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¿Qué son y qué deben ser las Ciencias Sociales?*

Al aproximarnos al concepto de «teoría social», es ineludible el hecho de vincular nuestro interés con la definición (o por lo menos nuestra postura ante este debate), del uso o no de los textos que dieron inicio a la tradición científica y académica de las cienicas sociales; es decir, los autores y textos clásicos. La importancia de esta valorización, radica en la sustentación misma de las ciencias sociales como ciencia y de cómo éstas, a diferencia de las ciencias naturales, han sido cuestionadas como tal, si es que no respaldan sus argumentos en el análisis empírico y la elaboración de leyes y teorías. Una postura, herencia de la tradición positivista. Jeffrey Alexander, es categórico al advertir al lector que su ensayo sostiene que «los clásicos ocupan un lugar central en la ciencia social contemporánea». Nosotros, buscamos entender su argumento y compartir al lector nuestro aprendizaje.

¿Quién es un autor o qué es un texto clásico? «Los clásicos —propone Alexander— son productos de la investigación a los que se les concede un rango privilegiado frente a las investigaciones contemporáneas del mismo campo». La crítica a la centralidad de los clásicos en las ciencias sociales comienza en el pensamiento positivista; el cual, parte de dos supuestos: El status puramente empírico que debe caracterizar al conocimiento científico y, segundo, la semejanza al grado de proponer idénticas a las ciencias naturales y a las ciencias sociales. El autor, dedicará una amplia reflexíon a la crítica de los clásicos partiendo de estos supuestos, al exponer que tales no son ciertos. El empirísmo, reserva «las grandes aportaciones» de científicos al campo de la historia de la disciplina y con esto propone la distinción entre «historia» y «sistemática». En esta lógica, no exite una categoría de «clásico», por el contrario, el conocimiento, al ser acumulativo, sistemático busca que la disciplina avance y en la medida que los hallazgos se logran, se alejan cada vez más de los estudios iniciales. Esta característica de las ciencias naturales, es válida en la medida que un fenómeno puede ser abordado, comprendido o resuelto a partir de un nuevo paradigma científico, donde el anterior es completamente superado o se vuelve obsoleto en su práctica o método. Sin emabrgo, Alexander encuentra serias contradicciones en este argumento y sostiene que, tales supuestos, no derivan del campo de lo social.

«El hecho de que una disciplina posea clásicos no depende de su empirismo sino del consenso que exista dentro de la disciplina acerca de cuestiones empíricas». Aquí, aparece un primer concepto importante sobre la centralidad de un clásico: Consenso. En terminos de Habermas «el consenso es aquello que diferencia la actividad ‘científica’ de la ‘no científica’».

En las ciencias naturales cuentan con «modelos ejemplares» (un término acuñado por Tomas Kuhn), es decir, ejemplos de la capacidad para resolver problemas que definen los campos pardigmáticos. Estos modelos, ilustran el uso del concenso en las ciencias naturales ya que, incluso, estos parten de supuestos a priori. El concenso científico «depende en grado significativo», del nivel de cuantificación que admitan los objetivos de la disciplina científica. Esto significa que en la ciencia social, de no existir un acuerdo sobre los referentes empíricos y las «leyes subjuntivas», la ciencia estará invariablemente dividida en tradiciones y escuelas. Para lograr estos concensos, es necesario hacerlo a partir del discurso; «por discurso entiendo formas de debate que son más especulativas y están más consistentemente generalizadas que las discusiones científicas ordinarias».

«El discurso trata de persuadir mediante argumentos y no mediante predicciones». Por ello, la centralidad del discurso en las ciencias sociales es lo que diferencia a éstas de las ciencias naturales. La tradición positivista, ve en el discurso la incapacidad de las cienicas sociales de generar teorías generales. Pese a ello, el autor encuentra que esto no es un defecto o un error en la construcción de la teoría social, debido a que «desde las proposiciones más específicamente fácticas hasta las generalizaciones más abstractas la ciencia social es esencialmente discutible». Por ello, el uso de autores clásicos supone que ante la diferencia entre distintas partes, se cuenta con una referencia común a todas ellas. «Un clásico reduce la complejidad». Condensa, representa, diversas tradiciones y esta cualidad de «condensación» poseé cuatro ventajas funcionales. Las cuales, de forma sintética podemos de cier que «simplifican», «permiten sostener compromisos», «el posible no reconocimiento de un discurso general» y «son estrategias instrumentales».

