías y los bienes. Irónicamente, los defensores de éstos especuladores son la mayoría de los políticos que cada periodo electoral ofrecen su mejor sonrisa para lograr el apoyo de la mayoría de la población, dependiente de las políticas públicas asistencialistas; es decir, entre más pobres más votos. La miseria y el abandono que viven los miles de seres humanos en los campos y en las ciudades son la base de ese complejo sistema llamado de «libre mercado» y los políticos son sus guardianes. El argumento bajo el cual se ha justificado este modelo voraz de «desarrollo» es el de la «paz», «estabilidad» y «tranquilidad» que ha instaurado ¿basta eso para encontrarse bien en él? Los griegos encerrados en la cueva del cíclope vivían allí tranquilos, a la espera de que les llegara el momento de ser devorados.


El costo de la economía

Octubre de 1929 marcó el inicio de lo que los historiadores y economistas llaman la Gran Depresión; una crisis económica, la peor hasta ese momento conocida, que significó el cierre de industrias, grandes, medianas y pequeñas a lo largo y ancho de los Estados Unidos, cuyo efecto se prolongó durante la década de los años 30. Otros especialistas refieren el acontecimiento como el Crash Bursátil.
Independientemente del nombre que le demos, al día de hoy, un acontecimiento similar parece avecinarse en la economía más influyente del mundo. La inversión de 700 mil millones de dólares que ha solicitado el presidente George W. Bush para el rescate financiero de los especuladores de Wall Street, ha desatado polémica en la opinión pública de aquel país, debido, principalmente, a que ellos nunca han socializado sus ganancias ¿por qué ahora se deben de socializar sus pérdidas?

El que hoy en día, de manera desinformada en muchos casos, se hable de «Políticas Neoliberales», se debe justamente a aquel jueves negro. La política económica en los Estados Unidos, hasta ese entonces, fue justamente la que ha seguido nuestro país desde que en 1986 ingresó al Acuerdo General sobre Tratados y Aranceles, GATT por sus siglas en inglés, convertido después al Tratado de Libre Comercio, TLC. Es decir, una política de Libre Mercado, donde «la  mano invisible del mercado» regularía las operaciones bursátiles, controlaría los flujos de capital y la producción de mercancías con una armonía que el director de orquesta más destacado envidiaría. El autor de aquella teoría fue Adam Smith, hacia finales del siglo XIX. Todo parecía funcionar, aquel país crecía de la mano de su industria y de su oportunismo militar en Europa y América Latina; pronto, mas preocupado por el business, el gobierno dejó de atender un aspecto importante de su función, la regulación de la actividad bursátil; así, los especuladores, perdón, inversionistas, comenzaron con prácticas como: La empresa A es dueña de B que a su vez es dueña de C que le debe a A, concluyendo en una maraña de operaciones bursátiles sin control.  Esto dio como resultado una economía inflada, improductiva, estable en el nivel macro, pero sin solvencia en el gasto corriente de la población. La imagen más célebre de aquella situación, es la de los inversionistas arrojándose desde lo alto de sus oficinas, suicidándose ante la desesperación.

La administración del presidente Herbert Hoover, poco pudo hacer por solucionar el problema; la solución vino, una vez más, de una teoría macroeconómica, la política keynesiana de déficit presupuestal. John Maynard Keynes su autor, un economista británico, que consideraba que el mercado debe ser regulado, intervenido por el estado. Idea que permitió una lenta, pero efectiva recuperación económica, el gasto del gobierno americano reincentivó la economía y permitió un periodo de bonanza, el destino de la inversión: la guerra, auspiciada por Franklin Delano Roosevelt.

A partir de entonces, la «teoría liberal», quedaría para mejor ocasión. Fue hasta la década de los ochenta que Ronald Reagan, decidió desempolvar los viejos libros de historia económica y recetar a muchos países del mundo, un refrito de las ideas de Adam Smith, lo que llamamos «Políticas Neoliberales». Nuevas con respecto a las primeras políticas liberales, pero cuya consecuencia parece ser la misma. Esperemos que no empiece a llover «trajeados».

Publicado el viernes 3 de octubre de 2008 por elPeriódico de Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco


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