Los clásicos pueden ser entendidos como proyecciones de los intereses teóricos e interpretativos de los actores implicados. La crítica positivista de Merton sobre la necesidad de distinguir a la ciencia social de la «histórica» y la «sistemática», no existe. El autor abunda: «He afirmado que los científicos sociales necesitan clásicos porque estos expresan sus ambiicones sistemáticas mediante discusiones históricas».

Durante el periodo de postguerra, surge una corriente que postuló «la interpretación de los clásicos como argumento teórico», su autor Talcott Parsons. La teoría estructural-funcionalista, es como se le conoce a esta corriente de pensamiento que se volvió dominante desde finales de la década de los cuarenta hasta mediados de la década de los ochenta. Jeffrey Alexander nos dice que Parsons sostenía que Marshall, Pareto, Durkheim y Weber –sobre todo los dos últimos- fueron quienes «formaron la tradición clásica de la que debía partir toda sociología futura». Una interpretación incompleta al excluir a otros teóricos importantes de la misma tradición norteamerican o de autores como Simmel o Marx.

La teoría funcionalista, tanto por la selección de autores clásicos, como por las afirmaciones en las que se mostraba como herdera de la obra de autores como Durkheim y Weber, derivó en la corriente hegemónica durante cuarenta años. De nuevo, los autores clásicos constituyeron una referencia fundamental en el debate ya que, para romper la hegemonía del esctuctural-funcionalismo se debía encontrar nuevas formas de interpretar los clásicos y en proponer nuevos clásicos; también se debía desarrollar nuevas escuales teóricas capaces de ofrecer una alternativa sistemática a lo que se consideraban los «énfasis característicos del funcionalismo».

   Se sostuvo que Parsons había distorcionado los clásicos al seguir un método «presentista», es decir, se le acusaba de que sus interpretaciones de textos anteriores estaban «sesgadas» porque no dejaban a un lado los problemas teóricos contemporáneos a favor de una descripción verdaderamente histórica.

Una vez que las ideas de Parsons había perdido su hegemonía en el campo de las cienicas sociales, aparecieron otras corrientes como «estudios culturales», surgidos en Inglaterra y provenientes de una tradición marxista, en el campo de la microsociología surgió el interaccionismo simbólico, en la macrosociología se comenzó a hablar de la «teoría del conflicto» y de la «teoría crítica».  En este debate, que se extendió por muchos años y en el que incluso, hubo quienes se alejaron radicalmente de la obra de Parson, el elemento fundamental fue el de la centralidad de los clásicos en la construcción y reinterpretación de las ciencias sociales. En este sentido, a diferencia de las ciencias naturales, las ciencias sociales no pueden poseer un carácter empírico y acumulativo, y, por tanto, alejarse de los precursores o iniciadores.

Si bien, el texto de Jeffrey Alexander habla de la centralidad de los clásicos en las ciencias sociales, consideramos que esta centralidad radica en la construcción misma de la ciencias sociales y su carácter científico, al preguntarnos ¿qué son y qué deben ser las ciencias sociales? Nos referios justamente a la posibilidad de construir conocimeinto científico en base a qué corriente o a qué postura epistemológica; consideramos y compartimos la idea del autor sobre la importancia de contar con puntos de concenso ante los cuales partir el análisis de la sociedad contemporánea, debido a que la misma, es producto de los cambios y transformaciones que los autores clásicos distinguieron a lo largo de los siglos XIX y XX.

* Reflexión sobre «La centralidad de los clásicos» de Jeffrey, Alexander. En Anthony Giddens, La teoría social hoy. Madrid: Alianza Editorial


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En la Europa del Siglo XVIII surge uno de los documentos que más han influenciado en el pensamiento político del sistema mundo occidental; este texto aborda al individuo con respecto a su relación con el conjunto de su grupo y cuestiona la manera en que ese grupo reconoce a un limitado segmento de la población llamado monarquía. Un tratado que postula la idea de un pueblo soberano capaz de cambiar en cualquier momento sus leyes o sus gobernantes y modificar la forma de su administración gubernamental y la constitución del Estado. El autor asegura: “Entro en materia sin demostrar la importancia de mi tema. Se me preguntará si soy príncipe o legislador para escribir sobre política. Contesto que no, y que por eso escribo sobre política. Si fuera príncipe o legislador no perdería el tiempo en decir lo que hay que hacer; lo haría o me callaría.”

¿Por qué retroceder dos siglos en busca de soluciones para los problemas actuales? ¿Por qué Rousseau? André Singer al hacerse estas preguntas, concluye: “Mi hipótesis es que la superación de la crisis democrática deberá pasar por la combinación entre participación directa local (y en asuntos generales donde haya un amplio consenso), de un lado, y representación en las unidades políticas más amplias (y en los temas en los que haya divisiones), del otro.”

Por mi parte, comienzo por compartir la idea de una crisis democrática en el caso de México; donde los actores políticos y sociales, entendiendo a estos últimos como individuos, organizaciones, asociasiones, empresas e instituciones, se han apartado de los conceptos fundamentales de la llamada representación. Cuando al interior del Estado se reconoce la diversidad étnica, religiosa, sexual, cultural y todo aquel concepto bajo el cual los individuos se reconozcan y diferencien con respecto a otros, surge la representación como una figura de unidad e integración del Estado como tal; durante la segunda década del Siglo XX, comenzó el proceso de consolidación del moderno estado mexicano, apoyado por la idea de una identidad nacional; tal como lo establecieron las leyes de reforma: “todos somos iguales ante la ley” (la llamada homegeneidad jurídica). Así, el régimen revolucionario adoptó e inculcó varios iconos, valores y costumbres basados en mitos de los pueblos prehispánicos y las relativamente nuevas prácticas mestizas y criollas. Hasta entonces la representación se dio únicamente entre los actores políticos y militares de la época que habían incursionado en la etapa armada; y la población civil (o mejor dicho el pueblo, ya que hablar de sociedad civil entonces, es exedernos), era sólo el instrumento mediante el cual se adquiría poder.

El acceso al poder político o control del aparato estatal no es tema que deba tomarse a la ligera o trivializarse como varios analístas, funcionarios y periodistas lo intentan al proclamar el triunfo de cualquier candidato a la presidencia de la república por la mínima diferencia de un .58%, y mucho menos en un régimen tripartita, como el que ahora tenemos; donde una tercera parte de la población ha elegido un gobernate que habrá de ejercer funciones sobre el resto que no simpatiza con él, y que sí lo hacen por un proyecto económico diametralmente diferente al del candidato ganador. A lo largo de la campaña, organizaciones como el Consejo Coordinador Empresarial (CCE), y otras organizaciones patronales, se dieron a la tarea amenazar, asustar y, en general, de lograr por todos los medios de construir una imagen de la oposición como totalitaria y dispendiosa en el gasto público; intolerante y peligrosa. Efectivamente, en estos momentos manifestar un proyecto económico diferente al emprendido por México desde los tiempos del GATT (por sus siglas en inglés mejor conocido como el Acuerdo General de Aranceles) es peligroso. Peligroso desde la lógica de entrar en franca contradicción con los intereses del capital extranjero, ejercido por una clase económica ascendente; todas aquellas empresas que se dedican a la importación de bienes y servicios son concesionarias de marcas como Domino´s, KFC, Wall Mart, etc., que si bien no generan producción o riqueza, sí generan cuantiosos ingresos para sus operadores en nuestro país y aun más para los titulares de las marcas en las grandes capitales económicas del mundo.

La situación queda reducida a una simple cuestión económica, el temor de los empresarios en México o el peligro que representaba la oposición no era otra que la pérdida de privilegios de una clase que en los últimos 15 años ha logrado controlar los flujos de inversión y gasto público, sacrificando programas de desarrollo social que vayan más allá del mero paternalismo o peor aun la filantropía.

La tesis de Rousseau, supone como una condición necesaria de la formulación de un pacto social la voluntad. El mismo autor asegura que quien ha perdido su libertad, con el tiempo también pierde la voluntad de recuperarla, la clase política mexicana lo ha hecho, ha perdido la voluntad de llevar a nuestro país a mejores escenarios de participación en el concierto internacional, aceptando el papel que la división internacional del trabajo nos ha otorgado, esa división que consiste en que algunos países se dedican a perder y otros a ganar y nosotros amigos míos, somos de ese último grupo. Y lo seguiremos siendo si de manera derrotista o triunfalista aceptamos el resultado de la elección, para quienes creíamos en un cambio no resta más que hacer las cosas mejor de lo que se han hecho, demostrar con trabajo y hechos la posibilidad real de superar un nivel terciario de participación; y quienes ostentaran el poder y control del estado demostrar que no sólo les interesa el bien personal y el capital sino que son consientes de las necesidades sociales.


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